Instantes de eternidad


Hoy murió en padre de un buen amigo.

En esta casi noche de luna casi llena, él y su compañera asisten, junto con el resto de la familia congregada en torno al féretro, a la ceremonia de cremación. A muchos kilómetros de distancia yo -saltándome por enésima vez mis propósitos de iniciar una dieta vegetariana-, como un sandwich bikini observando, desde los amplios ventanales de la cafetería de la estación, esa alegoría de la vida que es la vía férrea que se extiende, recta, a mis pies, perdiéndose en la dorada luz del atardecer.

Aunque me hubiera gustado mucho, no puedo darles un beso porque en este momento me encuentro en Segovia -curiosamente el lugar de procedencia del difunto-, paso apenas unas horas en Madrid, y en seguida salgo, de nuevo, de viaje.

Mientras pienso en ese señor al que nunca vi pero del que tanto escuché -y que se encuentra a punto de abandonar este mundo del mismo modo que en tiempos más románticos lo hacía la combustión del carbón en los trenes como el que me dispongo a abordar-, una lágrima cae de mi ojo izquierdo y resbala sobre la servilleta que dice “Gracias por su visita” (nunca fueron particularmente absorbentes esas servilletas). Hasta la coletilla en tinta azul que acompañó los desayunos de barra de bar de cualquier español/a que se precie tiene, en este contexto, una connotación existencial… ¿Gracias por nuestro paso por este mundo, quiere decirme?

Ese hombre es cualquiera de los que aún estamos aquí y alguna vez estuvieron. Seguramente tuvo una vida hermosa y difícil -como lo son, en definitiva, todas, con variaciones en la proporción-. Además contribuyó de la manera más activa posible a que mi amigo, su humor ácido, su nobleza, su tranquila cadencia y su inconfundible estampa sobre la bicicleta, nos acompañen hoy en este mundo, por lo que no puedo más que sentir una oleada de cariño y agradecimiento hacia ese conocido perfecto desconocido.

A él le deseo bienestar allá donde se encuentre -en el cielo, vagando por el espacio, convertido en animal o conformando polvo de estrellas-. A su hijo le deseo sensibilidad para mantener a su padre a su lado pese al dolor, y entereza para integrarlo en su vida en esta nueva forma -estoy segura de que, con ayuda del amigo tiempo, lo hará espléndidamente-. A ella todo el cariño, apoyo y comprensión; y a ambos, que compartir esto les sirva para unirse más todavía.

La partida de alguien para siempre detiene, aunque sea por unos segundos, la inercia de las vidas que se quedan. Durante esos instantes de aire atrapado en los pulmones, zumbido en la cabeza y sensación de desmayo, la muerte nos coloca al borde del abismo cósmico de la existencia.

Como puente entre ambos estados -y en términos más fácilmente asumibles por la mente-, nos conduce a reflexionar acerca de qué hacemos con ella -con la existencia, quiero decir- ¡Lástima que en seguida la inercia recupere su puesto y nos conduzca rauda hacia lugares a los que muchas veces no queremos llegar! Ojalá los efectos de la muerte se quedaran más tiempo para orientarnos en nuestros pasos, ponernos frente a los ojos lo realmente importante, ayudarnos a relativizar, valorar, apreciar lo que nos rodea, luchar por lo que queremos, sonreír, amar, abrazar, bailar, acariciar; hoy, ahora, en este instante….

… Mientras estamos vivos.

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Un pensamiento en “Instantes de eternidad

  1. Gracias, amiga Battuta, quien quiera que seas, confortas con tus palabras y ayudas en los duros momentos. Sabes que se te quiere por eso, entre otras virtudes que tienes.

    Besos

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