1 x 24 hrs. = 4


David, mi amigo con quien debo encontrarme en Tiblisi, capital de Georgia, no cogió el vuelo. Pegaron al avión con el finger al aproximarlo para embarcar, dañando la carrocería, por lo que se encuentra en proceso de chapa y pintura.

Mi apatía del día anterior sigue colonizando espacios; la melancolía invade ya mi habitación con vistas al nevado y la iglesia. Ya basta. Voy a levantarme y a retomar las riendas, si no necesariamente de mis emociones, al menos de los actos que puedan ayudar a disipar la neblina.

Veinticuatro horas más tarde de lo previsto me encuentro en la plaza de Kazbegi en compañía de Milady, dispuesta a abordar la primera buseta de la mañana que me lleve a un nuevo destino, a un nuevo viaje… El tercero en lo que va de vacaciones. Me acompaña la dueña del hotel, una mujer dinámica y juvenil con la que pasé los últimos días hablando en alemán. Lo que comenzó con un toque de atención por el excesivo precio de la habitación de lujo, que estuvo sin agua durante cuatro días, derivó en una relación amistosa a la par que culinaria en la que ella me recomendaba platos de su cocina, que en los últimos días ni siquiera me cobrara, y eso que cualquiera que me conozca sabe que invitarme a comer no es baladí. También hizo las veces de intérprete con Gocha, que vino a visitarme al hotel en la misma actitud que un novio que quiere causar buena impresión a la familia.

Con un fuerte abrazo, un pan bajo el brazo que me regala su amiga panadera, y la promesa de visitarla en Alemania cuando vaya, ya que ella reside en ese país con su esposo la mayor parte del año, abandono el entorno ya conocido, no sin antes detenernos en la gasolinera para dar otro fuerte abrazo a Gocha que se queda agitando la mano tristón de ver partir a esa excéntrica de ropa deportiva que llegaba cada tarde cual caballero medieval sobre su bicicleta. Ese personaje con el que  pasó horas “hablando” con manos y pies entre salida y salida a tanquear, y que siempre surtía el platito que tiene sobre la mesa con alguna vianda.

El baile de las nubes, muy bajas a esas horas, con la luz del amanecer, dejando a la vista los picachos verde fosforescente, y también el macizo nevado, deja, simple y llanamente, sin aliento. Yo también tengo el corazón encogido al despedirme del pueblo que me acogió durante los cinco últimos días y en el que ya formé algo parecido a un círculo social.

Con el correr de los kilómetros y de los paisajes que ya vi en mitad de la tormenta -esta vez bajo un sol esplendoroso-, mi cuerpo y mi mente se preparan para lo que viene a continuación: la salida del ostracismo, el abandono de la soledad, la comunicación fluida, los chistes de siempre y los nuevos que surjan en el camino, compartir, armonizar, debatir, integrarse en un grupo con sus dinámicas particulares. Me apetece mucho y me pregunto si mi bajo ánimo me dejará estar a la altura de las circunstancias.

Todas mis zozobras se esfuman frente a la estación de autobús internacional donde me espera la conocida estampa de David, con su inconfundible indumentaria negra ciclista, a la que llego con menos de una hora de retraso conforme al horario previsto pese a haber atravesado el país esa mañana, y también Tiblisi en un taxi, al descubrir que las busetas tienen su propia estación en la otra punta de la ciudad.

Tras ayudarme a descargar a Milady de la baca se dispone a preguntar las tarifas de transporte en el interior, mientras yo hago lo propio con los diferentes individuos que se me acercan mostrándome precios, cada vez más bajos, en sus teléfonos celulares.

¡Qué maravilla! Había olvidado las ventajas de viajar con otros que, como yo, aunque no hablen el idioma, se lanzan a la aventura de la comunicación sin agüero, y con un objetivo claro en mente: entenderse como sea.

Durante muchas más horas de viaje -con una avería en la buseta y el consiguiente cambio de transporte, con nuestras alforjas y bicicletas desmontadas, por medio- nos ponemos al día de lo acontecido en nuestras vidas, mientras me sigo maravillando de la relajante a la par que burbujeante sensación que es no tener que hacer todo sola, de formar un equipo.

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Este concreto nuevo equipo se amplia en dos unidades cuando, arribados al hostal definido como punto de encuentro en un pueblito en mitad de Armenia llamado Alaverdi, a la visión de las conocidas bicicletas, se une el salto de Myriam a mi cuello cuando bajo del taxi. Óscar viene detrás con una sonrisa que no le cabe en la cara.

No vemos desde hace un año.

Enseguida comenzamos a hablar atropelladamente quitándonos la palabra de la boca y sin finalizar ninguna conversación, mientras intentamos gestionar la visita a algunos templos patrimonio de la Humanidad de los alrededores y la cena dentro de pocas horas…

… Todo ello al mismo tiempo.

¡Bienvenida a tu nueva, conocida, y tantas veces extrañada, realidad!

F

El equipo

Foto: David Redondo

Foto: David Redondo

Foto: David Redondo

Foto: David Redondo

Foto: David Redondo

Foto: David Redondo

Foto: David Redondo

Foto: David Redondo

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2 pensamientos en “1 x 24 hrs. = 4

  1. Fiona o Jamila: Dejare de leerte por un tiempo. Este año yo voy al Perú, acompañado de mi mujer y sus innumerables citas familiares…. Tengo definido ir a Machu Pichu, y el resto no lo sé. Ya me lo dirán las circunstancias. En esta ocasión yo no defino el viaje. Bueno, como casi siempre. Siempre condicionado a las capacidades de mi acompañante. Te leeré cuando pueda. Espero conocer, escuchar tu voz, al menos , alguna vez. Cuidaté mucho tu alma partida. Buen viaje.. Y saludos a David, que conozco un poco de algún encuentro.

  2. Hola Felipe,

    muchas gracias por contarme por tus deseos. Yo a mi vez te deseo lo mejor para este viaje peruano, que disfrutes de ese lugar mágico que es Machu Pichu, al que te recomiendo llegar tempranísimo 🙂 y sí, seguro que en alguna ocasión, con tantos amigos en común, en algún paseo ciclista o en algún café madrileño nos ponemos cara y voz.

    Un abrazo grande y muy feliz verano,
    Y.

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