Reforestando Bogotá


A la familia Salazar Muñoz, los protagonistas de los momentos más hilarantes de mi vida bogotana

El bogotano, cachaco o rolo se caracteriza por ser emprendedor, tener conciencia social y por su amor a la tierra -esto último, quizás, por el contraste con la enorme cantidad de cemento que lo circunda-.

Al menos los que yo conozco.

Quien ponga en duda mis palabras tiene la mejor prueba de ello en las experiencias que compartimos con los amigos que nos acogen bajo su techo a nuestra llegada a la “Atenas suramericana”.

Ese domingo mi amigo -llamémosle Tomás, para preservar su identidad, aunque todo el mundo sabe de quién se trata- se despierta inspirado y feliz.

Esto suele desembocar en alguna idea, más o menos peregrina (generalmente más que menos). En este caso concreto, se levanta con ganas de plantar un árbol frente a su casa. De esa manera me da una gran alegría -dice risueño-, ya que siempre me quejo de la falta de verde en el barrio de Galerías, contribuye a la mejora del ambiente de la ciudad, a la vez que alegra la vista de los transeúntes y la de todos los que allí residen.

Curiosa, y viendo que Tomás y su padre cruzan el salón cargando un instrumental que no conozco, los sigo hasta la calle y me encuentro con esto:

La licencia de obras parece ser, al menos en este barrio de Bogotá, papel mojado, ya veremos hasta qué punto.

Los escasos paseantes a esas horas de la mañana miran sorprendidos a estos dos hombres en chancletas y pantalón corto, que parecen extras de “El planeta de los Simios”, destrozando el pavimiento a golpes, pero nadie dice una palabra. Sólo un señor advierte:

-¡A ver si van a rompen una tubería, oiga!-.

-Tranquilo, señor, se trata de un huequito superficial, no más-.

Y entonces:

Vergüenza -“pena” colombiana-, risa, arrepentimiento, risa, incredulidad, risa… Todas las reacciones propias de cuando un@ la mete hasta el fondo, nunca mejor dicho.

Tres horas más tarde…

¿Se creen que alguien avisó al acueducto? Los transeúntes continúan su marcha impasibles tras lanzar una mirada curiosa a la original escena que se reproduce ante sus ojos ese domingo en la carrera 24 con 51.

Conclusión: por intentar hacer un favor al planeta plantando un árbol, cientos de litros de agua se perdieron esa mañana en la ciudad de Bogotá.

A día de hoy el hueco se encuentra cubierto de tierra y nuestros protagonistas mantienen la intención de plantar su árbol aunque, a la vista de la proximidad de la tubería, reconsideraron su propósito inicial: ahora la idea es plantar “uno chiquito, así de tres metros no más”.

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2 pensamientos en “Reforestando Bogotá

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