Leones con piel de cordero


Además de estandarte -junto con Armenia- de la Cristiandad, en su calidad de republica ex-soviética, Georgia también es prolija en consumo de alcohol a mansalva. En alguna parte deben estar los litros y litros que adornan las repisas en las tiendas de 24 horas. Ambos factores hacen que el ciudadano medio conduzca como un enejenado mental, confiando en que el creador compensará su falta de control al volante.

Tras unos agónicos escasos kilómetros por una de las vías principales nos detenemos a frente a un edificio con pinta de hotel, conscientes de que tendremos que cambiar la estrategia, ya que circular en estas condiciones no supone ningún disfrute, además de ser peligroso. Se trata de un motel para el amor, constatamos, al ver las cabañitas que apestan a tabaco en su interior, y las tarifas que oscilan entre un par y veinticuatro horas -igual que las tiendas-, incluyendo una de 8 de la noche a 10 de la mañana, a la que nos acogemos.

La mujer quiere que alquilemos dos. ¿Los dos por 50 larys? No, no cada uno. Nos enteramos, después de mucho gesticular. Tras media hora logro hacerle entender que queremos dormir los tres en un apartamento pero que nos hace falta un colchón o algo por el estilo. Todo bien. Y luego se lo piensa mejor: todo bien, pero hay que pagar un extra. Yo, que acabo siendo la portavoz del grupo debido a mi competencia en lenguas -aunque entre ellas no se encuentre ni el georgiano ni el ruso- y, fundamentalmente, mi carácter nervioso y proactivo, acabo harta de negociar y reconfirmar detalles con una mujer que nos persigue por todo el terreno insistiendo machaconamente en que paguemos. La cama supletoria no asomará sus patas hasta tener en sus manos los larys contantes y sonantes, advierte.

Cuando López, ajena a toda la discusión, entra en el cuarto, revela que no va a dormir en la cama porque le da asco; a saber qué fluídos, se habrán vertido en ella.

-Bueno, puedes dormir tú en la cama supletoria entonces-.

-No, no voy a dormir en ninguna cama. Voy a dormir en el suelo sobre mi aislante…-.

Y así es como acabé con un hombre de pelo en pecho en una gran cama de matrimonio con sábanas rojo pasión, estampadas con rosas y corazones, que rezan “I will always love you”, con una cama supletoria para colocar las alforjas.

Mi compañero de lecho busca una ruta alternativa por pistas junto al río que ni siquiera aparecen en el mapa, seguramente caminos vecinales.

El calor aprieta cada vez más. Al día siguiente voy, como siempre, la última, con la lengua fuera, ya que, desde que mi amiga se conviertiera en ciclista de diario por Madrid hace un par de años, dejó de ser el eslabón más débil a esos efectos, junto conmigo, para entrar por la puerta grande en el mundo del alto rendimiento. Mientras pedaleamos entre amplios terrenos despoblados y casas de campo prácticamente enterradas entre la prolija vegetación de sus desmadrados jardines en el mes de julio, tocadas por oxidadas antenas parabólicas, reaparece la inquietud que me acompaña últimamente. Esa inquietud que atenaza -con una intensidad de leve a media- mis pulmones y mi estómago desde que llegara a Madrid, para acompañarme hasta Barcelona, venir a la playa de Valencia, y manifestarse ahora en las apacibles veredas georgianas.

Hace tiempo que sospecho la apatía, las escasas ganas de hacer planes y el esfuerzo para salir de casa que achaqué, durante un tiempo, al calor; el percibir la vida como la pantalla de un computador al que le faltara color y brillo; el no encontrarme a gusto en ninguna parte pese a las ganas que tenía de venir a España y ver a toda mi gente, tiene que ver, de alguna manera, y en alguna medida, con la muerte de Steven.

En una pausa al borde del camino, hablo de la difusa sensación de alarma, de susto, de fragilidad, que me escolta desde que abandonara Colombia, hace varias semanas, que comienzo, por fin, a identificar y, en consecuencia, poder nombrar. No se trata de un miedo concreto a que me pueda pasar algo similar; tampoco pienso en ello. La sensación es, más bien, de sentir mis células maltratadas, violentadas, sobresaltadas; como si un temor ancestral, básico, se hubiera apoderado de ellas tomando el lugar de mi habitual relajación y confianza. Seguramente además de la pérdida de mi amigo en sí, deba lidiar, además, con las grotescas circunstancias en que se produjo. Colombia es, en este momento, mi casa, mi hogar. Supongo que mientras tenía que ir a trabajo, hacer mi vida cotidiana, no me pude permitir sentirlo. Al llegar al entorno más tranquilo europeo salió a la luz.

Raquel y Antonio me rodean con un brazo cada uno y me palmotean la espalda. Sonrío entre gruesas lágrimas que ruedan, una vez más, por mis mejillas. Mientras tienes el león enfrente nunca sientes miedo, las piernas te tiemblan cuando lo pierdes de vista, resume, gráficamente, Antonio. Raquel, desde su persectiva de psicóloga, considera que debería dejarme un mayor espacio para la introspección en lugar de tanta actividad. Yo comprendo finalmente que la normalidad, si es que vuelve, tardará en reinstalarse, y que debo tener paciencia y comprensión conmigo misma.

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Un corpulento vecino que nos ve parlamentando, mapa en mano, a la sombra de una morera, presumiéndonos perdidos, se acerca para ayudarnos. La pista por la que pensamos proseguir está impracticable, o ¿quizás quiera decir cortada?: no sabemos cómo interpretar exactamente el gesto de sus brazos cruzados por delante del pecho, acompañado por vigorosas sacudidas de cabeza. Señalamos la gravilla, que sí es apta para bicis, aunque sea cargadas. Él se dirige a los arbustos que agita con la palma de su manota. Ahhhhhh, lo que pasa es que el sendero se estrecha más adelante hasta el punto que la vegetación no permite avanzar.

Decidimos, no obstante, fiarnos del gps de Antonio, que revela la existencia de una pista hasta Chinti, cerca de Zhinvali, el lugar donde aparecen dos carreteras en forma de “Y”, donde tendremos que optar, definitivamente, por una de las dos rutas posibles: en dirección a Kazbegi, al noroeste, o a Shatili, al noreste, ambas junto a la frontera rusa. Esperamos hasta perderlo de vista para avanzar, con objeto de ahorrarle la contrariedad de ver que no le hacemos ni caso. Cualquier cosa con tal de no volver a la conducción de locos.

A Kazbegi se llega por la Nacional que tan poco nos gustó hasta ahora, si bien es de esperar que el tráfico disminuya a medida que nos alejamos de la capital. Se trata de uno de los enclaves más espectaculares y, por tanto, turísticos. En esa ruta abundan las iglesias antiguas situadas en los alto de imponentes colinas y nos acompañaría todo el tiempo la visión del Caúcaso, la línea natural divisoria entre Europa y Asia, en el horizonte. Además nos esperaría un nevado de más de 5000 metros de altitud, una vez rebasado un tremendísimo puerto de alta montaña de unos mil metros de desnivel en escasos kilómetros que, en invierno, se convierte en el lugar de esquí más popular del país.

A Shatili conduce una carretera secundaria asfaltada en parte, al menos hasta la mitad del trayecto. Eligiendo esta alternativa tendríamos la inmersión en la Georgia profunda, así como la pernocta en el suelo de granjas y una dieta a base de queso agrio y kachapuri asegurada, sumidos en un paisaje, imaginamos, entre bonitos e igualmente espectaculares, ya que se introduce, igualmente, en las montañas.

Tal diatriba se encuentra, sin embargo más lejos de lo sospechado. Avanzamos cinco kilómetros empujando las bicicletas sobre gijarros de río de dimensiones sobrenaturales cuesta arriba, arrullados por el estridente concierto de las chicharras, sudando a profusión, ufanos, sin embargo, de constatar que no nos rodean matojos lacerantes como los que protegían el castillo de la Bella Durmiente. Las zapatillas rosa chicle se revelan tan poco aptas para mantenerse en pie sobre los pedales, como para hacer trekking sobre cantos rodados, por tener una suela demasiado blanda. Tomo nota para la próxima.

Un ayudante espontáneo

Un ayudante espontáneo en uno de los pocos repechos asfaltados que encontramos antes de llegar a la pista

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Al cabo de dos horas de penoso avance… El abismo.

La “metáfora” de las manos cruzadas sobre el pecho resultó ser tan gráfica como la de los leones. La pista se encuentra derruida, seguramente por las últimas inundaciones, o quizás por las de hace un par de años.

¿Qué hacemos?

Antonio busca con el gps el punto donde nos hemos desviado. Sin éxito. Tras media hora de rastreo infrutuoso acarreando las bicis, incluso campo a través, volvemos a encontrarnos, de nuevo, frente al mismo abismo, en un punto más elevado que el anterior.

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López propone regresar.

La perspectiva de deshacer tal Via crucis me resulta todavía más dramática que nuestra situación actual. Resistiéndome, escalo con pies y manos la distancia que nos separa del lugar por el que sospecho, transcurre una carretera, dado que se ven algunas casas y tendido eléctrico.

Efectivamente, a pocos metros cuesta arriba transcurre nuestra salvación.

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Cargamos las bicicletas sin equipaje como podemos hasta allí y, tras recobrar resuello bajo la sombra de una caseta, nos encaminamos, en un serpenteante descenso, siempre entre piedras y cauces horadados por el agua corriendo sin freno, hasta el pueblo con el desenfadado y poético nombre de Chinti.

 

 

 

 

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2 pensamientos en “Leones con piel de cordero

  1. ¡Pues no está nada mal para empezar, oye…! Fíjate que llegaste de Asia pensando si usar o no gps y mira… lo usas y te mete en un bollo 🙂

    La curiosidad me puede; ¿esas alforjas están diseñadas para cerrar de esa manera o es que tú eres así de original?

  2. Hola Cucho, ¿si ves? Yo intento darle la oportunidad a la tecnología, pero no se deja 😉

    Las alforjas son las clásicas Orlieb a prueba de agua y si, aunque parezca un primoroso lazo de inspiración japonesa se cierran así: enrollando ambas solapas hacia un lado y luego cerrando el enganche. ¡Un día que hagamoas algún viajecito por España te las muestro! 😀

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