A vueltas con las matemáticas… Y con la vida.


Si no vomita ahora no vomita nunca-, es un pensamiento que tuve a lo largo de este año y medio en diversas ocasiones……

La primera, ese famoso 3 de febrero en el maletero del coche de Steven desde los Llanos hasta Bogotá. La segunda durante una travesía con mar agitado y lluvia en una lancha motora en el Chocó. Y la tercera desplazándonos por zonas remotas llenas de baches de la geografía colombiana.

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La insigne navegante preparada para abordar en los instantes de calma que preceden a un aguacero en alta mar.

La insigne navegante preparada para abordar en los instantes de calma que preceden a un aguacero en alta mar.

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Pues bien, llegó el momento de replantearme eso que para mí era una verdad a la postre demostrada científicamente, del estilo de la de que tierra es redonda.

Linda tiene la mirada turbia y jadea pese a que, bajo la lluvia a más de 3000 mts. de altitud por la sinuosa carretera de montaña a Choachí, no hace, desde luego, calor. La holgura del maletero hace que, pese a que intente sujetarla con un brazo que introduzco entre los asientos en una antinatural torsión, oscile de un lado a otro, junto con mi mochila, con cada una de las curvas. En pie sobre sus cuatro patas, intenta mantener el equilibrio, para ser arrojada al otro lado del maletero. Sus uñas sobre la resbaladiza superficie de hierro hacen el mismo ruido que si lleváramos un puma detrás…

-Ella no se va a mover, ni se va a orinar, ni a vomitar. Mejor dicho ni se va enterar de que lleva un perrito, ya va a ver-, fueron mis palabras… Madre mía.

Una angustiosa hora y media más tarde, el hombre afable que accedió a llevarnos abre la portezuela en el parque central de Ubaque y una triunfante Linda baja de un salto habiendo dejado tras de sí exclusivamente en pequeño manojo de pelo rubio. Siento un profundo alivio al ratificar que, pese a un destello de duda, la tierra es, efectivamente, redonda.

Con su plaza, su pequeña iglesia y sus calles aledañas, el pueblito no tiene ningún encanto especial.

No hay sitio, debido a una carrera de zorras -carritos de madera-, con lo que, ahora sí, tengo que irme, constato, hasta cierto punto, aliviada.

Enfilo por la carretera hacia Choachí y Fomeque en compañía de un niño que conocí en la buseta y se quedó prendado de Linda en el maletero, incluso en ese momento tan crítico para ella.

-¿Es un golden?-.

-No, de “golden” (golden retriever) solo tiene el color-.

-Y ¿está enferma?-

Miro a la perra que camina ufana oliendo todo delante de nosotros.

-¿Enferma?-.

-Es rara… Camina torcido-.

-Ella es cojita y tiene su “tumbao”, pero eso no significa que esté enferma-.

Mi acompañante quiere ser veterinario… Supongo que todavía le queda mucho por aprender.

A pocos kilómetros doy con el hotel campestre El Mirador de San Nicolás, exactamente el lugar que estaba buscando: sencillo y en mitad de la naturaleza. Los tres perrazos del lugar se avalanzan sobre la intrusa, por lo que acabo empelando la correa cual domadora de leones para que la suelten, coreada por los gritos de pánico de mi acompañante.

Arriendo una sencilla cabaña de bambú dispuesta a pasar allí los próximos días escribiendo y paseando. La encargada, Rosa, mira a Linda con tal pesar que le pregunto:

-¿Qué pasó? ¿Porqué mira a la perra con esa cara?-.

-Ay señora, ¡qué pena! Yo creo que mis perros la dejaron cojita…-.

Recuerdo al montañero que le dio un pisotón con su gruesa bota en su pata fracturada en tres partes y pasó toda la excursión compungido y disculpándose hasta que no pudo con los remordimientos:

-¿Cómo dice que no pasó nada?- me dice, casi con lágrimas en los ojos -¿Sí ve que le quedó la patica de la cicatriz el doble de ancho que la otra?-.

Igual que entonces, rompiendo a reír explico que la perrita está perfectamente, sólo que tras su atropello tiene una anatomía algo particular.

Banano sobre lulo

Banano sobre lulo

A la vez que mis ojos reconocen el conocido paisaje colombiano, siento la soledad colándose entre mis costillas. Recuerdo a mi amiga que rompió relaciones conmigo a días de llegar por un motivo que, si no es porque lo tengo por escrito, pensaría que es un sueño. Dani y yo llevamos días sin hablar debido a una situación cuyo grado de surrealismo hace palidecer la iniciativa de reforestación del barrio de Galerías. Solo que esta vez lo dos nos sentimos la tubería, y la situación no es tan divertida.

Recuerdo que mi motor para regresar a Colombia fue, precisamente, reencontrarme con ellos…

Un perro nos acompaña desde hace varios kilómetros.

No nos deja cuando pasamos ante su casa, tampoco cuando tomamos el desvío, ni tampoco en la carretera. De hecho nos acompaña hasta el hotel y reaparece a la mañana siguiente.

Los admiradores de Linda son, desde luego, infinitamente más perseverantes que los míos, constato. Paseando por las veredas colombianas derramo unas lágrimas por esa reciente historia con la que estaba tan ilusionada y que se truncó antes de echar a andar.

Ese es también el motivo -junto con un frío que cala hasta los huesos y me lleva a acostarme con toda mi ropa puesta y cubrirme la cabeza con una manta extra- de que acabe durmiendo con Linda a mi lado, ese personaje caliente y cálido que me lame la nariz haciéndose un ovillo a mi lado y me ofrece su barriguita para meter las manos.

La añoranza y estar de regreso en Colombia en un situación tan diferente a la esperada -es decir, sin compañero a mi lado, aunque fuera al otro lado de la línea- estalla, por fin, en estos días y termino sollozando abrazada a ella mimetizada con la lluvia sobre los troncos de bambú.

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Como vieron en el video de llegada al hotel mi cuarto tiene la misma orientación y la misma persiana... Mejor dicho: ¡soy yo!

Al igual que durante mi viaje, mi mente se transporta por un momento hasta Madrid, hasta la integrante de la familia que no nos acompaña: entonces Linda en casa de mis tíos, hoy Milady -mi bici- en la terraza de mis padres.

¿Por qué en mi vida siempre falta algo?

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4 pensamientos en “A vueltas con las matemáticas… Y con la vida.

  1. En la vida de un alma inquieta siempre, siempre falta algo. Aunque tengas pareja y durmieras a diario con ella, estoy más que seguro que más pronto que tarde, te faltaría algo. Y probablemente importante.

    Por cierto que cuando hablas de ella nunca dejo de pensar en la suerte que ha tenido ese animalillo en cruzarse contigo; de la vida que le esperaba a la que está teniendo…

  2. Si, lo de Linda es extremo: de acabar muriendo de hambre o, en su defecto, vivir en 3 metros cuadrados de asfalto al borde de la autopista a tener una familia enorme, más casas que Onasis y viajar por el mundo. No obstante, el “animalillo” me cambió la vida a mí también: a veces me la complica, la educación y la recuperación de la movilidad fueron duras, lloré mucho con ella y la idea de darla en adopción convivió con nosotras muchos meses, pero el caso es que ahora es un animal magnífico que hace de mi vida un lugar más tierno y más bonito. Por tanto, afortunadísimas ambas 🙂

    No sé si es un consuelo pero tienes razón… En la vida de cualquiera hay siempre pensamientos hacia otros lados, carencias, deseos supeditados a la situación elegida o que tocó… Pero, en cualquier caso: estoy convencida de que podría tener una relación estupenda, y me encantaía hablaros/escribiros sobre lo que pasa, para bien y para mal, al otro lado de la barrera 😀 😀

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