Palillos malditos


Desde que cogiera esos dos pares de palillos de bambú de un sencillo restaurante en las montañas de Sapa (Vietnam), la maldición se cernió sobre mí:

Su destinatario inicial era mi futuro novio de aquél entonces, Diego. Entonces soñaba con románticas cenas comiendo noodles al más puro estilo asiático -rememorando mi viaje-, con las ventanas abiertas de par en par en las tibias noches de primavera, saturadas de la fragancia de los árboles en flor, en su casa de Tres Cantos.

Pero esa historia se truncó antes de que tuviera tiempo de entregárselos.

Posteriormente, cuando Dani me preguntó qué le había traído de Asia, hice recuento de los objetos de los que hice acopio durante mi aventura: la hamaca, los palillos y el sombrero cónico que me acompañó por todo Vietnam, que le regalé a mi madre.

Como Dani ya tiene una hamaca y además le encanta cocinar, entre otras cosas, sushi, resolví que él era su destinatario natural.

Nunca hubiera imaginado que uno de mis amigos más queridos desde hace casi 4 años tampoco llegaría a recibirlos.

Por eso, cuando uno de estos días me encuentro con que Pecas los sacó de una caja situada sobre mi escritorio y los volvió astillas, añicos, pedazos -al igual que la depiladora de Kyra (por suerte sin cuchilla), las cucharas de madera de la cocina, un muñeco que me regaló mi hermana, mis botas favoritas, el casco de la bici, una pastilla de jabón, y, hasta en tres ocasiones, el sofá- sentí lástima, al pensar el largo camino que recorrieron -Asia, pasando por Europa, para acabar en un cubo de la basura americano-; y, también alivio.

Se acabó la maldición: ya no volveré a caer en la tentación de regalárselos a alguien especial para que, con sólo pensar en hacerlo, desaparezca de mi vida.

¡Gracias, Pecas!

Y ¿quién es mi bienhechora? Se preguntará todo el planeta en estos momentos…

Pecas es mi nueva compañera de piso, en concreto la compañera de piso cuadrúpeda de Linda. Los compañeros bípedos son Kyra y Charlie, una estadounidense y un inglés con los que convivimos desde hace unas semanas.

Con nuestro plan de viajar cada semana a alguna zona cálida del país, la casa de Lucía resultaba demasiado cara. Además acá nos encargamos de las dos perras entre todos…

… O eso pensaba yo, cuando decidí mudarme.

La realidad es que Charlie trabaja muchísimo y no está nunca en casa. Los paseos que hace con las perras nunca superan los 10 minutos. Pecas, que tiene una energía y unos músculos arrolladores, se pasa el día encerrada y, en casi 9 meses de vida, sus paseos se limitan al parque más cercano a la casa. Cuando Charlie desaparece detrás de la puerta, su perra va derecha a la cocina en busca de algo que destrozar; y los días que Kyra -que trabaja en casa- tiene que salir al banco o a comprar, las probabilidades de encontrar algún desmán hogareño se incrementan hasta el 100%.

Linda, muy solidaria, tampoco se queda atrás: mientras hago su adpatación entrando y saliendo de la casa varias veces para que vea que se trata de nuestro nuevo hogar, llega Charlie, quien se lleva a las dos al parque en mi ausencia.

Y las suelta…

Mi perra, para quien ese chico rubio y alto no deja de ser un extraño, aprovecha la ocasión para ejecutar otra de sus famosas fugas, e irse corriendo, esquivando busetas por las calles de Bogotá, en mi busca, causando, una vez más, una inolvidable primera impresión.

La encontró sentada frente a la puerta del edificio moviendo la cola. El pobre conserva el corazón de milagro… No podía saber que Linda encuentra su hogar aunque no lleve en él más que unas horas.

Pero volvamos a la protagonista de esta historia: Pecas, esa cachorra cuyo aspecto asusta a quien no la conoce.

Se acabaron los paseos tranquilos silbando con las manos en los bolsillos, con Linda trotando delante mío, deteniéndose ante los pasos de cebra, y girándose cada pocos metros para esperarme… En terreno desconocido, con una nueva manada, Pecas es un manojo de miedo, excitación y felicidad. Con las instrucciones que doy a Linda, aprende rápidamente a detenerse y a venir cuando la llamo, pero a la voz de “vamos”, me arrastra cual perro de trineo, para cruzar la calle en dos zancadas, viendo el mundo temblar ante mis ojos por el “efecto coctelera” a causa la velocidad.

Los primeros días de integrarla en nuestra rutina me expuse a los más diversos peligros: partirme un tobillo, arrancarme el brazo al cruzarse y luego desenrollarme de la correa de un tirón al más puro estilo salsero, dejarme los dientes en el suelo, estamparme contra una farola, partirme la tibia por encontrarme en su trayectoria de giro con tremenda rama en la boca, o sufrir un infarto… Esto último al descubrir que Pecas también es escapista, si bien especializada en la modalidad de soltarse el arnés.

También descubrí que Linda no es la única a la que le encanta el reto, la aventura, aprender, y superar sus miedos -en el caso de Pecas a las busetas, a los ruidos del cajero automático, y a subir al coche de Jessica-.

El vínculo más fuerte con ellos se crea cuando les abres la posibilidad de explorar el mundo y de acompañarte a todas partes, aunque ello implique, a veces, tiempos de espera en la calle. El día que se soltó, en lugar de salir corriendo, entró a buscarme, siguiendo mi rastro, en la peluquería. Debió causarle tal honda impresión aquella salida que, desde entonces, cada vez que pasamos delante de una, se detiene y me mira como diciendo: ¿y en esta no vamos a entrar?

No sé cómo explicarle que me dejaron sin pelo para hacer más experimientos…

La otra cara de la moneda es que, cuando Linda y yo salimos sin ella porque necesitamos coger un taxi, Pecas se queda llorando durante horas mirando por la ventana. Por otra parte, mi tiempo de trabajo se ve drásticamente reducido con una presencia que demanda tal atención, y pone tal cara de lástima cuando no la recibe, que parte el alma.

Por suerte está Linda: aunque son muy diferentes en algunos aspectos -una suave, otra áspera; una tranquila, la otra un torbellino; una defiende la propiedad, la otra lleva al intruso la pelota-; son buenas amigas, aunque Linda se esconda de ella de vez en cuando…

Como ocurre con las mujeres que viven juntas, sus actitudes, y hasta sus ritmos biológicos, se sincronizan: ambas adoptan las mismas posturas y -para mi asombro- hasta hacen sus necesidades exactamente al mismo tiempo, como si contaran previamente hasta 3.

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Sólo se pelean cuando llego a casa, ya que Linda, todo lo tranquila que es, no está dispuesta a perder sus prerrogativas en uno de los momentos más importantes de la vida de un perro. Tras varias separaciones forzadas de dos fieras gruñendo y mostrando colmillos, encontraron su método de no quitarse protagonismo mutuamente: Linda utiliza su hocico afilado cual ganzúa para introducirse por la rendija de la puerta y echarse, aullando, a mis pies; mientras Pecas, más partidaria de la fuerza bruta, salta por encima de ella para subírseme, literalmente, a la chepa.

Dos semanas después de que llegáramos con nuestras cajas y nuestras maletas, Pecas disfruta en el parque de turno como si no hubiera un mañana, y viene a la carrera, con la lengua fuera y una sonrisa de oreja a oreja, cuando la llamo. Ambas salen de su rico mundo olfativo -o interrumpen sus juegos-, levantando la cabeza para no perderme de vista. Ya no bailamos salsa -o no tanta- por la calle. Cuando entro a algún local, Pecas se echa junto a Linda a esperarme pacientemente viendo el mundo pasar. Hace días que no tenemos actos de protesta… Cuando me siento en el sofá no es una perra, sino dos, las que ponen la cabeza en mi regazo. Son dos narices los que olfatean bajo la puerta para ver dónde estoy, ocho patas las que me siguen por toda la casa, cuatro ojos los que tengo clavados en la espalda cuando escribo, y dos colas y dos lenguas las que parecen desprenderse del cuerpo cuando franqueo el umbral.

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Y a medida que pasan los días se va gestando un fenómeno un tanto escalofriante: mientras que Linda ni siquiera se levanta para saludar a Charlie cuando llega -lo que me tiene atónita, sobre todo porque sale con ellas algún ratito a diario y les da un premio para roer todos los días-, Pecas se echa frente a mi puerta mientras su papi fríe carne -con un olor delicioso e irresistible para cualquier canélido- enfrente.

Sospecho que Pecas está planteándose adoptarnos.

La situación me afecta, ya que no sé que hacer para evitarlo, salvo dejarla en casa cuando salga con Linda, ignorar sus muestras de cariño, o cerrarle la puerta de mi cuarto en el hocico -lo que tampoco resulta, ya que abre de un cabezazo-, perspectiva ante la cual se me revuelve el estómago. Por otra parte, aunque a veces pienso que me gustaría, no puedo quedarme con ella, ya que entonces se acabaría cualquier posibilidad de desplazamiento -largo o breve; lejos o cerca; en Bogotá o a la otra punta del mundo-, definitivamente.

No entiendo como la gente puede buscarse un/a amante… A mí tanta atención y amor perruno por dos frentes sin poder dar rienda suelta, y responder a ambos en igual medida, me abruma.

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8 pensamientos en “Palillos malditos

  1. Pues fíjate que con lo estresante que es, prefiero una amante que un perro. Y ya no te digo a dos perros.

    Las personas que más admiración me producen en este mundo son las que tienen hijos y detrás, las que tenéis animales domésticos. Y mira que me gustan los niños (los de los demás y hasta que cumplen 12 años, claro) y los perros, pero seré demasiado egoísta o demasiado inútil (o ambas cosas seguramente) porque no quiero la responsabilidad que suponen. Los niños -con suerte- acaban siendo adultos, pero los perros son como niños pequeños toda su vida. Uf, no son para mi.

    Tiene usted toda mi admiración, oiga.

  2. Dios Yamila!!! No quieres caldo, que dicen? Pues toma……..
    Eres irrestible caninamente hablando…..
    Y humanamente eres una crack compleja e interesante……

  3. Me voy a poner roja Raquel! 😀

    Pues toma… ¡¡¡Un camión cisterna!!!

    Creo que voy a escribir un tratado canino, en coautoría con Linda que tiene un papel fundamental en el equipo de educadoras y socializadoras caninas 😛

    Beso gigante mamasita

  4. ajajaja gracias sumercé 🙂

    Pues te cuento que la clave está en no pensar, yo creo. Si yo llego a “pensar” en el momento en que saqué a Linda de la gasolinera creo que me hubieran flaqueado las rodillas, y si llego a pensar en lo que se me venía encima cuando me dieron su parte médico, sinceramente, me hubiera dado un telele… A mí lo de los hijos ya si me parece el triple salto mortal hacia atrás. Siempre me ví como incapaz de encargarme de alguien que depende de mí -aparte de que la naturaleza, al menos de momento, no me llama- pero a la vista de la experiencia con Linda supongo que, en la situación, sería capaz y hasta quizás tendría mi punto como mamá…

    Eso sí, los perros evolucionan claramente. La parte de los paseos etc. es, evidentemente, ineludible, pero más allá de ello, un perro educado y equilibrado se comporta mejor que muchos niños y que la mayor parte de los adultos que conozco.

    Si te convencí tenemos por acá una perrita, se llama Pecas… 😉 😀

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