Cambiará en los próximos días

Nos lanzamos a las calles de Tiblisi contando con la siguiente información sobre Georgia: la especialidad local se llama Kachapuri, la grafía es diferente, como pudimos comprobar a nuestra llegada al aeropuerto, y los enchufes son los mismos que los nuestros. Nada más.

Eso cambiará, con toda seguridad, en los próximos días.

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Carritos desbordantes

Por doquier vemos señores vestidos con dos toallas blancas: una en torno a la cintura a modo de falda y otra sobre los hombres sujeta, en la mayoría de los casos, con un imperdible. Las hay con diferentes diseños -más gruesas, más finas, con cuadritos en relieve o completamente lisas-, pero todas tienen algo en común. Son, en el sentido estricto de la palabra, toallas. Sigue leyendo

Las bicicletas son para el verano

Como Raquel y Antonio no salieron en los capítulos sobre Asia, dado que tuvieron que anular aquel viaje por motivos familiares, decidieron resarcirse entrando en el universo de Ms. Battuta por la puerta grande.

La pareja con la que me adentraré en los parque naturales de Georgia, hasta reunirnos con el resto de la expedición en la frontera con Armenia, ambas ex-repúblicas soviéticas, sale de su casa, en la otra punta de Madrid, con treinta minutos de retraso respecto de la hora a la que tenemos previsto encontrarnos en el aeropuerto.  Sigue leyendo

  Los judíos ponen piedras sobre las tumbas para simbolizar la eternidad; los ángeles ponen señales sobre las mochilas para mostrarnos el camino.

Un mes después de la muerte los judíos se congregan para rezar.

Me despido de Talía -mi nueva amiga que dirige el documental que estamos grabando aquellos que, por esta jugada del destino, nos convertimos en emisarios de sus sueños-, y de una Linda tocada con su pañoleta de las ocasiones especiales, frente a la imponente entrada de hierro bajo la esplendorosa luz de una mañana soleada en Bogotá.

Mis acelerados pasos resuenan sobre el mármol mientras me dirijo a una gran puerta, que logro abrir con cierto esfuerzo. En la sala ricamente adornada son hombres tocados con kipa y un pañuelo sobre los hombros quienes me indican que tengo que dirigirme al piso superior… Sigue leyendo

Si entras en mi habitación…

El mundo nos rompe a todos, más después, algunos se vuelven fuertes en los lugares rotos

(Ernest Hemingway)

Si entras en mi casa lo primera que te encuentras es a Steven en forma de planta… Una planta gigante que pasó casi un año con él – mientras yo estuve ausente del país-, y con sus botellas recicladas para tener su propia huerta ecológica, en Bogotá. Sigue leyendo

Genio y figura

Nos conocimos a finales de 2012, recién llegada a Bogotá, en la piscina del hotel de la Ópera.

Desde ese momento, el que iba a convertirse en uno de mis grandes amigos y una de las personas que más admiré, me ayudó a instalarme en mi nuevo hogar en este país cuando mi madre regresó a España, compartimos cenas, almuerzos -que, por mucho que insistiera, nunca me dejó pagar-, risas y excursiones en una de las cuales, regresando de los Llanos orientales, recogimos a Linda, mi perra (aquí). Escuchó mis sueños, mis miedos, mis quejas y mis quebraderos de cabeza por esa misma perra de la que fungió como padre, con todo su amor y su paciencia, que eran enormes. Me acogió en su casa en diversas ocasiones en los años venideros; cuidó mis plantas, y dejó que los muebles que compramos juntos en el mercado de las pulgas frente a la Torre Colpatria acompañaran a los suyos mientras estuve viajando por Asia en bicicleta (como él también hiciera). Me abrió las puertas a la Colombia indígena, a la Colombia ecológica y vegetariana, y a la de la exclusión social, que él combatía igual que Gandhi: sonriendo y ayudando.

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Mientras Óscar, con una kipa sobre la cabeza, acude en nombre de Linda, mi madre, mío y suyo propio, al velatorio que tiene lugar en la sinagoga de Bogotá, yo me despido de él igual que lo conocí: en el agua. Sigue leyendo

¡¡¡Libro a la vista!!!

Sábado de puente en Bogotá, el reloj del móvil marca las ocho de la mañana, un cielo estremecedoramente gris planea sobre nuestras cabezas.

Al igual que ocurriera cuando, al aceptar mi tía y su familia quedarse con Linda unos meses, se abieron las puertas de mi viaje a Asia; tan insigne personaje, percibiendo mi excitación, alterna los saltos y aullidos en torno a mí moviendo vigorosamente la cola, con su actividad favorita de echarse al piso, en su postura de “manos arriba esto es un atraco”, para que la acaricie.

Con voz algo trémula por el llanto contenido, canto, con -casi- toda la fuerza de mis pulmones (tengo vecinos), y bailo, igualmente dando saltos, en el salón, esta canción que ya les pusiera, hace muchos meses, desde un cobertizo de madera en algún rincón de Camboya:

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Paseo millonario

El taxi que cojo en la noche, en mitad de la autopista, me deja en mi casa donde me recibe mi perra -vestida con una camiseta y sosteniendo entre las fauces un juguete nuevo-, a punto de perder la cola por la emoción de verme tras unos días de ausencia.

No tengo celular, mi camiseta huele a orines de pollo mezclados con sudor, el pantalón del pijama que llevo puesto, a uchuva podrida. Mi otro pantalón, el de North Face, junto con el dinero que llevaba, se encuentra desaparecido. Cojeo, tengo morados por diferentes partes de mi cuerpo, que me duele como si me hubiera pasado un camión por encima, y esta experiencia podría costarme el divorcio. Sigue leyendo

Un círculo que se cierra

Comienzo el año en una autopista desierta de la sabana cundiboyacense cogiendo el primer bus azul del SITP de mi vida que me lleva, milagrosamente, directa a mi destino a buscar a Linda: el barrio de Galerías. Voy sentada la media hora larga que dura el viaje viendo pasar cierres de aluminio, grafitis, casitas bajas con rejas en las ventanas, algún patinador, algún ciclista, vidrios rotos de las paradas de autobús, perros callejeros escarbando en montoneras de basura sobre algunos pedazos de verde; acompañada por un puñado de personas que, ese 1° de enero de 2015, tienen que trabajar.

Hace un sol radiante y Bogotá está dormida.

Cualquier habitante de esta -a veces inhumana- ciudad se dará cuenta de que se trata del mejor de los augurios para este 2015. Sigue leyendo