Paseo millonario

El taxi que cojo en la noche, en mitad de la autopista, me deja en mi casa donde me recibe mi perra -vestida con una camiseta y sosteniendo entre las fauces un juguete nuevo-, a punto de perder la cola por la emoción de verme tras unos días de ausencia.

No tengo celular, mi camiseta huele a orines de pollo mezclados con sudor, el pantalón del pijama que llevo puesto, a uchuva podrida. Mi otro pantalón, el de North Face, junto con el dinero que llevaba, se encuentra desaparecido. Cojeo, tengo morados por diferentes partes de mi cuerpo, que me duele como si me hubiera pasado un camión por encima, y esta experiencia podría costarme el divorcio. Sigue leyendo

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Debí hacer carrera diplomática…

Como saben, mi capacidad para vivir sobre asfalto con dignidad se agota a las dos semanas de media. Incluso habiendo encontrado mi lugar en Bogotá -un barrio llamado La Soledad, tranquilo, con tienditas, algún restaurante, locales con música, arbolitos con flores, y una temperatura apreciablemente superior a la de los cerros, en el que me siento muy a gusto-, y habiendo descubierto el campus la Universidad Nacional -un paraíso donde se pueden meter bicis y dejan entrar a mi inseparable amiga hasta en el Auditorio Principal para escuchar una charla del Embajador de Palestina en Colombia-. Sigue leyendo