Velocípedo


Cuando no cae una tormenta cuacásica que hace temer por la llegada del fin del mundo, Kazbegi es un pueblito apacible, con vacas paseando a su aire por las calles, dejando sus boñigas en mitad de la carretera, que son habilmente sorteadas por conductores que parecen no poder separar el pie del acelerador.

Esa mañana cambio el laberint húmedo por la habitación de lujo de uno de los dos hoteles, con vista al nevado y a la icónica capilla, que siguen ocultos tras las nubes, para las siguientes tres noches.

A continuación paso por la gasolinera a saludar a Gocha y a informarle de mi plan del día: llegar con mi “velocipied” -bici, en ruso- hasta Juta, una diminuta localidad enclavada en el fondo de un cañón a una distancia de cincuenta kilómetros de ida y vuelta, visitando, en el camino, algunos pueblos semi-abandonados. La idea es que, si no regreso en la noche, haya alguien que sepa de mi paradero y pueda avisar a la policía, los bomberos y a quien sea menester para que vengan a rescatarme. El único “problem” que él ve es el que la subida es muy empinada, por lo que salgo tranquila…  Siempre nos quedará empujar.

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IMG_0731Eso es, precisamente, lo que hago durante siete kilómetros de empinado ascenso, en compañía de seis testosterónicos israelíes de veinte primaveras, que también se bajan de sus bicis.

Primer tramo de subida

Primer tramo de subida

A mi regreso en la gasolinera hay, de nuevo, visita. De diez amigos que se congregan en el reducido recinto en el rato que paso allí, tres huelen a destilería desde kilómetros de distancia, por lo que hago mis propias estadísticas: el porcentaje de hombres que consumen alcohol de manera habitual asciende al 30%. Sin embargo, ebrios y todo, me tratan con respeto absoluto con eso de que soy la amiga -aunque ya empiezo a escuchar de fondo la palabra “novia”, de Gocha-. Es decir, en lugar de reírse de mí, como sería habitual en este contexto, hacen bromas conmigo, me ofrecen sus sillas, sus tés, sus licores y me saludan llevándose la mano a una imaginaria gorra, moviendo afirmativamente la cabeza, con una gran sonrisa.

Al día siguiente me dispongo a llegar a la frontera con Rusia. Esta vez, en lugar de subir, disfruto de un descenso magnífico, con soberbias vistas sobre el valle… E interminable. Incluso cuando llego a orillas del río éste desaparece entre las enormes montañas como si quisiera llevarme al centro de la tierra con él. Llevo hora y media bajando en picado; me pregunto cuánto tardaré en subir a mi velocidad caracoliana característica. También me pregunto si conocer la frontera valdrá la pena o si no valdría más la pena darme la vuelta cuanto antes y ahorrarme una insolación, una pájara y agotamiento para el resto del viaje, cuando tenga que deshacer lo rodado bajo el sol de mediodía. Además de la desidratación, ya que no llevo mucha agua.

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Pero doña Inercia y doña Curiosidad son más fuertes que Don Sentido común, de modo que rozo Rusia con las ruedas para encontrarme con esto.

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¡Menos mal que vine! No me hubiera perdonado perdérmelo…

Después de explicar a un ceñudo y sorprendido policía que estoy allí de “turismo” -lo que le sorprende más todavía- me doy a vuelta para, tras pocos metros, otear el horizonte a la búsqueda de un vehículo que me ahorre la tortura de alejarme del paso fronterizo para camiones al que me trajeron las mencionadas señoras.

No se hace esperar. Un sencillo autobús de color blanco se detiene frente a mi, invitándome a subir. Titubeo un poco. ¿Y la bici? La bici también viene, dentro de la cabina. Entre los cuatro señores que acompañan al conductor, suben a Milady, sorteando barras y asientos, al pasillo.

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A nuestra llegada a Kazbegi, me dejan la bici aparcada en la calle, no aceptan que pague la tarifa, y se despiden amablemente riéndose de mí disimuladamente, ya que no saben que soy amiga de Gocha.

Con este radical giro de los acontecimientos tengo toda la tarde libre para dar comienzo a otra aventura…

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4 pensamientos en “Velocípedo

  1. Ya lo dice la sabiduría popular… Las mujeres siempre se salen con la suya 😉

    El camino fue chevere, aunque conociendo mis dotes de subida el no saber cuando acababa no ayudó a relajarse precisamente… 🙂

  2. Te creía con Antonio y Raquél. ¿División de Caminos? Miraré por si hay mas relatos….

  3. Yo también me creía… El destino dio uno de sus famosos giros. Por si no quieres dar muchos de esos buscando el punto en que se separaron los caminos lo encuentras en “Él nunca lo haría”.

    ¡Un abrazo! 😀

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