Carritos desbordantes


Por doquier vemos señores vestidos con dos toallas blancas: una en torno a la cintura a modo de falda y otra sobre los hombres sujeta, en la mayoría de los casos, con un imperdible. Las hay con diferentes diseños -más gruesas, más finas, con cuadritos en relieve o completamente lisas-, pero todas tienen algo en común. Son, en el sentido estricto de la palabra, toallas.

¿Habrá un baño turco en el aeropuerto de Estambul? ¿Les habrán robado sus pertenencias y se trata de la solución de emergencia ofrecida por la aerolínea? Me dirijo a dos de ellos para ratificarlo.

Son musulmanes que van de peregrinación a la Meca. A mi mente asoma el recuerdo de una foto de mis abuelos, que adorna nuestro salón, con la misma vestimenta, si bien la suya era de lino mil veces más fresco y elegante, pese a su sencillez. Mi abuela está tocada de su inseparable velo, asimismo blanco. Los tiempos cambian, ciertamente. Y no necesariamente para bien, en lo que a los atuendos religiosos se refiere. Aunque, pensándolo bien, incluso la pesada toalla sigue siendo más fresquita que el consabido pantalón y camiseta, debido a que el aire puede circular por todos los rincones, incluso yendo discretamente cubierto.

Mientras nos dirijimos a la pantalla para comprobar puerta y hora de embarque una voz femenina indica por megafonía que nuestro vuelo se encuentra “ready for departure”, es decir, listo para despegar. Iniciamos un breve debate:

Raquel:  -No puede ser, seguro que no dice Tiblisi, lo estáis oyendo mal-.

Antonio: -Si, si dice Tiblisi-.

Yamila: -Psssssssst ¡Que no oigo nada, carajo!-.

A lo lejos, ocupando amplias secciones del, a su vez, amplio pasillo, se divisan un par de decenas de peregrinos con toallas acompañados de mujeres de todas las edades, la mayoría superando los 80, vestidas de negro riguroso hasta los pies, acompañadas de algunas niñas, con lazos en el pelo, que se disponen a subir un carrito hasta los bordes de maletas de todos los tamaños y colores, por la estrecha escalera mecánica por la que tenemos que bajar.

Las integrantes del corrillo de chilabas y velos que sujeta, como puede, el oscilante y peligrosamente inclinado carrito, y las maletas que caen de él, miran un tanto apuradas al trío de europeos que avanza al galope hacia ellas, embutidos en ropa deportiva, adornados con dicretas bolsas delanteras de bicicleta que apenas superan el par de kilos, deseando poder volatilizarse. Nuestra sonrisa tranquilizadora logra que saquen el carro y logren apartarse en tiempo record y que podamos alcanzar nuestro avión.

El vuelo hasta Tiblisi dura un santiamén: exactamente el tiempo que tardamos en despegar, hacerme con una fila de tres asientos para tumbarme apenas apagan la luz del cinturón obligatorio y apoyar la cabeza sobre una pila de seis revistas con productos del Duty Free que hace las veces de almohada cerrando los ojos.

Aterrizamos. Son las tres de la mañana.

El equipaje llega perfectamente. A la salida varios taxistas se pelean para ser aquél que nos peguen el sablazo que corresponde a tres pardillos con cajas enormes, con las agravantes de nocturnidad, lejanía y desconocimiento.

Por fin, comienza nuestro viaje, nuestra aventura tras los pasos del Politburó.

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6 pensamientos en “Carritos desbordantes

  1. Fiona! Eres un genio. De donde sacar tiempo para escribir continuamente, despues del cansancio y el agotamiento? ……………………y es tan bonito lo que escribes!
    Adios viajera perenne! Antes de irte a Colombia: imprescindible vernos.

  2. Buena suerte!

    … y como se ve desde el primer instante este viaje no estará exento (afortunadamente) del surrealismo battusiano que caracteriza esta narración 😀

  3. Pues sí. Aunque hay muchas cosas que cambiarán en los próximos días, u horas… Eso parece ese aspecto quedará igual…

    … Genio y figura, ya lo dice el refrán 😉

    ¡Gracias, Diego!

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