Debí hacer carrera diplomática…


Como saben, mi capacidad para vivir sobre asfalto con dignidad se agota a las dos semanas de media. Incluso habiendo encontrado mi lugar en Bogotá -un barrio llamado La Soledad, tranquilo, con tienditas, algún restaurante, locales con música, arbolitos con flores, y una temperatura apreciablemente superior a la de los cerros, en el que me siento muy a gusto-, y habiendo descubierto el campus la Universidad Nacional -un paraíso donde se pueden meter bicis y dejan entrar a mi inseparable amiga hasta en el Auditorio Principal para escuchar una charla del Embajador de Palestina en Colombia-.

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Por este motivo, en cuanto tenemos ocasión, Linda y yo salimos de la ciudad…

… Sin embargo resulta infinitamente más sencillo transportar un perro a otro continente que llevarlo a 60 kms., dado que esto último se hace en buseta, y los buseteros constituyen el gremio anárquico por excelencia.

En la estación logro compro el billete sin ningún problema con Linda a mi lado.

Cuando me dirijo aparentando la mayor normalidad al vehículo, sin acabar de creerme la suerte que tengo, me dan el alto.

-Señora, con el perro no puede viajar-.

-Pero si su compañero acaba de venderme el tiquete-.

-Si, pero con el perro no se puede viajar-.

-Pero ¿cómo así? Si yo siempre viajo con ella en bus a todas partes-.

-Si, pero tiene que ir en su caja-.

-Nooooo, pero si siempre viajo con ella sin guacal-.

-Necesita un guacal, sin él no puede viajar-.

-Pero ¿cómo se imagina que voy a transportar una caja para un perro de este tamaño?-.

-Ese es su problema señora-.

-Hasta ahora no necesité nunca, ni siquiera en buses de largo recorrido-.

– …-.

– …-.

– …-.

– …-.

-No señora, no puede viajar-.

-¿Y entonces?-.

– Ahí puede devolver su tiquete-.

-¿Y sí es ud. consciente que será la primera vez que no pueda viajar con mi perrita?-.

-¡Qué pena, señora! Pero así no puede viajar-.

Entre impotente e incrédula -normalmente estas cosas acaban siempre bien- me dirijo al mostrador a devolver el papelito azul tan preciado a cambio de un papelito blanco y rojo por valor de 10.000 pesos que no tengo ningún interés en recuperar si ello supone regresar a casa.

Retirándome hacia la salida seguida por mi amiga que resulta, a estos efectos, tan impeditiva, siento resurgir a una Ms. Battuta indómita…

Me dirijo a un grupo de buseteros enfrascados en una animada conversación a la espera de que se llenen sus vehículos.

-¿Será que alguno de uds. me lleva? La perrita es muy comportada, ella no molesta. Por favor…-.

-No señora, no se puede. Necesita un guacal-, me explica uno de ellos mientras el resto se evapora.

Me dirijo a ellos individualmente. Uno subió un perro que mordió a un pasajero y está en un problema legal; a otro lo multó la policía la semana pasada y si lo pillan de nuevo le retiran el carro. Obviamente es mentira, pero es la forma de gestionar las situaciones por acá: ante semejante problema se supone que una ya no insiste…

-Pero podemos llevar a la perra atrás. Ahí no se la ve, ni puede morder a nadie-.

-No doñita, no-, haciendo mutis por el foro.

Me planteo ofrecer dinero, pero no me siento cómoda con esa estrategia.

Diviso a mi último cartucho, un señor de mediana edad, con rostro afable, pelo cano y grandes gafas inclinado sobre un diario deportivo, apoyado sobre el volante, ajeno a los acontecimientos…

Tras comprobar por el rabillo del ojo que su buseta tiene un minúsculo maletero, me dirijo a él con la más candorosa de mis sonrisas -que deja entrever cierto agobio- y le expongo mi situación.

No va a Fomeque, pero me llevaría a Ubaque, lugar del que ni oí hablar, lo que en ese momento resulta, sin embargo, irrelevante. Duda, pero ante mi mirada suplicante y la confianza que demuestro en la bestia peluda que me acompaña -que se pone a ladrar a un indigente con muletas en el instante en que afirmo que es una santa-, accede.

Me dirijo feliz a re-comprar el tiquete y el jefe de la estación insiste en que no puedo viajar.

-¡Pero el señor me dijo que si!-, me revelo.

-No, mi amor, no se puede-.

– …-.

– …-.

-Pero ¿cómo así si el señor me lleva?-.

– Mami, la carretera está llena de curvas…-.

Entonces entiendo, por fin, dónde está el quid de la cuestión: tienen miedo de que Linda vomite.

-Ya sé… Ya le digo que viajé con ella hasta cuatro veces desde esta misma estación- (obviamente mentira, pero decido seguir el ejemplo y ponerle algo de teatro infalible al asunto).

Y tras pensárselo unos segundos:

-Bueno, listo, hágale pues-.

Al subir a Linda al exiguo espacio para maletas junto con mi mochila el pobre conductor todavía no las tiene todas consigo:

-¿Y no le va a dañar el morral?-.

– No señor, tranquilo- sonriendo, esta vez, aliviada, dándole un besito a Linda en su larga nariz, y cerrando, con su ayuda, la portezuela. -Ella no se va a mover, ni se va a orinar, ni a vomitar. Mejor dicho ni se va enterar de que lleva un perrito, ya va a ver-.

Continuará…

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5 pensamientos en “Debí hacer carrera diplomática…

  1. y no te imaginas la odisea de viajar con un gran danes de Cali a Bogota… ni siquiera en avión nos salvamos de los complicados … Buena suerte en el paseo!!

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