Paseo millonario

El taxi que cojo en la noche, en mitad de la autopista, me deja en mi casa donde me recibe mi perra -vestida con una camiseta y sosteniendo entre las fauces un juguete nuevo-, a punto de perder la cola por la emoción de verme tras unos días de ausencia.

No tengo celular, mi camiseta huele a orines de pollo mezclados con sudor, el pantalón del pijama que llevo puesto, a uchuva podrida. Mi otro pantalón, el de North Face, junto con el dinero que llevaba, se encuentra desaparecido. Cojeo, tengo morados por diferentes partes de mi cuerpo, que me duele como si me hubiera pasado un camión por encima, y esta experiencia podría costarme el divorcio. Sigue leyendo

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