Paseo millonario


El taxi que cojo en la noche, en mitad de la autopista, me deja en mi casa donde me recibe mi perra -vestida con una camiseta y sosteniendo entre las fauces un juguete nuevo-, a punto de perder la cola por la emoción de verme tras unos días de ausencia.

No tengo celular, mi camiseta huele a orines de pollo mezclados con sudor, el pantalón del pijama que llevo puesto, a uchuva podrida. Mi otro pantalón, el de North Face, junto con el dinero que llevaba, se encuentra desaparecido. Cojeo, tengo morados por diferentes partes de mi cuerpo, que me duele como si me hubiera pasado un camión por encima, y esta experiencia podría costarme el divorcio.

¿Cómo regresa a su casa en tan lamentable estado una excursionista que sale de su casa dispuesta a realizar un inolvidable paseo en la naturaleza?

Les cuento mi terrible historia desde el principio de los tiempos:

Mi amigo Jorge Bela (autor del blog “Que pena con usted“) hace tiempo soñaba con una de las caminatas más épicas, más hermosas, más salvajes, más variadas y con mayor valor simbólico que se pueden hacer en Colombia: subir hasta el páramo desde el pueblo de Fomeque, territorio de frío, agua, niebla, musgo y frailejones por encima de los 4000 metros de altitud, para descender a pie, atravesando todos los pisos térmicos, hasta Villavicencio, capital de los Llanos orientales, a 500 metros sobre el nivel del mar, otrora los dominios de Linda: tierra de atardeceres mágicos, insectos como puños, e inconmensurables horizontes de pasto sembrado de vacas, garzas, lenguas de agua que transcurren, perezosas, por cauces semisecos, y árboles con perfil africano.

paseo millonario

La ocasión se presenta cuando llega al país un grupo de periodistas y blogueros ingleses y alemanes, especializados en viajes y/o material de montaña, con objeto de probar la más avanzada tecnología textil contra el frío y la lluvia de la mano de la empresa inglesa Páramo, precisamente en el ecosistema que le da nombre, así como escribir sobre la experiencia.

Lo especial -y beneficioso para su imagen externa- de la visita hace que el acceso a las zonas más recónditas de Chingaza se abra para nosotros: Carlos, el director de Caminantes del Retorno; Miller León, el guía local; así como los siete turistas extranjeros, junto con los tres amigos de Carlos, que fungimos de ayudantes e intérpretes del grupo, con objeto de justificar nuestra presencia en una zona por lo demás transitada exclusivamente por funcionarios de Parques Naturales.

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Aunque tanto Jessica como Linda preferían que me quedara con ellos -en realidad Linda prefería venir, pero ni siquiera con autorización se permite a los perros asomar el hocico-, se congracian con la idea de irse a la finca a comer asado, mientras yo me adentro, con la mochila a la espalda, en uno de los ecosistemas más frágiles, hostiles y protegidos de la tierra.

Debido a mi alergia al peso, así como a la falta de confianza en mis aptitudes físicas, reduzco su contenido al máximo: no llevo ropa para cambiarme o calzado de repuesto, nada con lo que preparar una comida caliente, ni siquiera colchoneta.

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-Eres una loca- declara mi amigo Jorge.

Desde la laguna de Chingaza ascendemos por lo que a duras penas recibe el calificativo de sendero. Tanto el paisaje como la falta de oxígeno quitan el aliento y ayudan a que, con personas que no están acostumbradas a esta altura, no vaya la última, como es tradición.

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Tenemos intervalos de nubes, más o menos grises y espesas, con ráfagas de viento, lluvia, e incluso una brevísima visita del astro rey que saluda tímidamente entre la neblina. Tras más de cinco horas de ascenso más o menos pronunciado, inciamos la dinámica contraria por la ladera en dirección al refugio de madera donde pernocta la gente de Parques que nos acompaña-escolta-vigila cuando se encuentra de expedición.

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Los dos acompañantes del grupo cometemos el mismo error, nos olvidamos de llevar agua. Por suerte el agua del páramo es una de las más puras del planeta

Los dos “guías” descendientes de los conquistadores cometemos el mismo error: nos olvidamos de llevar agua. Por suerte la del páramo es la más pura del planeta. Foto: Jorge Bela

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Mientras nuestros conciudadanos europeos parlotean acerca de las prestaciones de las prendas que ponen a prueba, intercambiando consejos acerca de material de último modelo, preocupados de si sus botas aguantarán el envite, Jorge y yo avanzamos metiéndonos hasta los tobillos en los charcos: las nuestras hace ya muchos lustros que perdieron el goretex, por lo que llevamos los pies empapados. Por otra parte, gracias a la experiencia colombiana, nuestras cabezas hace tiempo que también se liberaron de la ficcion de seguridad, propiamente “primermundista” de doblegar a los elementos, así como de la necesidad de tener material de altos estándares que te proteja del medio para poder adentrarse en la naturaleza.

Resbalando por la piedras cubiertas de musgo, hundiéndonos en la vegetación y torciéndonos los tobillos, que quedan atrapados entre oscuros huecos de agua cada vez más fría, nos alcanza la noche. Truenos se escuchan cada vez más cerca y tenues rayos se vislumbran en el horizonte.

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Tenemos una tormenta acechándonos.

En silencio, sudando por el esfuerzo -pese a una temperatura externa en dramático descenso- y en absoluta concentración, para no abrirnos la cabeza, caminamos durante hora y media alumbrados por nuestros frontales hasta llegar al refugio antes de que comience a diluviar:

Me quito el pantalón de agua embarrado para descubrir que la ropa debajo se encuentra prácticamente seca; la única mujer funcionaria de parques que nos acompaña me presta unas zapatillas que tiene de sobra a la vista de que, por no llevar, no llevo ni unas tristes chancletas para cambiarme; y descubro una sencillas colchonetas de paja sobre la que extender mi saco de dormir. Además varios de mis compañeros llevan una estufa para cocinar.

Soy la persona con más suerte de la tierra, dice mi amigo Jorge… Y tiene toda razón.

A la mañana siguiente, escurrimos los calcetines con objeto de reducir la sensación de mar con oleaje al ponernos las botas.

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Con los dedos de los pies entumecidos chapoteamos por el lodo pegándonos alguna que otra costalada que nos hace parecer títeres en el aire, entre una exhuberante vegetación propia de bosque húmedo tropical, hacia San Juanito.

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Se trata de una población que, hace apenas unos años 1) estaba tomada por la guerrilla, si bien ahora es un tranquilo y carismático pueblo colombiano que, sin embargo, muy rara vez recibe visitantes; y 2) era accesible únicamente por el camino, cada vez más ancho y visible, por el que descendemos… O en avioneta.

Hasta que los vecinos, hartos de pagar la cerveza a precio de viño añejo reserva del 89, se hicieron con una excavadora y, bajo la dirección del hombre más lúcido del pueblo en asuntos de cálculos, arramplaron con el bosque en línea recta con objeto de construir la carretera que los comunicara con el resto del mundo.

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BeFunky_IMG_1621.jpg II

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Y ese hombre guarda un sorprendente parecido con nuestro compañero Fernando…

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Y con Gandalf, de El Señor de los Anillos.

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Nuestro cuarto

Nuestro cuarto donde descansar a la llegada

Continuará.

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