El esperpento nacional


-¡Bertííííííííín! ¡Bertíííííííííííííín! ¡¡¡¡¡¡¡¡Qué me traigan a Bertín Osborne!!!!!!!!!!!!!!!!-.

Es lo que escuchan mi madre y mi hermana gritar a la anciana, con demencia senil y el corazón desbocado, que ocupa la cama junto a mi padre en las Urgencias del Hospital Clínico, al acudir a la llamada de “familiares de Mohamed”.

-¿Son uds. amigas suyas?- pregunta la enfermera, cuya cabeza no parece concebir que dos mujeres tan claras, tan europeas, sean la familia de un hombre con ese nombre. Y con ese color de piel que destaca entre las sábanas blancas y los rostros pálidos, bajo la luz de neón, del resto de enfermos y del personal.

Mi padre amaneció la mañana de su aniversario de bodas sin poder levantarse de la cama. Pasó dos semanas en casa sin moverse, ni siquiera para ir al baño. La primera de ellas bajo una fuerte medicación; la segunda esperando la visita de su médico, cuyo día de visita domiciliaria se circunscribe al viernes por la tarde. En ese tiempo Linda se movía por la casa como un fantasma para no molestar, y se echaba a su lado para acompañarle.

Entonces vino a buscarle una ambulancia. Iba tan dolorido, con los ojos cerrados, que ni sintió mi beso de despedida.

Y lo trajo aquí.

Comienzo mi turno de “familiar de Mohamed” a las diez de la noche por razones obvias: tras mi experiencia asiática, estoy acostumbrada a dormir en cualquier parte, incluso en un banco de hospital con megafonía.

Me cuelo un par de veces a verle, aunque las visitas están prohibidas. Su nueva vecina es una joven rumana con dientes de oro cuyo cuerpo, particularmente su vientre, tiembla de dolor. Seguramente ha perdido un niño. Nadie la entiende y necesita un intérprete.

A las dos de la mañana, harta de esperar, me dirijo al mostrador para que me informen de qué carajo pasa…

-¿Ah, pero no la han avisado?-.

-No-.

-Hace dos horas decidieron que quedaba ingresado esta noche-.

Quizás el encargado pensó que un tal Mohamed no tendría familiares ni perrito que le ladre en España… Y resulta que sí, que tiene ambos.

Mi padre pasó dos días en las Urgencias Generales atado a una “bomba” medicamentosa, en jerga médica. Unos decían que podía comer sin problemas -aunque nadie se acordó de llevarle nada-, otros que la medicación es tan fuerte que cualquier cosa en el estómago -incluso agua- podría hacerle vomitar.

A la vista de que no tiene ningún efecto lo derivan a Urgencias de Traumatología.

¡Qué bien! La sala es más pequeña y hay horarios de visitas: dos personas máximo, media hora, a la una y a las siete de la tarde.

Mi madre aprovecha su turno y está a la una para darle de comer.

Mi hermana y yo llegamos puntualmente a las siete y nos encontramos con que eso del horario de visitas es una entelequia.

Tampoco hay médicos que le informen a una, ni a él mismo, de lo que están haciendo. En el hospital el médico es como el Primer Ministro, sólo se accede a él a través de intermediarios.

Aparece una enfermera:

-¿Y eso para qué es?- (refiriéndonos al gotero).

-No sé-.

-¿Y el médico cuando pasa?-.

-No sé, están muy ocupados-.

-¿Y cuánto tiempo está previsto que esté aquí?-.

-No sé-.

Esta conversación se repite durante dos días más con todo el que desfila por allí.

Me hago amiga de uno de los administrativos, primero para desahogarme con alguien acerca de la situación de la sanidad pública española -otrora tan puntera y de fama mundial y hoy, tras el paso de las tijeras, propia de un país en vías de desarrollo-; y, segundo, para hacer mis investigaciones acerca de si le han pedido cama en planta:

Negativo.

Y acerca de si hay pruebas previstas:

Negativo.

Hastiada ante la falta de información y la prolongación de tal secuestro sin sentido, hago un acercamiento algo incisivo con la doctora, señalándole que sé que la ficha de mi padre solo contiene la hora de ingreso, hace ya cuatro días.

-Y ¿cómo lo sabes? ¿Conoces alguien aquí?-.

Nos dice, por fin, varias cosas… Un tanto contradictorias: 1) hasta que no finalice el tratamiento contra el dolor -con el que lleva veinte días sin que haga efecto- no se sabe si ingresa o si le dan el alta, 2) Que ya se pidió cama (¿?) y que con semejante cuadro tendrá que ingresar seguro, 3) que parte del hospital está cerrado por lo que, debido a la escasez de camas, es posible que pase tiempo antes de poder subirlo a planta. Y para concluir añade que estar tumbado es lo peor que podía hacer. Junto con un enfermero, le hace incorporarse y sentarse, por lo que mi padre acaba destrozado. Primero por el dolor. Y segundo porque no entiende cómo nadie le dijo esto hace días al ingresar…

… Ni en los 20 días precedentes.

Y sin tener un diagnóstico.

Mientras tanto se alimenta a base de sandwiches de pavo y yogures hasta que una enfermera adorable que se compadeció de él, mueve todos sus hilos para conseguirle una cena de hospital. Y harta de vernos apostadas en la puerta para aprovechar cualquier momento para verle y entretenerle un poco, nos deja pasar cuando las cosas están tranquilas: es decir, cuando no entra ninguna urgencia.

Ese es el motivo de que no veamos las escenas que refiere, espantado, mi padre, que cada día tiene peor cara y peor ánimo a base de escuchar alaridos de ancianas que ingresan por decenas con la cadera rota y a las que hay que colgar un peso de la pierna durante horas para recolocar el hueso, amén de otros casos más o menos dramáticos, todos ellos acompañados de muchas lágrimas, muchos rostros descompuestos, y mucho sufrimiento.

Y es precisamente uno de esos casos el que da un giro a su destino…

Continuará

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Un pensamiento en “El esperpento nacional

  1. Yami, es cierto, parece un país en vías de desarrollo; es más creo que a mi octogenario padre lo tratan mejor y con mayor eficiencia.

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