Meandros


Me duelen los gemelos, las caderas, los hombros, e incluso los músculos en torno a las sienes, imagino que de apretar los dientes por el esfuerzo de ayer.

Ya es mediodía cuando se abren las nubes grises y me animo a dar una vuelta sobre Milady en mi último día en Azbegi y, prácticamente, en Georgia, a las puertas del encuentro con David en Tiblisi para inmediatamente después, unirnos al resto del grupo en Alaverdi, Armenia.

Desde la colina se atisba una planicie cuajada de flores surcada por ondeantes senderos de tierra. Y ni una sombra…

En el llano me reciben numerosos charcos de agua fangosa, producto de las lluvias de hace cuatro días, así como del continuo goteo fruto del deshielo de las elevadas cumbres que nos rodean. En concreto, el primero que aparece bajo mis ruedas tiene cerca de tres metros de largo.

A diferencia de lo que sería habitual en mí -pasar divertidísima, salpicándome de barro los ya no tan inmaculados pantalones-, me quedo bloqueada. Intento lanzarme una vez. Otra vez. Y hasta una tercera, pero algo me lleva a detenerme al borde, sintiendo un nudo en el estómago, aun siendo la profundidad tan escasa, que no existe riesgo de caerme.

Subes si crees que puedes. Cruzas si crees que puedes. Y a mí, hoy, me falta la energía para creérmelo.

Tras sortear el charco a pie, vadeando un pequeño riachuelo, pedaleo parsimoniosamente sobrecojida por la majestuosidad de las montañas, la profusión de flores también típicas de zonas alpinas como las que acostumbraba a ver en mis sucesivos veranos en Alemania cuando escribía mi tesis doctoral, y por el calor.

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Tras rebasar un pueblo tan desierto, tan derruido, tan embarrado y tan diminuto como los que se prodigan por esta región -y seguramente por toda Georgia- una nueva fantasía, ajena a mi habitual repertorio, se adueña de mi cabeza. ¿Y si alguno de los hombres que dejé atrás, en concreto alguno de los que estaba reparando ese camión modelo de los años 60, me siguiera con malas intenciones en este entorno tan despoblado? La imagen es tan real que mi respiración se altera y por un momento anticipo lo que haría. Llevo mi navajita para pelar la fruta en la mochila. Supongo que si la desplegara, la empuñara como quien es capaz de clavársela a alguien y gritara con fiereza mirándolo con ojos centelleantes, sería suficiente para hacerle desistir, aunque solo fuera por la sorpresa de encontrar tal resistencia.

Pero, ¿y si llevara un cuchillo más grande que el mío? Esta gente es de campo, seguro que están habituados a cargar pesadas herramientas afiladas llenas de óxido. En ese caso mi reacción podría, incluso, empeorar la situación. Intento apartar esos pensamientos con la misma calma con la que pedaleo. Ya se irán. En realidad según mi experiencia -y las estadísticas de cualquier país- es más probable que tuviera algún percance automovilístico que uno de este tipo. Por otra parte, ver una mujer en bici es algo tan extraño que incluso acaba teniendo el efecto de protegerme. La atención se dirige más a las dos ruedas y a la desacostumbrada estampa que a otra cosa.

Pese a ello en realidad ya no tengo ganas de seguir de excursión. Justo cuando veo que la pista se interna montaña arriba me detengo junto a un promontorio sobre el que se eleva un altar. Apesadumbrada aparco la bici y me dispongo a dar cuenta de mi picnic sobre una alfombra de trébol en flor.

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A la vez que la amargura y el llanto suben por mi garganta, intento hacer bajar la masa de pan y chocolate que tengo dentro de la boca. Resulta difícil masticar a la par que tenerla abierta para dejar escapar hondos sollozos y muchas lágrimas, que no intento reprimir, dado que estoy completamente sola con el viento y las flores bailando a su son.

Steven… ¿Por qué? ¿¿¿Por qué??? Han pasado tres meses y en momentos así me doy cuenta de que sigo sin digerir lo que pasó. Su cara enmarcada en rizos se representa vívida frente a mí.

Siento la imperiosa necesidad de girarme y, sentada frente al altar, rezar. ¿Rezar a qué? ¿A quién? No he rezado en mi vida. Ni siquiera creí nunca en nada de eso. Sin embargo desde que se fue mi amigo siento a menudo deseos de comunicarme con algo, o alguien, que estén más allá de lo que puedo ver, oler, y sentir. Algo parecido al enfado aflora, de manera un tanto difusa, por primera vez desde que lo mataron, de entre la tristeza.

La visión de los meandros del riachuelo que transcurre debajo me devuelve, poco a poco, la calma. Incluso siento la presencia y la sonrisa de Steven en las irisaciones que el sol arranca al agua saltarina, más que en el montón de piedras y velas a medio quemar, presidido por la imagen de dios o de algún santo, que tengo a las espaldas.

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Secándome las lágrimas me incorporo, empaqueto mis cosas, y me doy la vuelta sin llegar a la cascada, como tenía previsto.

Una manada de caballos pasta en la extensa pradera. Paso largo rato observándolos en su elegancia, su belleza salvaje, batiendo la cola constantemente, seguramente para espantar las moscas, con el imponente macizo recortándose contra el cielo azul, adornado algunas nubes barrigonas, de fondo.

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El mundo es un lugar tan hermoso -pienso, cayendo en cuenta de las enormes diferencias, y también las similitudes que guarda lo que estoy viendo con la sabana africana- que no sé qué podría darle más sentido a nuestro paso por él que recorrerlo. Disfrutarlo. Admirarlo. Fundirse con él. Exactamente lo que estoy haciendo en este preciso instante.

De regreso me cruzo con alguna pareja y algunas chicas muy rubias y muy poco preparadas para el senderismo, sin gorra y con demasiada piel, ya roja, al descubierto, de dos en dos. Una va sola.

Paso de nuevo, seria, por el lado, pese a mi propósito de atravesar el charco de tres metros.

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8 pensamientos en “Meandros

  1. Que viaje tan largo y wuay que estas haciendo. Yo mañana estaré en Pekín ……
    Besos fuertes

  2. Leyéndote vienen a mi recuerdos, parecidos, difíciles momentos, que me recuerda seres amados que ya no están. . Gracias por compartir.

  3. Tu duelo es profundo… Te llevará tiempo y nuevos encuentros de todo tipo irán reduciendo tu pena. Tu soledad. Pero no estas sola. Estas con los que te leen. Al menos. Aunque en el momento de la parada en el altar te pareciese otra cosa.

  4. Animo Yamila ! La Tierra sigue rotando sobre su eje y a su vez va dando vueltas alrededor del Sol. Y como dices este planeta no dejará nunca de sorprendernos por su belleza.

  5. Supongo que estos procesos tendrán algunos puntos en común. Para mí es la primera vez que tengo estas sensaciones y que me digas que estuviste en mi lugar en algún momento me hace sentir más cercana a ti, y también hace que me sienta parte de algo, del grupo de aquellos que pasaron por esta experiencia de pérdida. Un abrazo grande, y gracias por decir.

  6. Hola Felipe,

    este del duelo es un proceso personal intenso y desconocido, frente al que no tengo recursos ni experiencia previa, lo que hace que sea incapaz de saber qué viene, cuándo viene, cómo viene, qué pasa… Y si, tienes razón, todos esos acompañantes de cerca y del otro lado de la pantalla a los que te refieres y que me hacen llegar tanto cariño tamizan, ayudan, distraen, acompañan, lo que les agradezco muchísimo.

    Un abrazo grande.

  7. Sí Hanns. Es cierto que hay veces que me resulta difícil orientarme en función de la segunda de las afirmaciones porque lo cierto es que se siente como si ese eje se hubiera torcido de la noche a la mañana sin venir a cuento, pero lo cierto es que no, que está derecho pese a todo así que sí, tocará tener eso bien presente…

    Un abrazo grande.

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