Lecciones diarias


De todos es sabido que el mal de amores pasa, y que otras cosas llegan. Igual que los semestres, los dolores, y las buenas noticias. La cuestión es que el lapso de tiempo entre lo primero y lo segundo es, a veces, tan demorado que podemos llegar a olvidarlo en el trayecto. 

La vida en Bogotá constituye, en mi opinión, la vivencia diaria de esa gran verdad.

Cuando tienes que cruzar la 7ª por el norte con las furgonetas de último modelo de la gente rica, las busetas, los taxistas pasando a toda velocidad y nadie -absolutamente nadie- aproxima el pie al freno, es fácil desesperarse, asustarse, y pensar que nunca más volverás a ver un recibimiento de Linda. Entonces es cuando, en el momento menos pensado, se abre un espacio, como una página en blanco, para pasar sin entretenerte mucho, ya que se esfuma tan rápido como apareció.

Todo pasa; todo llega…

Del mismo modo, la climatología bipolar ofrece un inmejorable campo de experimentación: “los helajes” de la mañana se combinan con intervalos de nubes -necesitas dos capas de ropa- y sol que, si duran más de diez minutos, pueden acabar en quemadura solar de primer grado en pieles poco habituadas a estos rigores. La lluvia da igualmente paso al sol, y el sol a la lluvia: cada pocas horas o cada pocos minutos.

Todo pasa; todo llega…

El amor por parte de los taxistas hacia tu persona también es oscilante: conseguir uno en hora pico es una misión imposible, incluso para Hunt. Si a eso le añades un aguacero y una perra mojada, es mayor la probabilidad de que te caiga un meteorito en la cabeza. Pasaran horas hasta que vuelvas a entrar en el mercado de potencial cliente. En concreto las que se demoren los sujetos que se desplazan por millones por toda la ciudad hasta llegar a su hogar.

A partir de las 8 de la noche, toda la frustración e impotencia de ser incapaz de moverte se torna en una apacible vuelta por calles desiertas, charlando con un amable taxista que, de nuevo, escucha encandilado la historia de tu perra o tus batallitas de española residente en Colombia.

Todo pasa, todo llega…

Por ello, el más claro beneficio que, para mí, tiene vivir aquí es que contibuye a forjar el carácter. Y no me refiero a desarrollar la agresividad, la tolerancia al codo del vecino de Transmilenio en el ojo, o implementar el uso del “qué pena” y el “ahorita”. Me refiero a desarrollar la confianza precisamente en eso…

… En que todo pasa; todo llega.

Ahora que llevo dos semanas en Bogotá sin hogar propio, pululando de norte a sur, visitando rincones hediondos, bonitos apartamentos, o casas de familia donde no puedo usar la cocina, invitar a gente, o tener a Linda… Ahora que llevo quince días prácticamente con la misma ropa, sin poder abrir mi maleta, nerviosa, harta y hasta dudosa acerca de si llegará tan ansiado momento, sé que esto también pasará.

En concreto pasa en el momento en que, después de llorar de desesperación, decido dejar de buscar y quedarme en casa de la familia de Dani aportando económicamente, como una hija más…

Al fin y al cabo, aunque no tenga espacio propio ni agua caliente, paso excelentes ratos con mi familia bogotana.

A la mañana siguiente me llaman dos personas.

Horas más tarde estamos instaladas en casa de Lucía: Linda tiene tapete en el salón, en pasillo, así como a los pies de mi cama. Yo tengo baño privado, bonitas vistas, y ambas tenemos una terraza.

Sin embargo, dado que se nos sale un poco del presupuesto -mi salario anual se reduce a la mitad desde que me aficioné a la libertad de largo recorrido- mañana vamos a ver la otra oferta: un hogar con dos periodistas y una perra, Pecas.

¿Seguiré cocinando con Lucía y viendo cine de autor en casa los siguientes meses? ¿Tendrá en breve una nueva amiga perruna bajo el mismo techo y yo dos compañeros angloparlantes?

Y ¿porqué no pasará el mal de amores tan deprisa como la hora pico, los carros, o las nubes en el cielo de Bogotá?

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8 pensamientos en “Lecciones diarias

  1. Ya dijo alguien, que de esto dijo muchas cosas, que no es el amor quien pasa, somos nosotros mismos. Por eso es fútil esperar a que pasen las tusas. O, llevado al extremo, en realidad tienen el mismo valor los minutos que esperamos a que llegue el taxi, o pase el aguacero, que los minutos entregados al amor más perfecto….

    Y no comparto tu diagnóstico, no es bipolar, el multipolar. ¿Jo ha llegado El Niño todavía:?

    ¿Cómo tienes esta semana para subir a los cerros?

  2. Ostras Jorge, aterrizaste poético. No acabé de entender lo de los minutos y el amor perfecto, pero eso me lo cuentas paseando por la montaña el.. Martes? 😀

    Tenemos niños, niñas, travestis, de todo… Depende del momento del día 😉

    ¡¡¡BIENVENIDO!!!

  3. ¡Hey! ¡al menos se te ve sonriente…! Parece que fueras directa al síndrome del reportero de guerra; cuando está en la lucha está deseando volver a casa y en cuando está en casa, no ve el momento de volver a la lucha…

  4. Hola Cucho 😀

    ¿Qué tal las vacaciones? ¡Qué bien que estés de vuelta! Tuviste sobredosis asiática, ahora tienes sobredosis colombiana 😉

    Y si… Me temo que lo único bipolar aquí no es el clima :O

  5. Je, je… no te culpo, conozco la sensación…

    Pues muy bien, pero no he podido hacer todo lo que quería porque no sabes el tiempo de horror, frío, rachas de viento y lluvia sin tregua que tienen en toda la zona del Canal. Como para pedalear, vaya. Pero muy bien, me ha despejado bastante, que era de lo que se trataba, de levantarse de la silla.

    La verdad es que te he ido leyendo por el camino mientras se me caía la tienda de campaña encima, ¡no me he perdido nada!

  6. Recuerdo un verano en Bretaña, allá por el año 2000, con la familia de mi novio de entonces: yo paseaba en forro polar, impermeable y pantalón largo bajo el cielo gris oscuro por la playa con una cara blanca y congelada cual merluza mientras ellos -padre, madre, él y una hermana- se despelotaban y salian corriendo para nadar en un agua que estaba como a 16-17º C. Luego se secaban y se ponían el forro encima sonriendo transidos y revigorizados.

    A mis ojos se trataba de algo todavía más surrealista que el hueco delante de la casa de Dani.

    Nota: Todos los protagonistas, salvo yo, eran alemanes…

    Cuando me contaste tu destino recordé esa escena. Veo que las vacaciones por la región siguen siendo climáticamente extremas, aunque supongo que tendrías días de mantos floridos, cielo añil, nubes barrigonas y hierba meciéndose con la brisa haciéndote cosquillas en las piernas a los bordes de los senderos costeros…

    Me alegro que las vacaciones hicieran su efecto ¡Y me da risa imaginarte apuntalando la tienda con la tapa del ordenador!

  7. ¡Ja! ¡qué bueno! Nosotros dejamos a la hija de uno en La Baule con sus primos franceses ¡y contaba exactamente eso! en jersey en la playa y los primos en el agua el día entero…no entendía nada ¡siendo de Málaga, imagina! 😀

    La cosa es que no, ni un día de tregua. Horas, quizás. Hemos subido a la costa por el canal Nantes-Brest (como tienen organizado allí el cicloturismo es una envidia cochina) y esa parte no estuvo muy dramática aunque sí bastante incómodo por el barro y el casi permanente chirimiri, pero yo que soy habitual de la costa norte de Bretaña en agosto, te digo que lo de este verano allí no tiene nombre. Una pesadilla. Un no-verano.

    Oye, pero lo de leerte por las noches con un cazo de sopita caliente con fideos en la mano mientras aguantaba la tienda con la espalda, ha tenido su punto. Como en el Annapurna, vaya.

  8. No hace falta salir de Europa para hacer turismo extremo: Bretaña… ¡La aventura en estado puro!

    😀 😀 😀

    El próximo año ya puedes ir a los Annanpurna de verdad: ya vas “acondicionao” 😉 Quien sabe desde que lugar esté retransmitiendo yo entonces… 🙂

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