Genio y figura

Nos conocimos a finales de 2012, recién llegada a Bogotá, en la piscina del hotel de la Ópera.

Desde ese momento, el que iba a convertirse en uno de mis grandes amigos y una de las personas que más admiré, me ayudó a instalarme en mi nuevo hogar en este país cuando mi madre regresó a España, compartimos cenas, almuerzos -que, por mucho que insistiera, nunca me dejó pagar-, risas y excursiones en una de las cuales, regresando de los Llanos orientales, recogimos a Linda, mi perra (aquí). Escuchó mis sueños, mis miedos, mis quejas y mis quebraderos de cabeza por esa misma perra de la que fungió como padre, con todo su amor y su paciencia, que eran enormes. Me acogió en su casa en diversas ocasiones en los años venideros; cuidó mis plantas, y dejó que los muebles que compramos juntos en el mercado de las pulgas frente a la Torre Colpatria acompañaran a los suyos mientras estuve viajando por Asia en bicicleta (como él también hiciera). Me abrió las puertas a la Colombia indígena, a la Colombia ecológica y vegetariana, y a la de la exclusión social, que él combatía igual que Gandhi: sonriendo y ayudando.

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Mientras Óscar, con una kipa sobre la cabeza, acude en nombre de Linda, mi madre, mío y suyo propio, al velatorio que tiene lugar en la sinagoga de Bogotá, yo me despido de él igual que lo conocí: en el agua. Sigue leyendo

¡¡¡Libro a la vista!!!

Sábado de puente en Bogotá, el reloj del móvil marca las ocho de la mañana, un cielo estremecedoramente gris planea sobre nuestras cabezas.

Al igual que ocurriera cuando, al aceptar mi tía y su familia quedarse con Linda unos meses, se abieron las puertas de mi viaje a Asia; tan insigne personaje, percibiendo mi excitación, alterna los saltos y aullidos en torno a mí moviendo vigorosamente la cola, con su actividad favorita de echarse al piso, en su postura de “manos arriba esto es un atraco”, para que la acaricie.

Con voz algo trémula por el llanto contenido, canto, con -casi- toda la fuerza de mis pulmones (tengo vecinos), y bailo, igualmente dando saltos, en el salón, esta canción que ya les pusiera, hace muchos meses, desde un cobertizo de madera en algún rincón de Camboya:

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