Las bicicletas son para el verano


Como Raquel y Antonio no salieron en los capítulos sobre Asia, dado que tuvieron que anular aquel viaje por motivos familiares, decidieron resarcirse entrando en el universo de Ms. Battuta por la puerta grande.

La pareja con la que me adentraré en los parque naturales de Georgia, hasta reunirnos con el resto de la expedición en la frontera con Armenia, ambas ex-repúblicas soviéticas, sale de su casa, en la otra punta de Madrid, con treinta minutos de retraso respecto de la hora a la que tenemos previsto encontrarnos en el aeropuerto. 

Como vamos con el tiempo muy justo me dirijo a los mostradores de Pegasus Airways para informar de que están en camino, advertir que embarcaremos por los pelos, y solicitar además nos dejen sitio en la bodega porque llevamos tres enormes cajas que contienen sendas bicicletas.

Por un momento me imagino emprendiendo mi segunda aventura en solitario, esta vez con la exclusiva compañía de América del Sur, mi alforja favorita, abrazada a la altura del pecho, y sin Milady, que se encuentra en el maletero de su coche desde ayer por la noche, que vinieron a recogerla. Antes, entre mi madre y yo, le quitamos los pedales; desmontamos, con mucho esfuerzo el manillar, ya que los tornillos acumulan tanto óxido desde la experiencia asiática que casi parto la llave Allen -y mi muñeca- para soltarlos; deshinchamos las ruedas y sacamos la delantera. Todo ello con objeto de introducirla en una caja de dimensiones reducidas para su envergadura que conseguí a última hora, en uno de los ataques de buena suerte que me caracterizan, después de que mi proveedor habitual me reservara una para bicicleta estática donde hubiera cabido únicamente serrándola por la mitad, como hacen los magos con la chica en sus espectáculos con fondo negro y telón de terciopelo rojo.

No sé si me olvidé de la mitad de las cosas, pero el caso es que mi equipaje abulta menos que en la última ocasión, después de las sucesivas cribas camboyanas, incluso llevando ropa de abrigo y para el agua, ya que nos dirigimos a las montañas. Además, la inquietud, más o menos intensa dependiendo del destino y las condiciones del terreno, que siempre me acompaña antes de subirme al avión, es exclusivamente mía. Desde que comuniqué a mis padres mi intención de unirme al viaje de verano de mis amigos, todo ha sido apoyo y confianza, junto con el expresado deseo de que me cuide mucho y que disfrute todavía más.

Me despido de mi madre con un fuerte abrazo en la boca del metro; mi padre y Linda siguen de vacaciones entre naranjos junto al mar, en Valencia.

La aventura comienza desde ese instante: una vez en el descansillo de la estación que me vio nacer, tengo serias dificultades para recordar el camino hacia el aeropuerto. Un fogonazo encamina mis pasos hacia la derecha, fogonazo que me lleva a bajarme en la parada incorrecta, de lo que, por suerte, me doy cuenta a tiempo. En concreto cuando veo por el rabillo del ojo un cartel de la línea que tengo que transitar, señalizada con un rosado más claro que aquella a la que me dirijo.

Por fin, tras una espera en el que acabo prácticamente con todas mis viandas para un largo vuelo low cost en el que no se ofrecen almuerzos, aparecen mis compañeros.

Tras vaciar el vehículo en una isleta en la que está prohibido aparcar, me dirijo con el carrito cargado con dos cajas de bicicleta, seis alforjas y varias bolsas de mano, esquivando un flujo de pasajeros propio de España en el mes de julio, y sin apenas visibilidad, hacia la fila. Raquel me sigue arrastrando a Milady en su respectivo empaque por el terminal. Antonio sube de nuevo al coche y se va en él al pueblo aledaño de Barajas, donde su compañero de cuatro ruedas los esperará el tiempo que estén fuera.

Para ser el pueblo aledaño Antonio se retrasa, sin embargo, demasiado. La excusa que da Raquel justificando su ausencia a la hora de presentar los pasaportes -“está en el baño”- hace tiempo que dio pie a pensar que sufre de descomposición intestinal severa, o que se coló por el WC.

A la hora en que tendríamos que estar embarcando -si no fuera porque el vuelo lleva retraso- aparece Antonio, cuya habitual calma apenas deja entrever que se encuentra al borde del infarto. Se confundió hasta en dos ocasiones del desvío, de manera que llegó hasta la plaza de toros de las Ventas y, en la segunda ocasión, incluso hasta la población de Coslada, por lo que casi le hubiera salido a cuenta dejar el coche en el garaje de su casa y regresar en taxi.

Cuando nos dirigimos a la puerta de embarque nos informan de que el vuelo sufrirá un retraso todavía mayor debido a que va a ser registrado de arriba a abajo por varios Guardias civiles y policías con perros antinarcóticos y antiexplosivos.

Una hora más tarde me encuentro, por fin, escribiendo repachingada en un asiento de clase turista, mirando de reojo la revista Men’s Health de mi vecino de silla, e intentando enterarme de cuáles son los ocho trucos para tener más sexo que contiene, en un vuelo con destino a Estambul.

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Ya veremos, no obstante, si logramos alcanzar nuestro destino final, Tiblisi, dado que consumimos el tiempo del trasbordo turco comiendo y paseando por las tiendas de Duty Free madrileño, aunque no pudiéramos comprar nada, ya que luego lo tendríamos que cargar en las alforjas durante un mes. También espero volver a reencontrarme con Milady. Me confundí de hotel y puse otra dirección en todas las etiquetas del equipaje: si no diera tiempo al personal en Estambul a meterlo en el siguiente vuelo emplearemos nuestro primer día de las vacaciones a recorrer la capital de Georgia en su búsqueda… 

1983 Las bicicletas son para el verano (esp) (lc) 01

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