“Él nunca lo haría”


El cielo amenaza lluvia, el tráfico vuelve a ser más intenso y toda la etapa correspondiente al día de hoy es de subida. Para mí, sobre todo después de mi pájara de ayer, no hay discusión: no pedaleo. El panorama se presenta tan poco atractivo que incluso Antonio cambia de planes y decide venir con nosotras hasta Kazbegi en algún transporte motorizado.

Antes de emprender la odisea de encontrar un vehículo que pueda transportar tres bicicletas, seis alforjas y las correspondientes personas, en un pueblo donde no hay estación de tren, ni de autobús, nos detenemos a visitar la fortaleza de Ananuri. En el extenso aparcamiento divisamos dos bicicletas, pertenecientes a dos alemanas, cargadas hasta los topes. Como es habitual entre ciclistas intercambiamos impresiones… La subida es muy dura, no hay prácticamente arcén, el flujo de vehículos disminuye a medida que avanzamos, nos cuentan… Extraigo también algunas informaciones que me interesan particularmente, a raíz de mi experiencia por Asia:

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-¿Cómo es viajar dos mujeres solas por aquí?-.

-Bastante horrible. Los hombres se nos acercan, no se quieren ir, se ponen pesados, impertinentes. Nos hemos inventados novios y maridos pero da igual. La verdad es que esa es la peor parte-.

-Ya-. Responde a mis sospechas. Moverme en un país en el que el consumo de alcohol es palpable a cualquier hora del día, es una experiencia de la que yo, personalmente, podría prescindir. Le transmito estas reflexiones a Antonio de camino a la imponente muralla. López se queda fuera con las bicis, no tiene ganas de visitarla.

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A la salida los encuentro abrazados tiernamente. Cuando me acerco con intención de hacerles una foto artística, me comunican que regresan a España. El abuelo de Raquel está grave y para ella no tiene sentido seguir de viaje. Antonio, evidentemente, se va con ella.

Madre mía, la proxima vez me guardo mis reflexiones para mí.

-¿Y tú que haces?-.

-Yo sigo-, respondo en medio de un torbellino de sorpresa, susto y sensación de irrealidad.

Me quedé sin compañeros de viaje, sin ubicación vía satélite, y sin freno nuevo de emergencia, ya que no lo sé instalar.

Con mi contrastada capacidad de verle el lado bueno a cualquier percance que se presenta, pongo mi cerebro a la tarea de extraer alguna ventaja a mi nueva y conocida situación en la que no esperaba verme tan pronto y, sobre todo, de manera tan improvisada: será más fácil moverse; me relacionaré con el país sin la pantalla que supone ir con otras personas. Y al tener de nuevo los leones merodeando, el instinto de supervivencia hará que la desagradable sensación de los últimos días, las últimas semanas, e incluso los últimos meses, se tamice… Al menos hasta que me habitúe a mi nuevo estatus de llanera solitaria.

Mi cara, momentos después de conocer la noticia

Mi cara, momentos después de conocer la noticia

Con el precario ánimo que estas reflexiones me insuflan, transmito a mi amiga que es la mejor decisión que puede tomar si siente que debe irse, nos deseamos suerte mutuamente y, tras abrazarnos, cada equipo se dirige a un lado de la carretera: López y Antonio, con sus monturas dirección sur; Ms. Battuta y Milady, dirección norte.

Al cabo de un rato de espera infructuosa emprenden la marcha, a golpe de pedal, hacia la capital. Yo intento detener alguna buseta: el conductor de la única que pasa afirma no dirigirse a mi destino. También intento parar algún coche en el que alcanzo a ver a los ocupantes. Para incrementar mis oportunidades me pongo la pañoleta de Linda en la cabeza con idea de ofrecer una estampa más familiar, más de la tierra -las mujeres georgianas se cubren el cabello para acceder a las iglesias-; todo lo “familiar” que puede resultar la visión de una chica con el pantalón remangado, acompañada de una enorme bicicleta, en la cuneta.

Todos pasan a velocidad supersónica haciendo caso omiso a mi atribulada sonrisa y al brazo extendido. El cielo gris oscuro y la ubicación, en un feo arcén de gravilla rodeado de casas destarlatadas son mi visión durante la siguiente hora.

Las vistas...

-¿Por qué carajo he dicho que me quedo? ¿En qué estaba pensado? ¡Tenía que haberme ido con ellos y pasar en Tiblisi, en entorno civilizado y conocido, los seis días que restan hasta la llegada del resto del grupo!- pienso, con la respiración entrecortada, en mitad de una carretera Nacional que me asustó y desagradó desde el primer momento, en la que me siento atrapada.

Decido darme un margen de dos horas para lograr salir hacia mi destino que, dentro de mi agobio, intuyo, que me devolverá la calma, por tratarse de un agradable pueblo de montaña… Si es que logro salir de allí, evidentemente. En caso contrario sondearía la posibilidad de volver a la capital. Aunque sea en bicicleta. Regreso al aparcamiento frente a la fortaleza con una nueva estrategia: abordar a los vehículos estacionados, ya que ignorar olímpicamente a una pobre chica que se acerca con un pañuelo de perro rosado en la cabeza, es francamente una conducta propia de desalmados.

Los pocos coches que no van cargados hasta los topes, y donde cabría la bici, son vehículos de agencias de turismo o de los vendedores de pulseras y gorros de lana, que tiene muy lejano el final de su jornada. Tras un largo rato de espera, irrumpe en mi campo de visión la sonrisa de una chica cuya mirada se cruza con la mía, en un vehículo blanco de tamaño algo más grande que la media.

Mediante gestos, señalándome a mí, las alforjas, a Milady, les explico a ella y a su novio que queremos viajar en su coche y que Milady puede alcanzar un tamaño de bolsillo si la desmonto.

Cuando nos ponemos en marcha comienza a llover copiosamente y, a medida que avanzamos, podría decirse que nos encontramos inmersos en el diluvio universal. Aun así, Emilio conduce bastante más rápido de lo que me parecería recomendable para tratarse de una carretera llena de curvas, ríos de agua corriendo, y visibilidad reducida. Paso dos horas escuchando música de Julio Iglesias; comiendo galletas de chocolate que engullo por pura cortesía, ya que saben a goma dulce; agarrándome al asidero sobre mi cabeza para no clavarme los pedales de Milady en el costado; y conteniendo las ganas de orinar: con todo el estrés de la separación y el transporte todavía no me libré de los dos vasos de té que tomé en el desayuno, hace ya demasiado rato.

Es precisamente este acuciante problema el que me lleva a pedirles que me dejen salir apenas rebasamos el tremebundo y magnífico puerto de montaña enterrado en brumas, que desfila ante mis ojos como platos, sintiéndome una auténtica afortunada por poder verlo desde el otro lado del mojado cristal. A medida que mi vejiga se hincha, la perspectiva de salir de la prisión de hierros y pedalear bajo la lluvia se me hace más y más irresistible.

nunca lo haría

Para no reproducir la escena publicitaria española para concienciar sobre el abandono canino con el lema “él nunca lo haría”, subimos hasta a la iglesia de Sioni, situada en un estratégico altozano, muy a la usanza de esta país, donde cuento con una extensa explanada para descargar el coche, cubrirme con la ropa de agua, y poner la rueda.

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En momento en que pongo los pies en el suelo y doy un par de vueltas en torno a Milady, mis zapatillas y calcetines se encuentran empapados y mis pantalones húmedos hasta la altura de la rodilla. No me importa, me gusta sentir los elementos.

El freno delantero no se deja encajar. Recuerdo la cara de contrariedad de Antonio al montar las bicicletas, cuando se presentó el mismo problema. Sus palabras textuales para referirse al freno que me pusieron en Asia cuando un mecánico rompió el anterior, fueron: “es una aleación que no sirve para nada; una mierda, vamos”. A continuación manipuló con una llave en varios tornillos para poder meterlo. Y acto seguido escribió a Myriam para pedirle que trajera uno nuevo cuando vinieran para cambiarlo de urgencia.

Tras un breve destello de pánico decido que ese freno no me va a complicar la existencia, que ya tuve bastante de eso en el día de hoy. Pegando un fuerte tirón, logro ajustarlo perfectamente. La rueda hace su trayectoria sin fricción. Sonrío ampliamente y me dirijo al interior de la ermita, con el corazón saltando en el pecho. Comienza, de verdad, el viaje en sentido estricto, en el sentido que nos llevó a enamorarnos de esta forma de viajar: este lugar es profundamente hermoso. Me siento una auténtica privilegiada de poder disfrutar del aire fresco saturado de agua, la vista desde las alturas dominando todo el valle, de la amabilidad de las personas que me trajeron hasta aquí, de esta experiencia de plenitud y libertad.

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Tras visitar en completa intimidad ese lugar sobrio, que emana paz, solemnidad, historia y recogimiento, recreándome en cada detalle de la rugosa piedra, las imágenes religiosas de estética bizantina, y los cortinajes de terciopelo acariciados por la tenue luz que se cuela por la entrada, constato que el coche blanco está todavía allí.

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Quizás quieran asegurarse que no me llevo ninguna pintura de Cristo del siglo XII en las alforjas.

Quizás quieran tener un momento cariñoso -o incluso algo más- en tan solitario y mágico lugar. Pero no me cuadra con la imagen candorosa de una joven, estable, y seguramente devota, pareja georgiana.

Quizás sean ellos los que quieran llevarse la pintura del Cristo del siglo XII…, pienso, mientras desciendo, montaña abajo, por un impracticable camino de cabras, al encuentro de la Nacional.

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2 pensamientos en ““Él nunca lo haría”

  1. De momento los machos etílicos están de los más tranquilo. Confirmo mi teoría de que es mejor ir una chica sola que dos, por extraño que parezca… 😉

    Ya le digo a López. Muchas gracias.

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