Sodoma y Gomorra -o: Cómo sobrevivir a un romance colombiano-


Lo nuestro duró… Lo que duran dos trozos de hielo en un wisky on the rocks (…)

(Joaquín Sabina)

Por la mañana amanezco con gripe. Y Linda con conjuntivitis.

Mientras nos recuperamos, y para ilustrar mi desconcierto en mi interacción con colombianos, “comenzaré mi terrible historia desde el principio de los tiempos” (Manolito Gafotas dixit):

Septiembre. Día del Amor y la Amistad

Como mujer tremendamente atractiva que soy era lógico que, tarde o temprano, me encontrara en la coyuntura de conocer a un colombiano con el que intimar… Esto ocurrió de manera casual e inesperada, como ocurren siempre estas cosas, a partir de un anuncio en el que Diego escribía si alguien le podía facilitar el acceso a su universidad para poder hacer un estudio de la moda de los jóvenes colombianos para su trabajo… Un día cualquiera lo hubiera pasado por alto, pero estaba en el típico momento reflexivo con los pies encima de la mesa del despacho leyendo unos relatos de viajes y pensando en irme al Pacífico, aunque fuera sola, a ver ballenas jorobadas, y pensé que este chico -de Cali- podía conocer la zona y darme algún consejo.

Capítulo 1: Dr. Jekyll

Nos encontramos dando vueltas a un furgón de policía en la plaza frente al Museo del Oro y hubo buena química –en mi caso amistosa, en el suyo amorosa- desde el principio. Tanto es así que almorzamos, yo me fui a clase, y le presté dinero para que fuera a cambiar su billete de avión ya que, si ya lo estaba pensando, en ese momento acabó de decidir que quería pasar el fin de semana en Bogotá.

Fueron unos días mágicos… Esa tarde me enseñó el lugar donde se venden esmeraldas ilegalmente en el centro; vimos una marcha de viudas que, junto con las fotos de los difuntos, iban colgando espejos por las paredes provocando que te recorriera un escalofrío por la espalda al verte como posible próxima víctima; nos cruzamos con policía antidisturbios; paseamos por la zona antigua monumental de Bogotá; entramos en algunas iglesias; compartimos un pastel; hablamos de lo humano y lo divino; fuimos a bailar a un antro oscuro, con 4 mesas de madera con taburetes en el que sonaba son cubano antiguo…

Pasamos todo el fin de semana en mi casa junto con mi amiga Jiaxi como una pequeña familia armoniosa y feliz. La mañana del domingo se despidió dejando una nota con una flor hasta la semana siguiente, cuando Jiaxi y yo llegábamos a Cali, su ciudad, para iniciar nuestro viaje.

En esa semana hablamos y nos escribimos a diario. El día que volábamos tenía tantas ganas de verle que conseguí que en el mostrador de check-in nos metieran en un vuelo anterior. Esa noche Jiaxi estaba un poco enferma, de manera que salimos los dos -en una noche cálida, sensual, con olor a acacias en flor-, a un local donde estaban sus amigos. En el primer momento en que nos quedamos solos me besó y desde entonces no dejamos de tocarnos en muchas semanas, salvo cuando la distancia física no dejaba otra opción.

En los días siguientes compartimos momentos inolvidables en diferentes lugares de la geografía colombiana… Todo fluía a la perfección y la conexión era absoluta en cuanto a cómo gestionar el tiempo, negociar, lo que hacer, lo que no hacer. Sentía que, por fin, después de mucho -realmente mucho- tiempo, formaba un verdadero tándem con alguien. . . Hasta que tuvo que volver a Cali a trabajar y comenzó otra etapa, en la que me quedé de principal responsable de la expedición y me llamaba a cada rato a ver por dónde andábamos y cómo estábamos. Hablamos después de ver ballenas, bajo el tremendo cielo estrellado del Pacífico, por las mañanas al levantarnos y por las noches al acostarnos –él en su cama de Cali y yo en nuestra carpa de La Barra-, desde el tumulto ajetreado de Popayán… En cuanto pudo zafarse de sus obligaciones laborales, volvió a reunirse con nosotras en Silvia, tierra de guambianos.

Despedida en el muelle de Ladrilleros, Pacífico colombiano.

Muelle de Ladrilleros, Pacífico colombiano.

Despedida en el muello de Ladrilleros, Pacífico colombiano.

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En ese tiempo experimentamos la alegría de sentirnos juntos en la distancia y la emoción de las cosas por vivir; la épica y la amargura de la separación, yo en el Caribe y él varado en Bogotá sin poder reunirse conmigo en el pueblito de pescadores de Taganga; el regocijo del tiempo de los dos, las cenas de la mano, las duchas, las noches abrazados, el sexo a todas horas, las caricias, la música, el perdernos en los ojos del otro, las conversaciones, las películas, el baile, los cuidados y todas y cada una de las cosas que compartimos en nuestro hogar durante unas semanas y en los lugares en los que estuvimos como una pareja de enamorados.

Capítulo 2: Mr. Hyde

Aunque me esperaba que en algún momento otros aspectos de la realidad –como que cada uno vive en una ciudad, que yo vengo de otro continente, o que nos llevamos 8 años de edad- fueran adquiriendo peso, de manera que vaticinaba como muy probable hablar de ellos durante mi estancia aquí viendo los derroteros que estaban tomando las cosas, nunca esperé que ello ocurriera de una forma tan fulminante y devastadora.

Cuando Diego regresó a Cali le invadió el miedo. Ese miedo trajo de la mano un distanciamiento que empezó a minarme dado que sentía que, si bien algo le mantenía todavía allí, se estaba perdiendo en el laberinto de su cabeza, yéndose cada vez más lejos, empezando a verme como una amenaza para su estabilidad en lugar de la cómplice y compañera vital que había sido apenas días, horas -incluso minutos- atrás. Creo que una conversación telefónica en ese momento hubiera curado mucho del mal, si bien no estoy segura –ni hay forma de que pueda estarlo- de que hubiera tenido efectos duraderos; pero él quería hablar en persona, de manera que mantuvimos el tipo como pudimos esos días en espera de que viniera de Cali en autobús para vernos.

Viernes de Halloween (8 pm): Diego me llama por teléfono para decirme que sale para la terminal de autobuses y que llega a Bogotá sobre las 7 de la mañana. No queda nada –pienso-, ir la fiesta de disfraces a la que me han invitado en una casa en uno de los sectores más ricos de Bogotá, tomar algo, quizás tener alguna conversación interesante, con suerte bailar un poco, dormir… ¡y ya!

Las chicas llevaban vestidos ceñidos, me saludaban con una sonrisa congelada y, salvo una o dos que me preguntaron cuanto tiempo llevaba en Colombia, ninguna me volvió a dirigir la palabra. Los chicos intentaban embutirme un aguardiente con sabor a anís, que aborrezco profundamente. Al menos pude amortizar algo mi amigdalitis resistente que llevaba arrastrando ya dos semanas, que me brindó la excusa perfecta para esfumarme pronto.

Sábado de Halloween: desde las 8 de la mañana estoy pendiente de su llamada dado que, según mis cálculos, debe estar a punto de llegar si no está ya en Bogotá. Me entretengo recogiendo la casa… las 10; y haciendo recaditos: el banco… las 11, el mercado… las 12. Estará durmiendo, pobrecito, se ha pasado la noche de viaje…

… A las 2, pensando que tiene poco sentido pegarse semejante paliza para venir a Bogotá para pasarse el sábado durmiendo decido llamar.

Apagado.

A las 3 llamo a su madre a Cali.

Diego ha salido esa mañana de la casa, pero no sabe decirme a dónde.

Pese a que no logro entender cómo no emplea algunos de los muchos avances de la tecnología para avisarme de ese cambio -mientras que sí lo hace para retransmitir su viaje por Facebook, supongo que desde el autobús-, la sonrisa vuelve a aparecer y me conmueve saber que viene incluso aunque sea por unas horas a verme.

Para que el tiempo pase rápido decido darle un toque de color al día disfrazándome. Me pongo una minifalda verde, medias de rejilla, botas de tacón y una peluca con rizos de leona hasta la cintura, me maquillo a lo Amy Winehouse, y me voy en buseta hasta la Candelaria.

Hace frío, el ambiente es desapacible y -salvo tres niños que me cruzo en brazos de sus padres-, para mi enorme sorpresa no hay absolutamente en ambiente de Halloween. Como nunca había estado sola por allá, y menos de noche, acabo perdida por las calles de la parte alta, en el barrio de Egipto, donde apenas se ven algunas sombras oscuras sentadas a las puertas de sus casas cuyos ojos me siguen cuando paso vestida de esa guisa por las calles oscuras y empedradas. Además encuentro la mayor concentración de soldados con metralleta patrullando por las calles que he visto hasta ahora. De hecho, intentando salir de allí, acabo en un callejón desierto sola con cuatro de ellos y casi se me sale el corazón por la boca (supongo que a nadie se le escapa que hay miembros de ejército muy poco recomendables). Aparte de miradas y algunos comentarios groseros, el episodio terminó minutos después con la aparición de calles más anchas y luminosas, si bien nunca encontré la famosa plaza del Chorro. Cuando por fin pasé, bastante asustada, ante el famoso garito de son cubano, necesitaba desesperadamente un abrazo o meterme en mi casa.

Como ambas cosas estaban muy lejanas en ese momento, me uní a un grupo de voluntarios que iban repartiendo café entre los sin techo. Diego seguía sin aparecer y empezaba a embargarme una desagradable sensación de irrealidad. Caminando me sentía algo mejor así que empecé a bajar por la 7ª –creo que con la secreta esperanza de poder llegar así a casa, a unos 15 km-.

Cuando ya los vendedores de baratijas y cachivaches empezaron a recoger sus hatillos del suelo y a marcharse me paré frente al teatro Eliecer Gaitán (luego supe que detrás se encuentra una de las zonas de prostitutas de Bogotá), para coger la primera buseta que pasara –muy pocas ya a esa hora- o subirme con el primer taxista que no me mirara como un jamón colgado en exhibición. Pasaron muchos y casi un cuarto de hora hasta que me decidí por uno que me llevó raudo a casa derrotada y profundamente inquieta acerca de dónde podría estar Diego en esos momentos. Sospechando que quizás había llegado a Bogotá y no se atrevía a llamar tan tarde, llamo de nuevo a su madre para conseguir el teléfono de su padre, que vive aquí y al sólo consigo preocupar, ya que él tampoco sabía nada.

Pocos minutos después las nuevas tecnologías por fin revelan el misterio.

Está atrapado en Armenia por los derrumbes a causa de las lluvias torrenciales de estos días y un camión atravesado en la vía a la altura de la Línea. Esa misma madrugada se devuelve para Cali. Está parco, por no decir desagradable, lo que, sin embargo me parece comprensible en esas circunstancias, si bien no es mi culpa que las cosas hayan salido así. Me da mucha lástima pensar el día que lleva y la noche que le espera y la frustración que debe sentir por no poder llegar, aunque le noto tan distante que me asalta cierto resquemor respecto de esto último.

A mediodía del domingo veo que se conecta a internet y mi corazón da un salto de alegría por ver que ha llegado bien, a la vez que el alma se me cae a los pies, porque evidentemente contactarme no constituye una prioridad. Le llamo para saber cómo está. Me dice que lleva en casa desde la madrugada. En ese momento descarto un viaje a Cali.

El lunes me despierto de nuevo con dolor de garganta y agotada emocionalmente con toda la situación. Por primera vez desde que comenzó la crisis tengo ganas de volver a casa. Ello es el detonante para decidir salir de la situación de yonkee en la que estoy entrando al suplir la falta de comunicación con el seguimiento de sus movimientos en Facebook, y le borro de la lista de amigos.

No pasa nada sino más bien al contrario… Me siento liberada… Entonces empiezo a barajar la posibilidad de dar un paso más allá y hacer lo que mi cuerpo -ahogado por mi cabeza (que no consideraba adecuado despedirse sin hablar en persona como acordamos), y mi corazón (centrado en las pocas señales esperanzadoras)-, me lleva pidiendo a gritos desde hacía días.

Capítulo 3: Epílogo

Nunca volvimos a hablar de nosotros desde que leyó mi mail diciendo que el distanciamiento me había llevado a levantar el vuelo. De hecho creo que le hice un favor resolviendo una situación y oficializando una distancia que ya estaba instaurada de facto.

Los siguientes días transcurrieron lidiando con la tristeza de la pérdida de una persona querida a la que empezaba a no reconocer, y reafirmándome en la idea de que había tomado la decisión correcta.

Además de llorar desesperadamente, sincerarme con mi monitor –un barranquillero de 20 años, que se convirtió en mi único apoyo- y bailar en la casa celebrando el peso que me había quitado de encima, retomé –o mejor dicho, volví a hacerme- una vida social en esta ciudad, dado que mi familia colombiana, el caleño y la alemana –que se había vuelto a su país-, se había esfumado.

En ese tiempo apenas tuve con Diego un par de conversaciones intrascendentes en las que se mostró muy contento, lo cual que me hizo pensar que o bien tenía una capacidad de regeneración y un control mental envidiables –lo que sin embargo contrastaba con lo ocurrido en los días precedentes, así como con los mensajes de madrugada-; o que, al igual que la zorra de la fábula, había logrado convencerse de que las uvas estaban verdes.

En cualquier caso la separación se afianzaba con cada día y con cada conversación que pasaba y lo que quedaba era vernos para intercambiar las cosas que teníamos el uno del otro en del momento en que pensábamos que unos unía una soga irrompible.

Acordamos vernos en uno de sus viajes a Bogotá. Por suerte esta vez no cometí el error de alistarme, ya que la llamada no llegó ni a las ocho, ni a las nueve, ni a las once que me fui a dormir, ni en ningún momento del día siguiente.

Empezando a temer por el ipod que le dejé para que me grabara música, le contacto para ver cómo podemos vernos en los próximos días. -Cuando salga del trabajo te llamo-, pero a las 10.30 de la noche mi teléfono sigue mudo, por lo que la idea de que no quiere verme empieza a cobrar (gran) intensidad.

Como empieza a asustarme la posibilidad de que, en el rol de Mr. Hyde, llegue incluso a desaparecer del mapa para siempre, intento amarrar un encuentro antes de que vuelva a Cali.

Queda en pasar por mi casa de camino al trabajo al día siguiente. Me levanto a las sei para recibirle, si bien mi excepcional capacidad de aprendizaje me lleva a quedarme con mi pijama puesto, lo que vuelve a revelarse como correcto.

Con un cabreo que alcanza cotas excepcionales, le advierto por escrito que tengo mucho interés en recuperar mis cosas, de manera que voy a ir a su hotel para esperarle allí hasta que aparezca.

Previendo una tarde -y quizás noche- imterminable decido dormir un rato. En el momento en que cierro los ojos llaman abajo… Diego.

Me lo encuentro fumando -faceta por completo desconocida para mí- y con unos chicles de menta en la mano que, para mi sorpresa, engulle cuando me ve aparecer (no sé si es que tenía la intención de besarme). Tiene el ipod, pero no el resto de cosas (aunque en la conversación telefónica anterior si las tenía), pero la próxima semana vuelve a Bogotá y me las da.

Saco de la bolsa su koala de peluche y se lo devuelvo. El resto de cosas las recuperará la próxima semana entonces.

Me invita a almorzar.

Declino el gesto. Después de lo visto y vivido en las últimas horas, perdí la confianza en esa persona. En dos semanas el hombre por que estaba dispuesta a volar a Cali se convirtió en un desconocido con el que no tengo ganas ni de tomar un café.

Capítulo 4: Conclusiones

Durante mucho tiempo sentí añoranza -esa particular variedad punzante que se instala cuando la realidad se voltea de la noche a la mañana como un calcetín- sobre todo escuchando música o cuando tuve que tomar decisiones importantes, como la de aceptar la oferta de trabajo de mi actual Universidad… Al fin y al cabo fue la persona más cercana que tuve en ese tiempo. Sin embargo, la forma en que manejó todo esto me ratifica que no es mi compañero de viaje.

Mi cabeza y mi corazón, unidos a un profundo sentido de la lealtad y una gran capacidad de lucha me han llevado a echar toda la carne en el asador con proyectos que a ojos de otras personas pueden resultar disparatados; los que me conocen saben que no soy fácil de amilanar en ese aspecto. Sin embargo, cuando las cosas dejan de fluir, cuando se pierde ese no se qué que las hace mágicas y fáciles, cuando en lugar de haber amor y cercanía empieza a haber dolor, incomprensión y distancia, el único camino es el de la aceptación, el agradecimiento, y mirar hacia adelante, como tuve ocasión de comprobar, con otro Diego, recientemente.

Estas experiencias me pusieron de frente que, cuando irrumpe la frialdad, así sea en cuestión de días, horas -incluso minutos- es importante dejar espacio. Igual que existe la cercanía, existe la lejanía, y es importante aceptar las dos caras de la moneda.

Cuando alguien realmente quiere estar contigo, te busca. Y ello con independencia de que hayas tomado la decisión de separarte o de irte a la Conchinchina ya que, como todos sabemos a estas alturas, ninguna situación es irreversible salvo la muerte.

¿Qué me deparará el destino? No lo sé… Ni puedo saberlo… Lo que sí sé es que me esperan grandes aventuras en las que me acompaña un ipod lleno de música colombiana que me alegra el espíritu y hace elevarse mis pies, mi alma… Y mi sonrisa.

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12 pensamientos en “Sodoma y Gomorra -o: Cómo sobrevivir a un romance colombiano-

  1. Solo es malo en algunos momentos, en los de la tusa… Más allá de ello creo que la capacidad de ilusionarme pasando por encima de desilusiones contrastadas es uno de mis activos más fuertes en esta vida.

    ¡Gracias Jorge! 🙂

  2. Sospecho que el síndrome de Dr. Jekyll and Mr, Hyde es un mal común en los hombres de esta región (vallunos- caleños) no hablo a nivel nacional, porque poco conozco o no me han salido con esos comportamientos, creo que cuando uno esta en su punto de ebullición y el otro se esta enfriando, lo mejor es empacar recuerdos, quedarse con los mejores y si bien no salir corriendo, si alejarse; muy buen relato, tu historia es la de muchas.

  3. Me parece muy cabal tu planteamiento. A mí me ayudó contextualizar la situación: no fue algo entre él y yo sino la forma de manejar por parte de algunos hombres estas situaciones que me pilló en el medio. Si ahora me cuentas que esto es mucho más frecuente veo que tengo que contextualizar y separarlo de mí mucho más. Lo que, la verdad, ayuda.

    Gracias por tus palabras y ¡Un abrazo grande Diana! 🙂

  4. La fórmula se encuentra implícita en el texto, tienes razón: presupone recuperar el ipod. Luego contiene una mezcla de humor, catarsis y digestión escribiendo lo que pasó, algunas dosis de estoicismo, aceptación y mirar hacia adelante, que ha de dejarse macerar con mucha, mucha música colombiana 😀

    Un saludo Alvan 🙂

  5. Toda la razón en eso de los brillos… Por esa regla de tres una tremenda pepita de oro podría estar cubierta de barro, polvo o incluso una capa de cemento… Y salir a relucir cuando menos te lo esperas 😉 🙂

    ¡Un abrazo, y gracias Zerø!

  6. Maravilloso texto! Felicitaciones, una experiencia más en tu vida de la que seguro has aprendido mucho, y encima visitaste Juanchaco que no es poca cosa! Como ya te han dicho, suerte que tienes que todavía puedes enamorarte…

  7. Yo lo que veo es un man que la hizo radiar, mover y mutar por unas semanas, y eso es una gran ganancia. Además hubo un final aclaratorio y tranquilizador. Que bien!

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