La erótica de lo penal


Olor a acacias en flor, aire cálido y voluptuosidad… Esos son mis recuerdos de mi primera llegada a Cali. En este segundo viaje, sin embargo, no me siento nada sexy: en pocas semanas el color tostado que traía de España pasó a ser un recuerdo, la gripe se me complicó y tengo dolor en el pecho, una tremendo congestión y lo único que quiero es meterme en la cama.

Con 5 días por delante en la “sucursal del cielo” lo que más me apetece es regresar a casa en cuanto termine mi conferencia, deseo alimentado por la perspectiva de que Linda pueda fugarse en mi ausencia ir a mi búsqueda, como Marco con su mamá. Me tranquilizo al respecto pensando que, si mis compañeros tienen dos dedos de frente, seguirán mis indicaciones y no la soltarán la correa. La pobre no pasará los días más divertidos de su vida, pero es un mal asumible si la opción es acabar bajo las ruedas de una buseta.

Como de costumbre me recibe una habitación inmaculada, funcional, y algo fría -pese a los intentos de conferirle calidez en forma de cuadros sin marco de colibrís libando de chillonas flores conformadas por amplios trazos de pintura-, y unos dulces acompañados de una tarjeta dándome la bienvenida al evento de turno.

Me bastan apenas segundos para darle a ese espacio mi toque “personal”: la ropa de Bogotá que, en tierra caliente, resulta de lo más improcedente, por el suelo; la ropa veraniega esparcida por todas las superficies; y la bolsa de plástico que contiene los pocos cosméticos que me acompañan, en el baño. La visión del tenedor que uso como peine desde que sacrificara el mío para limpiar a Linda de barro, y que nunca me acuerdo de reponer, me hace sacudir la cabeza: ¡menos mal que los organizadores no entran en mi cuarto!

Me dirijo a la tienda de la esquina y adquiero té, miel y Vicksvaporub: más o menos lo último que cuadra con el cálido, desenfadado y colorista ambiente tropical. Necesito conseguir un balde para hacer mis inhalaciones. Llamo a recepción un número de veces superior a 5 e inferior a 10… Doctora por aquí, doctora por allá, pero nadie me entiende, a la vista de lo cual decido bajar en pijama a recepción a solventar el asunto de primera mano. Los recepcionistas me ven pasar derecha hacia la cocina tan rauda que no tienen tiempo de interceptarme. Allá me encuentro con una menuda mujer cuyas carnes desafían la ley de la gravedad. Tras el desconciento inicial de ver a la doctora española pálida y con ojos febriles en la puerta, me devuelve la sonrisa con otra digna de anuncio de clínica dental, particularmente llamativa sobre su piel oscura, ante lo cual entro y le digo “madrecita, ¿Cómo estás? ¿Cuál es tu nombre? Necesito que me colabores con una cosita”.

Desde entonces Carmen me prepara una palangana caliente que se encarga de que me suban cuando llamo a recepción; me saluda, igualmente por mi nombre, cada vez que me ve aparecer; y me pone raciones de comida pantagruélicas.

Gracias a ella -y a 15 horas de sueño- el día de mi intervención puedo tenerme en pie… Y hablar a una audiencia de cientos de personas sobre algunos aspectos penales del proceso de paz en Colombia en la sala del Pleno del Concejo de Cali.

Caras visiblemente interesadas se intercalan con otras que miran embebidas los celulares. A la salida los estudiantes nos abordan a mí y a la profesora argentina para tomarse fotos con nosotras. Se trata de un fenómeno, a mis ojos, extraño que, en mi opinión, responde al morbo que produce escuchar a hablar a una mujer sobre los aspectos más sórdidos de la existencia humana y la vida en sociedad en un mundo de hombres… A lo que se añade el acento diferente, que confiere un plus de exotismo.

 Uniandes

Las audiencias se enloquecen, por otra parte, con algunos profesores míticos que hacen las veces de eruditos a la par que de rockstars en esta clase de eventos multitudinarios. En Latinoamérica el fenómeno llega a tomar tintes surrealistas acentuados por el choque cultural cuando los interfectos son europeos.

En una ocasión mi profesor alemán hablaba ante cientos de personas en Perú. Al concluir la gente hacía fila para tocarlo -en la forma de estrecharle la mano- y fotografiarse con él. Entonces llega un estudiante extremadamente nervioso, quien, mirando hacia arriba -el profesor es particularmente alto y el interlocutor particularmente bajito- le pide, en un tono de voz apenas audible entre el gentío, su corbata.

-¿Cómo dice?- le pregunta al estudiante, inclinándose hacia él con cara de desconcierto ante lo que cree estar entendiendo, buscando quien le traduzca.

El chico señala de nuevo tímidamente la corbata y murmura algo así como que lo admira muchísimo y quiere tener un recuerdo suyo.

Finalmente el profesor entiende, comienza a agitar los brazos visiblemente nervioso y, buscando algo que pueda dejarle de recuerdo al muchacho, le entrega el pañuelo con el que acaba de limpiar sus gafas.

Esto no ocurre en los Congresos sobre obligaciones contractuales o Derecho mercantil; ni siquiera en los de Filosofía. La cara más dura del poder estatal repele y atrae en igual medida, al igual que los museos con instrumentos de tortura medievales… Sondeamos las fronteras del Derecho, nos ocupamos de los casos límite, las cuestiones cruciales que nos confrontan con las bases de nuestro sistema social:

¿Por qué unos seres humanos se arrogan el derecho de meter a otros entre rejas (o incluso de ejecutarlos)? ¿Cuándo puede un Estado o un pueblo actuar esgrimiendo la legítima defensa? ¿Debería legalizarse el consumo de drogas? ¿Se justifica torturar a un terrorista que sabe donde está una bomba a punto de estallar para obtener la información necesaria para desactivarla? ¿O derribar un avión en pleno vuelo que va a utilizarse como arma? Para los que digan que sí: ¿estarían dispuestos a afirmar que está igualmente justificado matar a una persona para salvar la vida de varios enfermos que recibirán sus órganos?

Desde luego, más apasionante que los requisitos del contrato de leasing.

Por mi parte, cada vez que tengo un Congreso, sufro el mismo proceso: inicialmente me hace ilusión que me inviten; a continuación, la pereza de preparar la intervención, unida a la certeza de que tales eventos no aportan nada desde el punto de vista formativo me llevan a arrepentirme de haber aceptado. Una vez allí acabo ratificándome en que…

… En este mundo de la Academia hay estudiantes que se sienten la élite del género humano por dedicarse al Derecho. De entre ellos siempre hay un subgrupo que además te adula de manera tan grosera que a mí, que no soy en absoluto proclive a la violencia, me dan ganas de partearlos para enviarlos al otro extremo de la mesa. También se encuentran aquellos, generalmente ponentes -en un 99,9% de las ocasiones de género masculino- que no saben hablar más que de leyes: “hablar” en sentido literal, ya que la competencia auditiva de escuchar algo que no salga de sus bocas, se encuentra francamente infradesarrollada. Y no falta el sujeto gris, con un sentido del humor del siglo pasado, que se sienta a tu lado en la cena diciendo que elige ese puesto porque las mujeres son mucho más bonitas y la remata así: “Doctora, yo ya sabía que ud. iba a pedir penne”.

Por otra parte, siempre conozco a alguien que destila humanidad por debajo del doctorado, las publicaciones y los títulos. En estos contextos es cuando descubres que esa elegante profesora que parece tan seria, tiene muchas cosas que contar, una vez que descubre que detrás de mí se esconde, a su vez, una poco convencional académica de carne y hueso. O ves a tus compañeros de trabajo en traje de baño. O descubres que ese otro profesor es un apasionado de física o la música, que vibra con la salsa, y conoce los orígenes de todos los grupos del país.

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Abandono Cali un día antes de lo previsto dado que Jessica me invitó a una fiesta familiar en la que contrataron hasta mariachis, y no estoy dispuesta a perdérmela. A mi partida, Carmen y yo nos damos tremendo abrazo de despedida en su cocina; mi piel tiene un tono algo más saludable; mis pulmones ya no se sientes pesados; y llevo una nueva persona, mi colega argentina, en el corazón…

… Por lo demás el vuelo sale con más de 5 horas de retraso y de camino a Bogotá me entero de que la fiesta de mariachis fue el día anterior… Como ya llevo un tiempito en este país no me hago muchas preguntas: el plan pasa a ser tocar guitarra eléctrica y comer pizza a altas horas de la noche en casa, que tampoco está mal.

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