Alta tensión


-¡Parad si veis un bar!- grita López, sonriente, mientras ante nuestros ojos se suceden las casas destarladas que conforman nuestro edén particular; así como algunos paisanos que vegetan bajo un escuálido árbol, protegiéndose del sol de las tres de la tarde, a quienes saludo con una inclinación de cabeza que es respondida segundos más tarde, en el mejor de los casos.

Chinti no tiene ni bar, ni nada por el estilo. O eso es lo que parece. A la salida del pueblo, frente a otra pista ascendente llena de grava y polvo, un vecino nos indica que aquella casa de la esquina, por donde está pasando ese coche, es la tienda: “dom“, “maschina“, “magasin“. Los conocimientos de latín, alemán y francés se alinean dando un salto mortal en mi cabeza para comprender las indicaciones a la perfección.

Salimos disparados hacia allá. El único signo de vida lo arroja un cartel escrito en georgiano y ruso en el que alcanzo a reconocer esta última palabra en caracteres cirílicos. Ante tal evidencia, y aunque el local está cerrada a cal y canto, me pongo a vocear para anunciar la presencia de los clientes más sedientos del verano. Raquel y Antonio esperan discretamente fuera, un tanto impresionados por tan efusivo acercamiento, particularmente cuando, haciendo caso omiso de los ladridos del perro, abro la verja y golpeo la puerta de la que sale una oronda y simpática mujer. Tras ella se abre un mundo de posibilidades en forma de pan -“puri“, dice cuando lo señalo-, bolsas de patatas fritas, chocolates, y una nevera repleta de botellas de todos los tamaños y colores que apenas llegan a enfriarse debido a la aglomeración.

-Tengo la tensión por los suelos-, declara López cuando franquea el umbral.

-Yo no tengo tensión- afirma Antonio, dejándose caer en la tabla polvorienta que hace de banco, frente a las viandas que extendí, con la aquiescencia de la dueña que, no sólo no se molesta de que invadamos su espacio vital, sino que además nos regala una botella de vino de fabricación propia en una botella de plástico reciclada.

Las nociones básicas aquiridas en la capital -“madlova“, gracias-, y las de los últimos días arrojados al terreno -“johk“, si; “ara“, no; “damarjova“, hola; “omelette“, tortilla; “chai“, té-, junto con las recién aprendidas en este lance, nos convierten ya en avezados comunicadores. Nuestros básicos conocimientos iniciales se van completando con las impresiones visuales que el viaje nos regala detrás de cada esquina y con los retazos de la guía que nos lee Antonio durante las comidas, como si estuviéramos en un refectorio. Cuando regresemos a casa, en unas semanas, seremos los expertos a quien todo el mundo preguntará cómo es Georgia, cómo se dice esto o lo otro, cuál es la comida típica, y qué hay que visitar. El turismo convierte a las personas en auténticos kamikaces.

Tras saciar primero nuestra sed con todas sus reservas de Coca-Cola que le quedan, y luego nuestro hambre con el pan, los tomates, y el par de latas de atún que conforman nuestras provisiones, retomamos el tema de nuestro lugar en el mundo: además de que la opción inicial es más atractiva paisajísticamente hablando, el abuelo de López, de 99 primaveras, está muy enfermo, por lo que en realidad la opción de adentrarnos en las montañas sin wifi queda descartada de antemano. Para mí cualquiera está bien, siempre y cuando no haya problema en que, sola o con ellos, me suba a un transporte que me lleve directamente a Kazbegi si no quiero circular con coches.

La tienda

Saliendo de la tienda

Este acuerdo nos lleva a incorporarnos a la Nacional apenas unos metros más adelante donde, efectivamente, constatamos que el tráfico es mucho menor.

Pedaleamos, una vez más, cuesta arriba, bordeando una presa de aguas profundamente azules por el mismo arcén de gravilla que nos pareció insufrible en la primera etapa y que ahora, después de las piedras, nos parece más suave que una pista de auropuerto.

Me quedo, en mi línea, la última. Pese a que el paisaje es agradable siento que me falla la motivación y me falta el aliento. Quizás sea porque de todas formas tengo que ir atenta a los coches y camiones que me adelantan de vez en cuando. O por mi ostensible falta de entrenamiento, particularmente ostensible en terreno ostensiblemente inclinado. O porque tengo unos platos muy grandes que me permiten poco desarrollo para subir; el tema recurrente de todos los viajes por montaña, de los que regreso blafemando y jurando por lo más sagrado que los voy a cambiar… Y luego me dejo convencer por Antonio de que “me sobran fuerzas” para ir así. O por mi desánimo generalizado.

No puedo dar una pedalada más, ni siquiera en llano. En mi cabeza se suceden las imágenes de los productos -pan, queso salado, frutos secos- que viajan en las alforjas de mis amigos por accidente, ya que siempre repartimos la comida para cargarla entre todos. Mi estómago pasa de sentirme satisfecho a convertirse, en cuestión de segundos, en un agujero negro.

Temblorosa empujo la bicicleta pidiendo que, por favor, por favor, por favor, aparezca pronto un restaurante o una tienda ante mis ojos. Mis súplicas son, sorprendentemente, atendidas de inmediato. Digo sorprendentemente porque es el segundo local que veo abierto en los últimos doce kilómetros.

Dejo la bici en mitad del arcén, bien a la vista por si regresan a buscarme, y me dirijo, casi desmayada, al interior, donde señalo la caja del pan -soy incapaz de pronunciar “puri“, de puro agotamiento- y pido chocolate. De nuevo milagrosamente extrae una única tableta de la nevera donde cervezas y licores esperan a ser consumidos.

Mientras engullo ambos, chorros de sudor recorren todo mi cuerpo. A continuación me poseé un tembleque ingobernable a la vez que toda mi piel se eriza a causa de un ataque de frío repentino e impropio de las temperaturas a las que nos encontramos. Es el caso de hipoglecemia más fuerte que recuerdo. Ni siquiera en Asia, que iba medio desnutrida, me sentí nunca tan descompensada.

Transcurridos más de veinte minutos, algo recuperada, y a la vista de que no aparece nadie, me pongo algunas prendas de abrigo y me dispongo a iniciar el descenso hacia Ananuri, un pueblo que, según el mapa, hay una fortaleza, donde encuentro a mis amigos esperándome, a la puerta de un hotel bastante lujoso, seguramente el único, dándo de comer a los perros callejeros los pedazos de pan duro que tantó añoré mientras volaba con las “pájaras” en lo alto del puerto.

 

 

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