Jordi

Antes de las seis me encuentro en la plaza dispuesta a abordar, a codazos si es necesario, un transporte que me suba a primera hora, junto con hordas de turistas que habrán tenido la misma idea, a contemplar, en la explanada de la iglesia, la salida del sol reflejándose el gigante blanco, y recorrer la larga distancia hasta el glaciar que habita sus faldas antes de que aumente la nubosidad con el inexorable avance del día.

Pero no. Sigue leyendo

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