Encuentros


Él es grande, fuerte, rubio y rubicundo.

Yo soy morena, pequeña y, salvo con mi característica barriga y pecho que comienzan a despuntar tras más de tres semanas a base de dieta casera mediterránea, mis extremidades son de tercermundista.

Angus es cazador, y sus 22 kilos son puro músculo.

Linda tiene ancestros probablemente pastores. Sus 20 kilos son una mezcla de pelo, dientes, un pecho extraordinariamente desarrollado para compensar un tren trasero maltrecho, y las rotundas ancas propias de una hembra colombiana.

El tiene los cachetes rojos, quemados por el sol, sobre unos intensos ojos azules.

Yo llevo un sombrero de paja que cubre tanto mi cara como mis ojos oscuros.

Angus estuvo a punto de llamarse “Garrapata”, al estar colonizado por ellas cuando lo encontró, calculan que a los tres meses de edad, en un campo de naranjas de Valencia.

Linda estuvo a punto de llamarse “Gordi”, cuando la encontré, hecha un saco de huesos, calculan que al año de edad, en una gasolinera a medio camino entre los Llanos Orientales y Bogotá.

Él se encargó de Angus solo.

Yo de Linda también… Con una mano -gigante- que me echaron buenos amigos en Bogotá y que me echa mi familia cuando estoy en Madrid.

Angus es hiperactivo, no conoce comandos, puede pasar horas corriendo y regresa cuando él quiere. Con la cantidad de calcetines, CDs y libros rotos en su haber podrían llenarse varios armarios y bibliotecas.

Linda se demoró meses en poder dar un paseo normal y tiene una infección en la sangre que requiere un control constante, así como un estómago delicado. Saber esperar a las puertas de los comercios, parar frente a los pasos de cebra y tiene más vocabulario que algunas personas. Puedo dejarla toda la noche a la puerta de mi cabaña con la certeza de que no se irá sin mí. Con la cantidad de personas de las que me defendió en los últimos meses se podrían llenar estadios de fútbol.

Él vive en una casita junto a la playa y trabaja en Cullera, a siete kilómetros en coche de allí.

Yo acabo de regresar de un viaje en bici por el sudeste asiático y trabajo, al menos de momento, en Colombia. Mi casa está hoy está en Valencia, mañana en Madrid y la semana entrante… ¿Quien sabe?

Angus conoce al dedillo la Comunidad Valenciana y sus dominios son la playa del Brosquil y la montaña de Alzira.

Linda ya cruzó el charco dos veces. Con su adopción consiguió pasaporte europeo. Es ciudadana bogotana, madrileña, valenciana y de Barcelona, y conoce su tierra, Colombia, como la almohadilla de su pata.

Linda y Angus hacen carreras y se persiguen haciendo quiebros y cabriolas a la orilla del mar con sendas sonrisas, que dejan a la vista sus respectivas dentaduras, y las orejas al viento. Angus, negro como la noche, se mueve con la elegancia y a la velocidad de un brioso corcel. La damisela amarilla causa asombro tanto por la velocidad que alcanza como por el hecho de que lo haga con la espalda torcida, la cadera descuadrada y una pata desprendida de la cadera.

Él siempre lleva la correa roja de Angus colgando del cuello.

Yo olvido sistemáticamente la correa rosa de Linda en casa.

Preocupado de que pueda hacer daño a la niña en uno de los violentos revolcones, intenta salvaguardarla retirando a Angus a la vez que toca su cabeza con una mezcla de lástima y ternura.

Yo, con la relajación aprendida tras muchos meses de incitar a Linda a caminar, correr, saltar y jugar, pese al miedo a que se desbaratara, apelo a su tranquilidad, mientras que, con el corazón en un puño y, a la vez, orgullosa como una madre, veo a mi rayo dorado rodar, caer, revolverse, chocar contra alguna piedra, y galopar, con la lengua fuera y la cuarta pata al viento, en pos de su amigo.

En los últimos días los caminos de los cuatro protagonistas de esta historia se cruzaron cada vez que puse un pie en la playa y es muy posible que, cuando Linda y yo nos vayamos mañana, nunca nos volvamos a ver.

Nuestras vidas y nosotros mismos somos como el día y la noche y, sin embargo me siento cercana a a ese extraño conocido de la playa: compartimos la compasión que nos llevó a seguir un impulso que nos cambió la vida.

Angus y Linda también tienen algo que los une: ambos encontraron un compañer@ de equipo al que mirar a los ojos y ver en ellos su casa.

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6 pensamientos en “Encuentros

  1. Supongo que esto ya lo habrá dicho mucha gente: Linda (y tú) son unas afortunadas de encontrase la una a la otra. Y definitivamente hacen un muy buen equipo 😀

  2. Gracias Diego,

    me alegra que tengas esa impresión 😀

    Yo creo que lo más obvio en nuestro caso es ese “je ne sais quoi”, ese aire de familia… 😉

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