Amores perros


Al día siguiente me doy cuenta de que, en realidad, los perritos que se interesan por Linda son muchos -casi todos, en realidad-, algunos de manera tan intensa -le juegan, la siguen, gimotean, le mordisquean las orejas- que parece que no la van a dejar nunca. Y sin embargo se dan la vuelta en cuanto rebasan las lindes de su finca, de su mundo conocido. Los que se saltan esos límites imaginarios, nos siguen y acompañan durante horas, incluso días, incluso jugándose el tipo son, precisamente, los escasos ejemplos que recuerdo a la perfección: un criollo negro que nos siguió desde el centro de Bogotá en un larguísimo paseo hasta nuestra casa y pasó un par de días esperándola a la puerta; otro criollo costeño -igualmente negro- que pasó tres días enteros con nosotras en Playa Blanca, Barú, durmiendo ambos bajo mi hamaca después de que lo defendiera del ataque de otro perro; y este último… Tres de… centenares de perros que nos hemos cruzado en nuestra vida común.

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Es decir que el acompañante de Linda de ayer vendría a ser Jens, mi último novio con el que compartí mi vida durante tres años. Rubio, grande, fuerte y con los ojos verdosos… ¡Incluso se parecen físicamente!

No me queda otra que respirar hondo y seguir adelante: puedo hacerlo, como está sobradamente demostrado en mil lances. Como todas, soy una persona valiosa y con muchas cosas maravillosas que ofrecer. Alguien sabrá verlo… Y aceptar las que no lo sean tanto.

Esta idea me hace sonreír.

Todo pasa…

… Y todo llega -recuerdo-.

Las nubes bajas se deslabazan frente a nuestros ojos dejando a la vista los buitres planeando sobre el valle.

-Es temprano, seguro que cuando el sol empiece a calentar se abren y puedo hasta bajar a la piscina-, pienso.

En lugar de eso comienza a llover y ventear durante cinco horas seguidas. Linda me mira, se sienta, se estira y me golpea con su pata para señalizarme que quiere salir. El agua cae en una cortina incesante. Le dejo la puerta abierta pero ella no va a ninguna parte sin mí, por lo que tras olisquear en un radio de un par de metros por unos minutos, vuelve a echarse, resignada, a mis pies.

En el momento en que amaina salimos a dar una vuelta para desentumecernos. Llegamos a la laguna de Ubaque. El lugar es espectacular. Linda salta, juega, se embarra hasta las orejas y cae repetidamente al agua sin aprender todavía que bajo la vegetación ribereña no hay tierra firme.

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Río en alto, disfrutando de verla disfrutar y, sin embargo, siento un peso en el corazón que me impide gozarlo por completo. Quizás se deba también a las nubes.

Me siento sola -en una soledad intermitente pero profunda-, y melancólica, como en algunos momentos del viaje. La diferencia es que ahora me encuentro en el país en el que resido en amplios intervalos de tiempo desde 2011… Y, aunque sigo conociendo gente a diario y paso ratos en buena compañía he perdido la ilusión. Pero yo no soy así: yo soy confiada, expansiva y soñadora por naturaleza.

Aunque la vida, mis propias inquietudes, y mi curiosidad, me hayan llevado a convertirme en una llanera solitaria, en los últimos meses me voy dando cuenta de que lo que importa no es solo lo que hago, los lugares que veo, sino también el compartirlos con alguien a quien quiero. Y acá no tengo eso.

Lamento mucho llegar a decirlo, pero no quiero vivir más tiempo en esta precariedad emocional.

Salvo que ocurra un milagro -cosa altamente probable, ya que la vida se conforma de ellos-, con este semestre finalizará mi etapa colombiana como residente.

Mi próximo destino: España, Australia o Palestina.

Pero no es la soledad lo único que me recuerda al viaje: en la noche hay una discreta rumba con música a todo volumen en el restaurante al aire libre. Como nadie incluye en la fiesta privada a una española con las zapatillas mojadas y llenas de barro, acabo bailando con mi almohada en la habitación.

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A la vista de que son las doce y la música no calla vuelvo a subir a Linda, cubierta de barro seco, y apestando a cloaca, a la cama. Puede sonar asqueroso pero lo cierto es que mi estado es el mismo. Pensando que a ella la molestará la música alta igual que a mí para dormir, le meto unos tapones de papel higiénico a imagen y semejanza de los que me ponía para circular por las carreteras de Vietnam. Los hago tan grandes -para evitar que se le cuelen- que le quedan las orejas levantadas. Mi amiga parece un bufón, lástima que la cámara se haya quedado sin batería para inmortalizarla.

Un día antes de lo previsto, y debido a que cualquier parecido con una experiencia en tierra caliente es mera coincidencia, abandonamos nuestra cabaña.

Para evitar el estrés de otro viaje en buseta a mi acompañante, abordo a las parejas que se hospedan en el hotel para ver si nos llevan hasta Bogotá.

Linda tiene un color parecido al del día que la encontré en la gasolinera, por lo que no puedo meterla en un coche, y menos en la bonita casa de Lucía, así. Descartada la posibilidad de bañarla -ya que tendría que meterme con ella en la ducha, y no hay agua caliente-, sólo queda la opción de sacrificar mi peine plástico de viaje plegable que me acompaña desde que el mundo es mundo.

Pacientemente le desprendo los pegotes de barro de todo el cuerpo hasta que queda de un color pardo, más oscuro que el original, pero que puede despertar la apariencia de normalidad para ojo no experto.

Dos horas más tarde el dueño del hotel -un abogado a quien el barro de mis pantalones, la misma ropa durante tres días (y noches) y la falta de ducha no logran asustar- nos deja, tras un cómodo viaje en camioneta de lujo, en casa.

Por fin, nuestra vida en Bogotá puede empezar a caminar con cierta rutina. Paso el resto de la tarde organizándome con mi viejo método del calendario en papel: tengo grandes planes para esta semana…

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