Propósitos para Colombia

Dedicado a mis amigos colombianos

Llevo una vida itinerante. No he tenido una pareja estable desde hace años. Me sentí aislada en Bogotá en los últimos meses debido, por una parte a cuestiones de infraestructura de la cuidad y, por otra, a mis dificultades para entender y aceptar algunas aspecto de esta cultura. Varios chicos desaparecieron de la noche a la mañana de mi vida sin razón aparente y sin explicación alguna, y otras muchas personas que quedaron en llamar, enviarme documentación, confirmar la recepción de un ordenador que compré y envié a una familia en el Chocó para hacer seguimiento a las tortugas marinas, y tantas otras cosas de la vida cotidiana, simplemente se las tragó la tierra.

A cambio llegó a mi vida hace unos meses una cuadrúpeda se ha convertido en mi compañera indisoluble: Linda

A cambio llegó a mi vida hace unos meses una cuadrúpeda se ha convertido en mi compañera inseparable: Linda

Otra variable que me pone a menudo en una situación de conflicto conmigo misma es la autonomía que he desarrollado en los últimos años, en los que he comenzado a hacer cosas que antes siempre había deseado, apartando de una vez por todas la idea de que necesito a alguien para ello. Además de evidentes ventajas, este rasgo de carácter tiene como contrapartida una merma en mi capacidad de tolerancia a las típicas situaciones que se producen en el trato con las personas: esperar, debatir, argumentar, convencer, ceder, aceptar… Si esto ya me resultaba complicado, a veces, en mi entorno europeo, donde todos tenemos unos patrones y valores más o menos similares, imagínense lo que supone para mí intentar convivir con algunos de mis queridos colombianos con su particular idea de puntualidad, su “ahorita”, su “más tardecito” y sus desapariciones del mapa.

Por de pronto solventé la situación poniendo kilómetros por medio para recargar pilas y alejarme de la sombra de la depresión: pasé un mes en España con mi familia y mis amigos de hace ya varios años, recibí abrazos, paseé en compañía de mi perrita por mi ciudad natal, e incluso retrasé la partida para pasar las Navidades en familia. En estos momentos me encuentro realizando un viaje que supongo, me servirá para conocerme mejor, y en el que, al estar sola, contaba con reflexionar sobre estas cosas en abstracto, pero por ahí apareció Twon, lo que me obliga a empezar con la práctica desde ya…

Por lo demás no sé cómo hacer para volver a presentarme en la vida pública colombiana sin acritud, para confiar de nuevo en las personas y, sobre todo, en mi capacidad de interpretar el mundo… La opción más directa sería no volver y que todo esto quede en una anécdota y un mal recuerdo: muerto el perro se acabó la rabia, dicen; pero por alguna extraña razón –que puede que sea simplemente tozudez-, siento que mi etapa allí no está cerrada.

Otra opción sería meterme en la cabeza que estoy de vacaciones –sobre todo si me aficiono a tomarse un semestre libre cada año-, lo que me llevaría a centrarme en las vivencias, los paisajes, la música, los colores; y a abandonar la idea de integrarme. Sobre el terreno ya ensayé una estrategia en esta línea: reducir mis expectativas respecto de las personas hasta un 25%… Alguno de uds. me dirá que no hemos de tener ninguna expectativa, lo que comparto en el plano teórico, pero veo inoperativo en el práctico, ya que es necesario creer alguna afirmación del entorno para poder organizar la vida.

En cualquier caso no funciona: incluso en ese 25% se experimenta decepción. Más allá de ello, soy consciente de iría contra mi naturaleza: no puedo evitar vivir, sentir, intensamente y entregarme por completo, de manera que hacerlo a medio gas solo me haría infeliz.

Ahora, desde la distancia, me doy cuenta de dos cosas:

La primera es que, aunque se trate de una tendencia evidente a nivel nacional, hay excepciones, seguramente más de las que pienso. Yo tengo la enorme suerte de conocer algunas… Sí hay personas que quiero y que estoy segura de que me quieren en Bogotá; un puñado de amigos que llevo en mis pensamientos sobre la bicicleta. Son personas que han llegado por casualidad y de las maneras más surrealistas -como suele ocurrir cuando la propia vida de uno es, a su vez, algo atípica-, y se han convertido en grandes descubrimientos y alegrías para mí. Sensibles, tiernos, divertidos, cariñosos, interesados en el mundo y extraordinariamente generosos… Desde ofrecerme su casa, su depósito o los bajos de su cama para dejar mis cosas, hasta ocuparse de Linda (o contribuir a su rescate), pasando por acompañarme en compras, trasteos, ayudarme con la tecnología de mis blogs, o cocinarme… Para mí, como persona altamente sensible y recién llegada a un nuevo mundo, esos gestos se anclan en lo más profundo del corazón y me hacen sentir que cuento con una pequeña familia colombiana. Cuando pienso en cada uno de ellos y de ellas me emociono, sintiéndome una privilegiada por el hecho de que formen, de uno u otro modo, parte de mi vida. También conozco algunas parejas que funcionan, son honestos y se dicen las cosas a la cara (supongo, por tanto, que si llega el día en que se dejen se lo comunicarán).

La segunda idea es que sería mucho más feliz si pasara más tiempo con ellas. En Bogotá no hay metro, anochece todo el año a las 6 de la tarde, las condiciones atmosféricas pueden volverlo a uno loco, el tráfico es infernal y cada quien  vivimos en un extremo de una ciudad de 9.000.000 de habitantes. No conozco a nadie que se declare feliz por el hecho de habitar esta ciudad –aunque sí conozco bastantes que lo llevan con más dignidad que yo-, y creo que el motivo es común: el aislamiento. Uno de mis propósitos para el año nuevo es buscar espacios y momentos para compartir más vida con mis amigos.

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En cuanto a la intransigencia o rigidez en la interacción con los demás y las frecuentes ganas que tengo de salir corriendo, francamente me cuesta encontrar el punto de equilibrio entre dejarme llevar, estar abierta a sorpresas, disfrutar de lo que ocurre en el momento, y estar aguantando una situación que para mí no supone ningún disfrute. Supongo que el “cógela suave” costeño con seguridad tiene algo que aportar a mi vida, la cuestión está en averiguar cuál es el punto en que empieza a chocar con mis valores y con mi esencia.

Por lo demás, y aunque sería muy sano lograr mirar hacia el pasado sin arrepentirse de nada, es posible que no tenga que preocuparme demasiado por esta cuestión, dado que parece que nos encontramos ante un segundo caso como el de Benjamin Button.

Observen estas fotografía tomadas en 2007 -de negro- y compárenlas con las tomadas en 2014 -de rojo-. El rejuvenecimiento que se aprecia en las últimas… ¿¿¿No les parece escalofriante???

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