Jordi


Antes de las seis me encuentro en la plaza dispuesta a abordar, a codazos si es necesario, un transporte que me suba a primera hora, junto con hordas de turistas que habrán tenido la misma idea, a contemplar, en la explanada de la iglesia, la salida del sol reflejándose el gigante blanco, y recorrer la larga distancia hasta el glaciar que habita sus faldas antes de que aumente la nubosidad con el inexorable avance del día.

Pero no.

En la plaza no hay viandantes, ni turistas. Ni siquiera transportes, por lo que emprendo la marcha, de siete kilómetros hasta el punto de partida de mi excursión de hoy, a pie.

Mi acompañante durante el trecho inicial

Mi acompañante durante el trecho inicial

Pasados dos, con la piernas temblorosas por el esfuerzo y la falta de combustible, doy cuenta de la mitad de la tableta de chocolate y del pan que llevo para alcanzar al glaciar. Las cuatro peras que cargo están todas podridas por lo que pasan a ser el desayuno de un elegante caballo que me acompaña. Constato que, sumando esos kilómetros a la excursión llevo poco líquido, pero bueno, si hay algo que con seguridad encontraré en un glaciar es precisamente eso: agua.

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Cuando alcanzo la explanada veo que son pocos los que se encuentran fuera de sus sacos de dormir a esas horas. Sin gran dilación me aproximo al cartel que reza “Way to a glacier” que vi la tarde anterior. Cara a cara con él constato que la flecha apunta, en realidad, de manera perpendicular hacia otro lado.

-No entiendo por qué no pondrán los carteles derechos- pienso, divertida, sin ver otro sendero más allá del que se extiende frente a mis pies.

Qué bueno, para ser un camino de subida, ya que se trata de alcanzar el hielo, discurre mansamente durante otro par de kilómetros al filo de una colina sembrada de flores.

Y entonces, a la puerta de una finca rodeada de alambre de espino, muere.

Ante mis ojos se extienden praderas flores y hierba alta que tapizan las montañas hasta donde alcanza la vista… Nada más. Vaya, parece que la orientación de la flecha tenía su sentido, al fin y al cabo. Apenas comencé y ya estoy perdida, pienso. En ese momento, agudizando mucho la vista, descubro en una cota mucho más alta las siluetas de tres montañeros equipados con mochilas y bastones de trekking que avanzan, a punto de abandonar la ladera, por la que, intuyo, debe ser la senda en la que debería encontrarme.

El "sendero"

El “sendero”

Avanzo jadeando, tensionando todos los músculos y apoyándome en ocasiones incluso con las manos, por la montaña, siguiendo una imaginaria línea en zigzag con objeto de hacer la ascensión menos exigente, mientras intento localizar un punto para ubicarme y encontrar el sendero cuando los pierda de vista. Fijo mentalmente mi meta entre dos grandes piedras separadas varios metros entre sí.

Sudando a profusión vuelvo a confrontarme con mi error de principante: no llevo mucha agua… Desde luego no computé todo este esfuerzo y tiempo previos al comienzo de la ruta en la que todavía no puse un pie, aunque ya llevo tres horas intensa actividad física.

A mi llegada al punto donde pensaba que debía toparme con el sendero me apercibo de que no hay más que vegetación de monte a mi alrededor. Sigo ascendiendo cada vez más desconcertada. Incluso ensayo unos pasos en la dirección en la que desaparecieron mis predecesores torciéndome los tobillos debido a la inclinación.

Seguir así, sin camino y sin saber a dónde voy, no tiene mucho sentido, ciertamente. En el momento en que me planteo abandonar mis ojos detectan otro objeto caminador no identificado que se aproxima con paso garboso hacia mí por encima de mi cabeza.

-¡Ahí es!-, y me lanzo otro tramo montaña a través para irrumpir en un amplio sendero en el mismo momento en que me cruzo con el sujeto que, por su parte, continúa camino sin dignarse a devolverme la sonrisa de alivio y de júbilo que le lanzo, resoplando; siquiera a saludarme.

O bien se encuentra ofendido hasta lo más profundo de mi falta de conciencia medioambiental por pisar las flores como si fuera una cabra, o bien, con mis zapatillas deportivas y mi mochilita de plástico no me identifica con uno de los suyos, una montañera en sentido estricto con la que intercambiar el gesto básico de aquellos que se cruzan en estos parajes.

Y lo más grave de todo es que me parece que es de mi país. Catalán concretamente.

¡Menudo borde!

Se habla mucho de la cabeza de los vascos y de sus atributos raciales pero, en mi humilde opinión, la forma diamantina -de frente amplia, ojos pequeños y barbilla estrecha- de la testa catalana y la calvicie de algunos escogidos representantes resultan mucho más definitorias y características. Después de más de tres años en Barcelona podría reconocer a un Joan, un Eloy o un Albert entre un millón.

El que camina a escasos pasos delante mío, en concreto, se llama Jordi.

Jordi nació en un barrio acomodado de Sabadell y es fóbico social. En la acutalidad ocupa un puesto de directivo en una empresa que fabrica pesticidas a nivel industrial y tiene un trato más bien parco con sus compañeros, si bien sus jefes estiman su seriedad -que identifican con un alto rendimiento-. Con ellos sí es más efusivo y se palmotean la espalda cuando se encuentran frente a la máquina del café. De cuando en cuando se vuelve a otear el paisaje y, al verme detrás suyo, apresura el paso, siempre ignorando mi presencia a efectos que no sean no permitir que le saque distancia.  Su ocio transcurre habitualmente solo. Su última novia lo dejó porque no le dedicaba el tiempo que ella deseaba y su forma de lidiar con el rechazo a compartir demasiado con los demás fue la vigorexia. Pasa varias tardes a la semana en el gimnasio, escuchando música en sus auriculares, a partir de las ocho. Dirige la vista hacia los halcones que trazan amplios y elegantes círculos sobre nosotros y los observa embelesado. Le fascinan y se siente identificado con esas criaturas lejanas, algo arrogantes, que no hablan y nunca se dejarían acariciar.

Cómo estaría disfrutando Linda del paseo. Me voy fijando en las pocas personas que descienden -todos hombres de robustas piernas; todos perfectamente equipados- y, en concreto, en si llevan agua. A mi pregunta me especifican que, en un par de horas llegaré a un punto donde cruzar el río, con una fuerte corriente y profundidad por encima de las rodillas, y que por ahí veré solucionado mi problema.

Un par de horas más tarde ya acabé con mis escasos víveres y me encuentro, sin embargo, todavía en un interminale ascenso pensando en las técnicas de supervivencia que leí en alguna ocasión, o que recuerdo de las películas de naufragios: beber mi propia orina, como si fuera un té de hierba luisa. Sería algo asqueroso pero no falta quien la toma voluntariamente afirmando que aporta incontables remedios para la salud. También pienso fugazmente en lo tortuosa que será la bajada, en picado hacia abajo, sembrada de piedras, con mi calzado casual que ya empieza a romperse por las costuras, si bien decido posponer preocuparme de ese asunto concreto a cuando llegue el momento.

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Una hora más tarde tengo claro que el glaciar tendrá que vivir sin mí y que me doy con un canto en los dientes si llego a alcanzar el collado que se alza ante mis ojos con vista privilegiada al monte nevado y a mi destino original.

Con esa idea en mente acabo de escalar las piedras que me separan de mi nuevo objetivo, siempre siguiendo la estela de Jordi quien, en un momento dado, se detiene a saludar a dos montañeros enormes cargados con piolets y gafas de nieve con los que charla en un inglés particularmente bueno. De hecho no tiene casi acento, constato, cuando paso por su lado saludando e integrándome en la conversación.

Resulta que Jordi se llama Mike y creció en el Reino Unido. Prefiero no preguntarle si trabaja en una empresa de químicos…

Jordi el de la calva, riñonera y pantalón corto vestido de oscuro

Jordi el de la calva, riñonera y pantalón corto vestido de oscuro

Después de tomarle una foto con el pico de 5.086 metros y el glaciar de fondo, acepto las galletas que me ofrece un grupo de montañeros iraníes que me toman fotos a escondidas alucinados de que una chica con semejante equipamiento se encuentre sola en tal hostil terreno a más de 3000 metros de altitud. También charlo con un japonés que piensa continuar, a quien ofrezco la prenda que me protege del viento, ya que yo me voy a dar la vuelta y el pretende continuar todavía muchos kilómetros más, advirtiéndole que me la puede dejar en el hotel a su regreso.

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Se ríe nerviosamente sacudiendo todo el cuerpo y prosigue camino agitando la mano.

Creo que pensó que era una broma…

O quizás le dió vergüenza ponerse mi impermeable rosa.

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4 pensamientos en “Jordi

  1. Cuanto Jordi-Mike suelto hay x el mundo, la diversidad es así…
    Seguiremos pendientes de tus nuevas aventuras, esperando q te encuentres con personas mas queridas y amigas en los próximos capítulos.
    Un beso muy fuerte allá donde estés: Myriam, Victor y Óscar, desde la playa de San Juan
    PD: lo de beberse la orina iba x alguien en particular? 🙂

  2. Dios yami,cada día me asombras mas,gran lección a esos montañeros de palo,jajaja,un abrazo muy grande

  3. ¿Los tres? ¿En playa de San Juan? ¡Qué bien! ¡Qué envidia! ¿Cómo no me decís nada? 😉

    No, no conozco ningún caso cercano que yo sepa ¿o acaso tú adoptaste esa práctica? 🙂

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