Realidades, distribución y cosmovisiones


Steven es otro de mis amigos que cuadra en el esquema de rolo con conciencia social y ecológica.

Un día festivo cualquiera me propone el siguiente plan: visita a la casa de los que está construyendo para la comunidad wounaan, tras encontrar medios debajo de las piedras, en Ciudad Bolívar -Steven es arquitecto-, y posterior almuerzo con el colectivo indígena de la Universidad Externado de Colombia en la casa misak.

Evidentemente me falta tiempo para apuntarme.

Mi amigo me abre las puertas, en un solo gesto, a dos de las realidades más duras y apasionantes de Colombia.

Ciudad Bolívar -en el suroccidente de Bogotá- es una de las zonas más deprimidas de la ciudad -zona roja, según las autoridades distritales- donde se acumulan familias de escasos recursos, vendedores de droga, pandilleros y desplazados por la violencia desde otras zonas del país. Este es precisamente el caso de los cientos de familias indígenas y negras que abandonaron sus tierras en el Chocó, el Valle del Cauca o la Orinoquía, y emigraron a Bogotá escapando de la muerte a manos de la guerrilla, los paramilitares, o el veneno fumigado desde aviones del ejército para destruir las plantaciones de coca.

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Llegamos muy temprano y los hombres wounaan ya están trabajando con un ritmo relajado.

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Mientras Steven saluda, charla, revisa los avances, y da instrucciones en su tono suave y conciliador, su amigo Mario se interesa por la suerte que han corrido las personas integradas en su programa de inclusión en la Universidad, muchas de las cuales se descolgaron, fundamentalmente por no poder costearse la alimentación y el transporte en la ciudad -las matrículas son financiadas-, o por la maternidad.

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Yo, mientras tanto, sonrío, saludo a todas las personas que me presentan, y observo: observo como las mujeres y las niñas me miran y sonríen, a su vez, tímidamente. Observo cómo calientan agua en una miniestufa y llenan un barreño de plástico con agua humeante. Observo cómo las niñas -en chancletas y tosiendo- regresan envueltas en una toalla para asearse. Observo cómo la abuela extiende el champú adquirido en algún comercio por bolsitas sobre su negro y fuerte cabello… Seco. Observo cómo la ropa remendada se almacena ordenadamente en un clavo en la pared, y me parece escuchar otra voz infantil tosiendo desde su cama.

Esta gente, que proviene de las tierras más calientes, más hermosas, más fértiles y más selváticas de Colombia; que tiene un estrechísimo vínculo con la naturaleza y con la tierra, se despierta cada mañana con el frío en los huesos, sin ropa y calzado adecuados para abrigarse, en casas llenas de huecos y corrientes, y con ladrillo visto frente a sus ojos.

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Dejo a los chicos trabajando, voy a dar un paseo por los alrededores, y sigo observando: las casas con un alegre toque de color, los escombros en las calles, las vecinas que salen en pijama a comprar tamal para desayunar, decenas de perros igualitos que Linda que ladran y muestran los colmillos al pasar por su lado, y la miseria.

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Y escucho: que el hijo de la casa lleva en Bogotá 8 años por lo que, junto con su lengua nativa habla español con acento rolo; que ve a su esposa y su niño cada muchos meses; que le salieron una bolas en la cabeza no se sabe si del frío o de la alimentación; que hace tiempo desconoce el paradero de su hermano…

… Con los ojos húmedos también escucho al patriarca contar que no regresará a su tierra; que los árboles de borojó así como infinidad de animales murieron; que el río y la tierra se contaminaron; que a los niños les salieron granos y tienen problemas respiratorios; y que, en definitiva, ya están construyendo una casa wounaan -un tambo de cemento-, en Bogotá. Creo que no es difícil hacerse una idea de lo que será de la cultura, de la lengua, del territorio de esta gente, en un par de generaciones.

De bajada llevamos a los abuelos y a la niña enferma, con fiebre, expresión seria y ojos vidriosos, al médico. Para ello nos embutimos 7 personas -hijo, abuelos, nieta y los tres iniciales- en el Renault 4 de Steven y, a continuación, nos dirigimos con el primero a nuestra siguiente cita: el encuentro con los estudiantes.

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Con los guambianos que nos reciben en la casa que los misak tienen en el centro de Bogotá para reunirse y acoger a los que llegan a la urbe, vamos a comprar los ingredientes de un sancocho -guiso típico colombiano- para unas 30 personas: se espera a afluencia de compañeros guajiros wayuu, chocuanos wounaan, caucanos misak, junto con los cuatro únicos blancos (o medio blancos) de la reunión: Steven, su amigo, Linda y yo.

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A diferencia de la gran mayoría de los que he podido conocer en su entorno -que suelen mostrar cierto rechazo o, al menos, reticencia, hacia lo externo-, o los que malviven con la venta de pulseritas tradicionales y las limosnas en las calles de Bogotá, los indígenas universitarios manejan a la perfección el idioma, no siempre llevan su vestimenta tradicional y son extremadamente amables, sonrientes y dispuestos a charlar. Tienen conciencia del rol que juegan en sus comunidades, a la vez que son críticos con el manejo que se está haciendo de las relaciones entre sus pueblos y el Estado.

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Hubo un momento en el que me planteé muy seriamente comenzar investigaciones en las comunidades indígenas y negras colombianas como forma de dar rienda suelta a mi vena viajera, social y curiosa dentro de mi trabajo oficial. Con los últimos acontecimientos, no descarto pasar alguna temporada con ellos, y escribir al respecto, pero ello no será -o, al menos, no exclusivamente- en el marco de un trabajo jurídico.

Hablando de minorías y de contrastes, esa misma noche Linda y yo nos trasladamos al apartamento de Steven que, como buen rolo, también tiene aspiraciones botánicas en forma de artísticas materas hechas con botellas de gaseosa, bastante más comedidas que las de la familia Salazar (aquí). En menos de 12 horas pasamos de estar en lo más profundo de Ciudad Bolívar a vivir en la zona norte de la ciudad.

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Durante los siguientes días fui la única vecina en bajar al perro en pijama por la noche al parque frente a la casa, y Linda la única cuadrúpeda criolla del lugar, así como la única en caminar libre -y torcida- frente a los lujosos edificios residenciales, seguida por la mirada de desconcierto de los porteros, los conductores de Lexus, y los vigilantes de seguridad de una de las zonas más exclusivas de Bogotá.

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La vida no sólo no es un lugar seguro, sino que además es un lugar profundamente injusto y hostil para los millones de personas que no pueden escapar de sus realidades, la distribución que les tocó y las cosmovisiones de otros…

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4 pensamientos en “Realidades, distribución y cosmovisiones

  1. Hola Manuela,

    la que planteas es la gran pregunta que yo misma me hago a menudo. Concretamente con el tema de Palestina, que a mí me toca directamente, hay veces que pienso coger un avión e irme allá para, por lo menos, ayudar a alguien, si puedo. Supongo que desde nuestra posición de persona individuales sin dinero ni poder es difícil llegar a soluciones globales… Pero te contaré una historia:

    Un señor paseaba todas las noches por la playa arrojando las estrellas de mar que quedaban fuera al agua. Un día un vecino le dice:

    – Pero hombre, no se da cuenta de que cada día, en todas las playas del mundo mueren miles de estrellas de mar, y que lo que está haciendo es una pérdida de tiempo.

    El señor lo mira, mira la estrella del mar depositada en la palma de su mano y, mientras la arroja a su elemento le responde:

    – A esta sí le sirvió.

    Este es un pensamiento que tengo a menudo con Linda, cuando pienso en los perros que están en la calle que necesitan una familia.

    En definitiva, creo que cualquier cosa sirve, desde una sonrisa y una bolsa de leche y arroz, a voluntariados, a escribir y divulgar, a construirles una casa como hace mi amigo Steven… Hay miles de causas, miles de formas de actuar, miles de momentos vitales de cada uno… Y a veces la forma te llega a tí, sin buscarla, por una parada a comer en una bomba de gasolina de vuelta de los Llanos, o por un comentario de un amigo en una manifestación.

    Un abrazo, amiga.

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