Escenas de gasolinera


La vía se ensancha a medida que me aproximo a Kazbegi, la ciudad situada en un amplio valle. En lugar del famoso nevado de 5.087 metros y la iglesia más emblemática de Georgia, situada sobre una elevada colina, que debían recibirme, lo que encuentro es niebla que baja hasta tres metros del suelo por la falda de la montaña. Desde la protección de mi ropa de agua -impermeable rosa y el pantalón de plástico de mi padre, al que tengo que dar varias vueltas alrededor de la cintura para no pisármelo-, saludo a pastores, niños y conductores que pasan agitando la mano y tocando la bocina, con los que me cruzo.

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Entonces se dibuja ante mi la gasolinera.

¡¡¡Allí tienen baño!!!

Desciendo de un salto dejando a Milady a la vista del empleado. Cuando voy a montar de nuevo, el hombre sale haciendo aspavientos y, en lugar de increparme por dejar la bici en mitad del paso, como me parece entender inicialmente, me hace entrar en el lugar “Solo para personal autorizado”. Siguiendo la misma política de aspavientos, ya que en inglés solo sabe decir “no problem”, me invita a ponerme cómoda en una silla frente a su radiador eléctrico, me ofrece té, y me sugiere quitarme la ropa empapada y ponerla sobre otra silla para que se seque.

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Con el calor de la estufa en los pies ateridos, y el del vaso humeante en las manos, observo como se mueve como una lagartija entrando y saliendo del local cada vez que llega un vehículo a repostar. En una de sus idas y venidas me ofrece comer algo. Como el realidad no pasa un segundo sin que alguien requiera de sus servicios, tomo la iniciativa: aprovechando que está fuera hablando con un camionero, me cuelo en la cocina y preparo unos pinchos de salchicha georgiana con el pan que llevo en las alforjas. Pongo mis frutos secos en un platito sobre su mesa de trabajo. Él, muy contento de ver que me siento como en casa, pone ketchup picante en un recipiente invitándome a mojar en él el manjar más preciado que llevo: es una de las formas más extremas que se me ocurren para arruinar la longaniza ibérica que me dejó Raquel antes de regresar a España, pero nuestra comunicación es demasiado pobre en matices para poder explicárselo.

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En el momento de reemprender la marcha la lluvia arrecia, por lo que Gocha me reconduce al interior invitándome a instalar mi pequeño campamento. Él pone gasolina, cobra, hace bromas, dice “no problem” y sonríe de oreja a oreja cada vez que entra. Yo leo, devuelvo la sonrisa igualmente, y ejerzo de anfitriona ofreciendo gastronomía española con ketchup a sus amigos que vienen de visita, y que me observan, muertos de la curiosidad, a hurtadillas, preguntándose quién es esa extranjera con el pelo pegado en la frente que viaja con la bicicleta aparcada a la entrada.

De visita, a la mañana siguiente

De visita, a la mañana siguiente

Cuando por fin, horas más tarde, abandono mi refugio, lo hago precedida de un coche negro que me conduce hasta un sencillo y económico “Guesthouse”, todavía más económico por las gestiones de mi primer amigo georgiano, situado al lado de su casa. Allí me recibe una robusta mujer poco ducha en reglas básicas del trato con clientes: me muestra un cuarto con la cama, enorme, hundida. Un sencillo baño con una manguera que hace las veces de ducha, y al que debo acceder atravesando cuatro habitaciones de la destartalada casa con olor a humedad -una de ellas con huéspedes-, exponiéndome a partirme un tobillo debido a los escalones y desniveles del piso compuesto por tablas deformes.

Desde luego no es la idea que tenía de recoleto hotelito montañero en el que recogerme para hacerme más fácil el cambio de programa de viaje, compensando con confort y calidez el hecho de haberme quedado sola.

Le digo a mi casera que voy al centro a cambiar dinero o buscar un cajero automático y que quizás vuelva, en una maniobra en la que pretendo dejarme todas las puertas abiertas, incluyendo la suya, en caso de que no encuentre nada mejor. Ella bufa, se enfada, se queja, me repite como un mantra “no vas a volver”, “no vas a volver”. Casi forcejeando y neutralizando todas sus armas -desde suplicarme, hasta ponerme de desagradecida para arriba-, deseando encontrarme en una situación menos auténtica y más comercial, irrumpo, bajo la lluvia, en el centro que, en lugar de conformarse por un hermoso casco histórico, con iglesias en cada esquina, hileras de hoteles, hostales con flores en las ventanas, tiendas, supermercados y hordas de turistas, se reduce a dos calles desiertas que nacen de una enorme explanada asfaltada con una estatua de la época comunista, un par de casas de cambio, algunas tiendas que ofrecen exactamente los mismos productos básicos y dos hoteles.

Llenos.

El resto son las mismas casas destartaladas y húmedas como aquella de la que vengo.

Regreso con el rabo entre las piernas intentando acelerar a tal ritmo la aclimatación al entorno que, para el momento en que atravieso de nuevo el jardín lleno de hierbas de la entrada empapándome, una vez más, los pies, estoy casi convencida de que pasar la noche allí tendrá, incluso, su encanto.

No hay luz en toda la casa.

Llamo. No hay nadie.

Por suerte la puerta está abierta.

Tomo posesión de mi cuarto. No saco todo por si la señora acabara echándome de allí con cajas destempladas cuando regrese porque ya tiene otro huésped que, además, le paga el doble, o o algo por el estilo.

Pasa una hora. Dos. Y hasta tres. Para entonces mi máximo temor es que me arranque del sueño en mitad de la noche considerando que ocupé su casa sin permiso.

Pasadas las diez de la noche, cuando ya no puedo mantener los ojos abiertos y estoy a punto de entregarme al sueño, aparece.

Gratamente sorprendida, es la primera vez que la veo sonreír en el día.

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6 pensamientos en “Escenas de gasolinera

  1. ¡Uau! Yo entiendo tu deseo de ir siempre lo más ligera posible, pero ¿no te iría bien una tienda de las ligerillas? con un peso de alrededor de un kilo hay alguna que otra y te salvaría en más de una ocasión.

    Aunque pensándolo bien… no sé cómo te las apañas, pero al final encuentras sitio. ¡Qué arte tienes! 😀

  2. Hola Cucho, tengo un sarcófago “ligerillo”, exactamente como dices, de un kilo :). El caso es que con esa lluvia el sarcófago hubiera dormido en el cuarto que fuera conmigo, dentro de su bolsa… Por no mencionar el pequeño detalle de que se quedó en Colombia.

    Pero ya verás, ya verás el giro que dan los acontecimientos… 😉

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