Un círculo que se cierra


Comienzo el año en una autopista desierta de la sabana cundiboyacense cogiendo el primer bus azul del SITP de mi vida que me lleva, milagrosamente, directa a mi destino a buscar a Linda: el barrio de Galerías. Voy sentada la media hora larga que dura el viaje viendo pasar cierres de aluminio, grafitis, casitas bajas con rejas en las ventanas, algún patinador, algún ciclista, vidrios rotos de las paradas de autobús, perros callejeros escarbando en montoneras de basura sobre algunos pedazos de verde; acompañada por un puñado de personas que, ese 1° de enero de 2015, tienen que trabajar.

Hace un sol radiante y Bogotá está dormida.

Cualquier habitante de esta -a veces inhumana- ciudad se dará cuenta de que se trata del mejor de los augurios para este 2015.

Y ¿cómo llegué a recibir el año en estas circunstancias? Se preguntarán mis lectores en estos momentos.

Les cuento mi terrible historia desde el principio de los tiempos (Manolito Gafotas dixit)…

Jessica -recuerden que se trata de un pseudónimo-, con quien comparto mi vida desde hace casi 4 meses, me invitó a pasar el Fin de Año con sus padres, que vinieron unos días de EEUU de visita, con el siguiente programa: ver televisión, brindis en el momento crucial, hacer puzzles hasta el amanecer o, alternativamente, irse a la cama.

Para una española que, por convicciones ideológicas, jamás tuvo un televisor; socializada en comerse doce uvas a medianoche acompañada por los numerosos miembros de su clan vociferante en casa -o por unos cuantos cientos de miles de conciudadanos en la Puerta del Sol-; y para quien su mayor ilusión es recibir el año bailando; la perspectiva es, cuando menos, aterradora.

Por eso, cuando mi amigo Carlos me invita a celebrar con su familia y amigos cerca de Cali y, de paso, visitar la famosa Feria de esta ciudad que, durante 5 días, se convierte en la capital mundial de la salsa, lo dudo sólo un instante: mi madre se fué el día anterior y estoy agotada tras las últimas semanas de viaje; compraría el billete y volaría en cuestión de horas; tendría que encontrar alojamiento para Linda; y estoy criando pulgas en casa con las que debería acabar cuanto antes.

Aun así acepto.

Fumigo la casa por octava vez, en esta ocasión con un producto para matar garrapatas en ganado bovino, recomendado por el veterinario de Linda que, a su vez, pasa a recogerla temprano para tenerla esos días en su casa.

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Entonces es cuando el plan, por diferentes motivos, comienza a hacer aguas para, finalmente, olvidarlo por completo.

Se trata del viaje más rápido de mi vida; un viaje relámpago. Apenas salí para Cali en mis pensamientos y ya regresé…

Siento el impulso de salir corriendo tras el carro que se lleva a Linda pero me contengo y me lo tomo como un día de descanso integral, así como un “entranamiento” para ella para cuando me vaya de vacaciones ahora en unas semanas, y no la pueda llevar. En menos de 12 horas me quedo sin mi madre y sin mi perra, de las que no me despegué ni para dormir en el último mes y medio.

Me siento extrañísima…

Tiene que haber más gente en mi situación en Bogotá -me digo- mientras entro en la página de Couchsurfing, pensando que, sin embargo, también tendría su encanto pasar una Nochevieja sola con mi perrita, cenando rico, escribiendo y contemplando las luces de Bogotá desde nuestro nuevo apartamento.

Efectivamente, hay un grupo de extranjeros que planea pasar la noche bailando en Candelario: ¡¡¡Me apunto!!!

La mañana del 31 de diciembre constato que el exterminio de las pulgas quedó, una vez más, en grado de tentativa. Dispuesta a aprovechar mi última oportunidad de comenzar el año con una sola mascota en la casa, busco por internet un exterminador más profesional que la mezcla entre apicultor, integrista islámico y estudiante de la Universidad Nacional que entró en acción el día anterior.

Todos los consultados me dicen que en un par de horas puedo regresar a la casa… Es, simplemente, perfecto: puedo dar un largo paseo con Linda, sentarme con ella a escribir en un café al aire libre, dormir una gran siesta, cocinarnos algo rico, arreglarme, e ir por la noche a bailar al centro. Me emociono sólo de pensarlo.

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Giovanni y yo fumigamos alfombras, levantamos las camas, giramos colchones, abrimos armarios y, en plena faena me dice que, en realidad, sería mejor si Linda y yo no regresáramos hasta el día siguiente. No le doy mucha importancia concentrada, como estoy, en no dejar ni un resquicio sin veneno.

Me preocupa más que pueda quedar alguna pulga en mi ropa.

-Pues la fumigo a ud. también, si quiere-.

-¿Se puede?-.

-Pues claro-.

Entonces es cuando reproducimos la escena de Carmen Maura en la Ley del Deseo:

Pero, igual que ocurrió con la estimación del tiempo, a la hora de la verdad también se echa para atrás: -en realidad, si quiere que fumigue su ropa es mejor que se la quite-.

Y así es como acabé el año haciendo un streptease y arrojando mis prendas a un perfecto desconocido vestido de astronauta que las recibe en el salón.

Salgo de casa con lo primero que pillo que pueda encontrarse menos rociado, el computador en una bolsa de plástico, y los productos que tengo que aplicarle a Linda -para asegurarme de ella también regresa libre de pulgas- en el bolsillo.

Abandonamos la casa a la una del mediodía. Paseamos durante una hora. Escribo en un café dos horas más. Compro unas uvas para comérmelas, no sé todavía dónde ni en qué circunstancias, frente a algún reloj a medianoche. Le regalo la mitad a una habitante de la calle con la que me cruzo para que ella reciba también bien el año. Empiezo a sentir sueño y tengo ganas de regesar al apartamento. Además el sol comienza a caer y tengo frío. Y hambre. Y no me reciben en ningún restaurante con Linda si no es la terraza. Ella, por su parte, está feliz de vagar juntas por Bogotá: desde que, en menos de 24 horas, se quedó sin abuelita y pasó la noche en casa del veterinario, me quiere todavía más que antes si cabe, me lame las manos constantemente y no se despega, literalmente, de mi lado.

Todavía quiero hacer algo de tiempo antes de regresar, por lo que tengo que volver para abrigarme…

Al abrir me recibe una nube tóxica. En ese momento me apercibo por completo de las consecuencias de esa frase casual del fumigador… Si quiero que el veneno haga efecto no debería ventilar todavía, y si no ventilo nos axfisiamos, por lo que necesitamos un lugar donde pasar la noche.

Dejo el computador junto con las uvas sobre la mesa y salgo corriendo.

Sentada en el restaurante -algo triste y sorprendida de encontrarme despidiendo el año de manera surrealista, incluso encontrándome en mi ciudad de residencia, con mi casa a escasos pasos; y no en la Camboya profunda, vestida de princesa, con 24 camboyanos (aquí)- barajo mis opciones:

Prácticamente todos mis amigos están con sus familias fuera de la ciudad. Ya no son horas de preguntar a los que quedan si puedo unirme a su fiesta. En pocos minutos se irá el sol y estar en la calle, donde incluso en horas del día no se ven más que indigentes -dado que todo el mundo se encuentra reunido con sus familias- pasará a ser algo entre desapacible y peligroso.

Puedo dejar a Linda durmiendo en la terraza e irme al centro al encuentro del resto de extranjeros -y del nuevo año- sin ducharme, con las zapatillas de correr y con una camiseta vieja. Pero también fumigamos esa zona… Puedo buscar un hotel para esta noche, pero no tengo internet ni ganas de buscarlo.

Algo asustada llamo a Jessica que me dice, muy contento con el giro de los acontecimientos, que me vaya a su casa donde, sin embargo, Linda tiene estrictamente vedado el acceso por parte de las instancias superiores.

Mientras busco alternativas donde ubicar a Linda a escasas horas de una de las celebraciones familiares más importantes del año me encamino hacia Galerías, barrio que cuenta con un locutorio desde el que hacer llamadas internacionales donde quiero llegar antes de que se haga de noche, aunque ello suponga felicitar el año en España antes de tiempo.

Allí está la casa de los padres de Dani. Me gustaría verlos y darles un abrazo en este día tan raro, pero el papá me dijo que, si quería celebrar con ellos, tenía que avisarles a más tardar en la mañana, porque luego se iban.

Al pasar frente a su puerta Linda se dirige, como siempre, trotando hacia allá.

-Venga bonita- le digo con voz algo temblorosa -que no hay nadie…-.

Linda se mantiene firme junto a la puerta moviendo la cola cada vez más rápido. Es raro que no haga caso. Será que no me oyó, o…

… Golpeo y veo aparecer la cara de la mamá de Dani tras el vidrio de la tienda. Se trata de la mayor alegría del día. Además Linda puede pasar la noche en su casa aunque ellos no estén: el agradecimiento no me cabe en el pecho.

Intento llamar a Madrid sin éxito… Casi mejor, si cuento a mis padres cómo va el día quizás les altere la entrada en el nuevo año.

Entro en el único supermercado abierto en torno al cual se agolpan compradores, vendedores ambulantes y mendigos de última hora, para conseguir una improvisada cena de Nochevieja canina -medio kilo de carme picada-, dejando a Linda al cuidado de un saxofonista. No encuentro uvas para él, por lo que le compro un paquete de M&M para que se tome uno con cada campañada del reloj a las doce en punto y reciba, igual que la señora, el año a la española.

A mi regreso me encuentro con que mi familia bogotana sintonizó la TV de mi país y, frente a mis ojos, aparece la Puerta del Sol, con mis compatriotas bailando y saltando, tocados de pelucas de colores, gafas de plástico y matasuegras, todos y cada uno de ellos con sus doce uvas en la mano.

Mi mente vaga hacia las mías, que se encuentran absorbiendo veneno en la casa….

¡Quedan 3 minutos para despedir el año en España!

Corriendo -con Linda, que ya sospecha el desenlace del día, tras de mí- me dirijo a la nevera a la búsqueda de algo con lo que improvisar: arepas, queso campesino, una papaya gigante y…

¡¡¡Ciruelas!!!

Corriendo, de nuevo, y gritndo cual orangután de la emoción regreso al cuarto de los padres, nos echamos riendo en la cama y les explico el procedimiento, las campanadas iniciales y luego las campanadas de verdad.

En ese momento me llama Jessica: sus padres, a los que no conozco, y él ya me esperan en la puerta.

Antes de tiempo comenzamos a engullir las ciruelas: entre los nervios y que hace mucho que no celebro en España me olvido de los cuartos…

Con la boca llena y la lágrima asomando al borde del ojo nos abrazamos, nos deseamos lo mejor para el nuevo año, me acuerdo de la gente que quiero que ya está en 2015 y, dando a Linda -que se queda maldiciendo las fiestas navideñas- una palmada en la cabeza, salgo corriendo rumbo a mi segundo Fin de Año… El que el destino, por muchas vueltas que diera, me tenía reservado.

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