Check-out, España; check-in, Colombia


“Señoras y señores, bienvenidos al aeropuerto de El Dorado de Bogotá”.

Después de diez horas de vuelo yo, que tengo dificultades para permanecer sentada el tiempo que dura una comida, ante la visión aérea de los prados verdes, los edificios cuadrados, las nubes grises y bajas -igual que las temperaturas de la cordillera andina a sus 2.600 metros de altitud-, siento, curiosamente, pereza.

No me importaría seguir en el aire otro par de horas.

Seguramente influya decisivamente el hecho de que una amiga con la que me hacía especial ilusión reencontrarme, y con la que compartíamos proyectos de todo tipo, me “dejara” por un mensaje de Facebook hace escasos días por motivos de los que no tenía noción ni conocimiento -amén de profundamente injustos, en mi opinión-. Asumo que el conflicto y el desengaño forman también parte de la vida, pero estoy ciertamente harta de separaciones sin aviso, sin diálogo, con solución de continuidad, que ya han sucedido demasiadas veces desde que empecé a relacionarme con esta tierra.

Estoy empezando a pensar que sufro de una incompatibilidad genética para interaccionar con colombian@s -y, en concreto, con las vísceras de algunos de ell@s-, lo que me entristece profundamente. Quizás tenga que aprender algo de esto, lo malo es que soy incapaz de desentrañar qué.

O quizás lo que tenga que hacer es salir corriendo…

En lugar de eso me dirijo a la banda de equipajes y, con Linda, abandono rápidamente la terminal con la ilusión de abrazar a Dani y a su padre, que vienen a buscarme, aunque no los vea por ninguna parte.

En ese momento me intercepta el funcionario del ICA, encargado del ingreso de mascotas. La documentación le importa poco, más bien está interesado en la tasa que, parece ser, tengo pagar.

-Pero eso es nuevo, sumercé, la otra vez no pagué nada, y en España tampoco hay que pagar nada-.

-Tan raro, acá sí toca pagar 57.000 pesos-.

De puro milagro llevo un billete de 50.000 pesos (unos 20 euros), que pensaba emplear eventualmente para el taxi, en caso de que la familia Salazar no hiciera acto de presencia.

-Bueno, listo, le recibo los 50.000…. Pero no vaya a decir que ingresó, cuando salga tiene que decir que la saca de primera vez-.

-Pero ¿cómo así?-.

-Como no le voy a dar el papel de ingreso, ya que me tocaría poner la diferencia…-.

Traducción: el funcionario recibe como donativo todo mi dinero y Linda entra ilegalmente al país.

A nuestra salida nos recibe… El aire frío.

Ni rastro de Dani.

No tengo forma de comunicarme con él -ya que no tengo saldo ni batería en mi teléfono colombiano-, ni tampoco de llegar a la casa, de modo que, después de dar unas vueltas empujando mis voluminosos bultos con Linda atada del carrito, decido sentarme en el suelo y poner a la perra bien a la vista a la espera de que sean ellos los que me encuentren.

Media hora más tarde una pantalón de entrenamiento de la selección de Colombia, de color naranja fluorescente se avalanza sobre mí y me levanta por los aires.

– ¡¡¡Yamiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!!! ¡Qué bueno que llegaste! ¿qu’hubo? ¿qué mas?

De camino a casa, y mientras nos ponemos al día atropelladamente, Bogotá se muestra sin tapujos: en cerca de veinte minutos llueve, sale el sol, cierro la ventanilla para protegerme del aire gélido y me tengo que quitar la chaqueta para no romper a sudar.

Al bajar del taxi, Linda entra sin titubear en la tiendita familiar de muñecos a pie de calle en el barrio de Galerías, que abandonó hace muchos meses, para plantarse moviendo la cola en mitad del salón… Pero no queda mucho tiempo para saludos: tenemos que salir corriendo, junto con la otra chica que se está quedando estos días en la casa, a una comida en la que mi anfitrión es el encargado de hacer las pizzas.

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Suelto los bártulos, extiendo la cama de Linda, me lavo la cara precipitadamente y pregunto:

-Y ¿la comida a qué hora es?-.

-A las 2-.

Son las 2.30…

-Pero no te preocupes Yami, la está la masa hecha y todo listo. Solo hornear y ya-.

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Cogemos tres bicis del patio y nos ponemos en marcha con lluvia, sol y viento de frente. En la primera parada prácticamente me empotro contra la rueda de mi amigo:

-Dani, esta bici no tiene frenos-.

-Claro que tiene, Yami, lo que pasa es que no son inmediatos-.

Cuando llegamos los invitados charlan sentados alrededor de una mesa y toman cervezas. Nadie parece haber mirado el reloj. En la cocina la masa está hecha… Y sigue siendo una bola enorme que espera ser dividida en pedazos, amasada, aplanada, para luego ser cubierta por productos que están más crudos que una zanahoria crujiente.

A la vista de que la comida va a acabar siendo cena, regreso a casa. En el camino tengo que bajarme y caminar porque la enorme cantidad de partículas dentro de mis ojos arrastradas por el viento me impide, literalmente, abrir los ojos.

Salgo a pasear con una Linda cuyo hocico tiembla ante la nueva cantidad de olores, que llego a percibir incluso yo con mi nariz: almojábanas, ozono, churrasco, y humo de busetas. Como un aspirador recorre las calles sembradas, un domingo, de cristales rotos y bolsas de basura. Se cuelan, de nuevo, pensamientos y preocupaciones que en la tranquila y previsible Europa ni se me pasan por la cabeza: que la perra pueda comer veneno en el parque; que se la lleven si la dejo a la puerta de la tienda; que le puedan hacer daño al intentar defenderme de un ataque; partirme un tobillo en alguno de los huecos de la calle… Y también antiguas situaciones que me hacen verle sentido a mi experiencia bogotana: la hospitalidad de mis amigos y sus familias; las conversaciones en el parque; el intercambio de sonrisas y saludos con los habitantes de la calle con los que, pese a lo diferente de nuestras vidas, tenemos algo en común: un perro noble, simpático, de orejas caídas, sin pedigree -y, en el caso de Linda, además, torcido-.

A la mañana siguiente regresamos a buscar las bicis que dejé candadas ya que, muerta de sueño, nunca regresé a la comida. Emma lleva a Dani en barra y yo llevo a Linda corriendo al lado. Delante nuestro dos sujetos manejan una bici a medias: uno da pedales mientras que el otro, desde la barra, maneja el manillar.

En esta semana sentí el agobio de regresar a un lugar que no me gusta. La impotencia de sentirme presa cuando intento desplazarme en esta ciudad de 9.000.000 millones de personas y miles de coches con Linda en hora pico sin lograr parar un taxi… Bajo la lluvia. También la angustia de retomar las clases desmotivada y con la sensación de que olvidé todo y no tengo ganas de volver a recordarlo. El malestar del jet lag, de la falta de un lugar propio -no sé por cuanto tiempo- y de no poder abrir las maletas. Y experiencias tales como visitar el apartamento más cutre y hediondo que vi en mi vida, con olor a porro y excrementos incluidos.

Por otra parte, hice un amigo nuevo en el parque con el que saldré a montar en bici la semana que viene. Vi un par de lugares en los que me hubiera quedado que, por una cosa o por otra finalmente no resultaron. Mis estudiantes me caen bien, y tengo la impresión de que es mutuo. También dí un par de agradables paseos con Linda a la que aquí no necesito llevar con correa. Estoy conociendo barrios nuevos. Redescubrí la zona norte de la ciudad, en concreto sus zonas verdes, en estos últimos días en los que estoy alojada en casa de mi amigo Steven. Y tengo planes para hacer excursiones y salidas cuando, por fin, logre instalarme y encontrar cierta calma y rutina. Quiero dedicar este tiempo fundamentalmente a viajar y escribir, aunque de momento no encuentre el impulso, ni la concentración, para ninguna de mis dos actividades favoritas.

Como decía con gran clarividencia mi amiga Mariona: “Yami, a ti lo que te da la vida es vivir cerca de tu gente, el sol, y la cercanía a la naturaleza; y en Bogotá no tienes ninguna de esas cosas”. Por eso decidí vivir la mayor parte del tiempo fuera, y venir cuando tenga clase.

Estoy segura de que como residente a tiempo parcial Bogotá me llegará, de alguna manera, al corazón…

… Estoy segura de que me esperan grandes y bonitas sorpresas.

Soy consciente de que tendré que poner mucho de mi parte, pero estoy decidida a estar bien en este país el tiempo que dure aquí.

Linda, que se ha convertido en mi gran amiga y compañera inseparable, además de complicarme la vida sustancialmente por un lado, me ayuda a ponerme los zapatos y salir a la calle. Cada día quiero más a ese animal. En estos días en los que cruzamos medio mundo para llegar aquí, que tenemos que buscar un techo sobre nuestras cabezas, que deambulamos de casa en casa, de parque en parque; ella me sigue… Y asume todas las situaciones más o menos insólitas a las que la expongo como parte de nuestra vida.

Mi amiga peluda de cuatro patas que me mira, me lame, y se acurruca a mi lado diciéndome que, mientras yo esté, para ella está todo bien; que formamos un equipo… Y que no estoy sola.

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4 pensamientos en “Check-out, España; check-in, Colombia

  1. Linda es lo máximo! Bienvenidas a Colombia! Ahora te mando unas fotos y unos datos por el Facebook.

  2. Gracias Manuela y Trufa 🙂

    No sé si lo enviaste pero todavía no me llegó nada por fb.

    ¿Uds. dónde moran? ¿Compartimos el cielo extremo de Bogotá? 😉

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