De Georgia a la Patagonia


El día está, por fin, despejado. Decido ir a conocer la iglesia que se ve desde mi ventana, en una colina tan alta que desafía todas las leyes de la lógica, arropada por el imponente pico nevado, que aparece y desaparece entre brumas, a más de 5000 metros de altitud.

Amanecer en Kazbegi

Amanecer en Kazbegi

Como ya es tarde decido ir en taxi. 70.000 larys cuesta, me informan. ¿¿¿Cómo??? Se han vuelto locos. El viaje hasta la capital, a doscientos kilómetros, cuesta 10.000, y mi destino se encuentra a escasos siete. Sin mucho regatear consigo que un señor me lleve por 40.000. Me sigue pareciendo una barbaridad… Hasta que veo el camino. Un estrecho sendero de tierra y piedras socavado por la reciente tormenta que acabó con el suministro de agua en Kazbegi durante tres días -el mismo tiempo que llevo, en consecuencia, sin ducharme-, y que asciende desafiando, esta vez las leyes de la gravedad, entre los árboles.

La vista de la pared rocosa frente a nosotros es imponente. Y en el momento en que irrumpimos en la explanada, con la iglesia al fondo, no puedo más que proferir una exclamación de admiración. Se trata de uno de los lugares más hermosos que tuve ante mis ojos… Tanto que decido despedirme de mi taxista, muy divertido con mi reacción; pasear por allí deleitándome con cada detalle del templo y del entorno; y bajar caminando acariciada por la luz del atardecer.

Típico caso de foto que "no hace justicia" pero no pude hacer más...

Típico caso de foto que “no hace justicia” pero no pude hacer más…

Mi mirada vaga hasta un coche con una carpa encima aparcado en un borde de la amplia, verde y fresca explanada cuajada de florecillas silvestres. Nunca me atrajeron especialmente los vehículos a motor, pero en ese momento tengo una revelación…

… Quizás la casa de una persona como yo, alguien que nunca ha sido capaz de decidirse acerca de dónde quiere poner el huevo, que hasta ahora nunca sintió que perteneciera a un solo lugar, sería precisamente algo así: un espacio pequeño donde poder guardar las cosas fundamentales -botas de montaña, las alforjas, algunos buenos libros de lectura y otros sobre flora, fauna e historia de los lugares que visito, los complementos de Linda, la bici, cuerdas de escalada, ropa de nieve, ropa de verano, ropa de lluvia… Un espacio acogedor, propio y, sobre todo, móvil.

Móvil para cocinar una deliciosa pasta en la estufa contemplando esa misma explanada escuchando los grillos, mirando las estrellas, con Linda olisqueando las briznas de hierba y ladrando desaforadamente cuando alguien intentara aproximarse. Móvil para poder quedarme en cualquier lugar que me guste unas horas, unos días, o incluso meses. Móvil para viajar sin el hastío que, a la larga, supone buscar constantemente techo, alimentos, la comida de restaurantes, negociar, amén del transporte de Milady o de Linda (que además, de la manera convencional, jamás podrían viajar juntas). Móvil para hacer del mundo y de la naturaleza mi hogar.

Mi imaginación sigue volando… Nos veo recorriendo montañas y valles, parando cada pocos metros a pasear o pasar la noche en parajes que quitan el aliento. Nos veo en la Patagonia, saliendo a recorrer la zona en la bici, dejando a Linda unos días con unos amables campesinos con los que habríamos convivido previamente -quizás ayudado con las labores agrícolas o de pastoreo-, de modo que se quede tranquila y feliz, ejerciendo sus dotes de líder perruna con los amigos que seguramente encontraría, cuidando las vacas, a sus hospederos, y la casa móvil, que dejaría bajo un árbol, dentro de la finca, con la seguridad de que regreso.

Buscando el acceso acabo rodeando la montaña por debajo, algo sorprendida de que la entrada a la iglesia más emblemática de Georgia transcurra por terreno tan escarpado… Este sería un lugar en el que yo pediría matrimonio a alguien, pienso, emocionada por tanta belleza. En mi ensimismamiento me dirijo a una puerta de la que sale un sacerdote ortodoxo con túnica negra hasta los pies, barba rizada del mismo color hasta el pecho, a juego con el pelo, tocado por un gorrito de lana, agitando la mano frenéticamente -¡¡¡No, no, no!!!-.

Parece que no es por allí. Constato, divertida, por un lado, por el parecido con la estética talibán (aunque seguramente ambos se considerarían en las antípodas uno de otro por el hecho de ser uno cristiano y otro musulmán) y, por otro, por la diferencia radical con los alegremente anaranjados y rasurados monjes budistas que conocí en mi viaje por Asia, pese a tratarse en definitiva de lo mismo: un atuendo y una estética corporal que indican que el sujeto en cuestión se dedica a propósitos más elevados que los del resto de los mortales.

Cuando regreso sobre mis pasos descubro un cartel con el mismo signo de “solo personal autorizado, prohibido el paso” que preside la oficina de Gocha. Mi despiste, al igual que la misericordia del todopoderoso a quien encomienda su vida el señor con quien acabo de cruzarme, no tiene límites.

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Una vez en el interior, ataviada con una falda y un pañuelo que debo ponerme -ya que las mujeres no pueden acceder ni siquiera en pantalón largo-, con la sensación de libertad, plenitud y aventura en la Patagonia, entremezclada con la sonrisa de mi amigo Steven impregnada en la mente, siento el impulso de encender una vela cuya llama contemplo, durante largos minutos, hipnotizada.

El lugar me gusta tanto que, mientras desciendo hacia el pueblo escuchando el crujir de mis propias pisadas, sé a ciencia cierta que regresaré al día siguiente.

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6 pensamientos en “De Georgia a la Patagonia

  1. Pues creo que Steven encontró un bonito lugar para hacer su aparición y tú le has sabido dejar una pista por si quiere regresar…

    Dan ganas de ir a conocer dichos parajes 😉

  2. A mi me gusta muchísimo saber que pese a los años y la distancia andas por ahí de alguna manera. ¡Un abrazo muy grande para ti también, Buba! 😀

  3. ¡Hola Anónimo! (aunque sospecho que eres “anónima”y te llamas Ana? 🙂 )

    No sé si lolamarlo coraje o “ninguna gana de perderme las vacaciones”, pero el caso es que después del primer momento de zozobra existencial me alegré mucho de haber tomado la decisión de continuar.

    Un abrazote y muchas gracias por tus cariñosas palabras 😀

  4. ¿Regresar?

    Ojalá pudiera regresar…

    Los parajes son algo realmente impresionante, ciertamente. Te los recomiendo para algunas vacaciones 🙂

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