¿Ave Fénix II?


La cuestión es que, pese a lo que decía de -¿proseguimos?-, en realidad no tengo ganas de continuar…

Pero en una semana llegan mis amigas -las dos únicas supervivientes que quedan del plan inicial de viajar, un grupo de seis personas, por el norte de Tailandia en Navidades-, a Hanoi para recorrer juntas, durante otras dos semanas más, la zona norte de Vietnam.

Por eso la fecha de vuelta es para dentro de 3 semanas.

Va a ser un reto mental importante afrontar esta última etapa del viaje con estas premisas. Y físico: la parte que viene es montaña, en concreto las montañas de Sapa.

Dado que, como ya he comentado en alguna ocasión, lo más importante sobre una bicicleta es la cabeza, la primera parte es la más complicada.

En cualquier caso, teniendo en cuenta que, como decía Louise Hay, la vida puede cambiar en un día… Imagínense lo que puede ocurrir en varios bloques de 24 horas. E imagínense lo que puede ocurrir en varios bloques de 24 horas estando de viaje. E imagínense lo que puede ocurrir en varios bloques de 24 horas cuando quien está de viaje es Ms. Battuta… Es decir, que hacer hipótesis y preocuparse en este momento no tiene ningún sentido.

Es el momento de desmotivación más profundo el que Chelo, desde Epaña, elige para esponsorizarme, igual que ocurría con Katniss en los Juegos del Hambre:

Su ayuda llega en forma de mensaje con información sobre My Son, un conjunto arqueológico enclavado en mitad de la selva que sufrió estragos durante la guerra contra EE.UU, por lo que no pensé que no valdría la pena visitarlo.

Casualmente me encuentro en el punto del mapa más cercano de acceso a ese lugar.

Lo interpreto como una señal para que me ponga en marcha, y me la juego: desde el punto de vista físico -ya que estoy débil por la enfermedad- pero sobre todo, de nuevo, mental: las ruinas se encuentran a 45 kms. de Hoi An, por lo que no me siento en condiciones de ir y volver en bici. La alternativa es, por tanto, ir en bus con otros turistas, y ya conocen mi experiencia con la excursión a los túneles de Cuchi (aquí).

Como vivo a las afueras, a las 7.30 de la mañana me encuentro sobre Milady dispuesta a recorrer la distancia que me separa de la agencia en la que me han reservado la plaza.

Espero en la agencia un buen rato charlando con el vendedor, que habla un ingles bastante fluido y comprensible y se encuentra interesadísimo en mi vida. Entretanto hace varias llamadas. A continuación oigo gritos y, por la cara de enfado, intuyo que algo no va bien con mi excursión.

Me dejó el bus… Igual que le pasó a Danielle.

Parece tratarse de una costumbre local con bastante arraigo.

El pensamiento de enfadarme cruza fugazmente por mi mente para desecharlo inmediatamente: en lugar de eso le explico al sujeto que no hay mal que por bien no venga -máxima muy práctica en la vida en términos generales, y de la que además tengo evidencias a diario-. Por otra parte, aunque sí quería ir a las ruinas tampoco me moría de ganas de meterme en el autobús.

Por la cara que pone me da la impresión de que piensa que me fumé un porro con el desayuno.

¿Qué otras posibilidades hay para llegar a My Son? -sondeo-.

Taxi, coche privado, moto con el tipo que se ofrece a llevarme…

Dejo que todas las opciones bailen un momento dentro de mi cabeza y me decido por el coche: veo al vendedor un poco lanzado y no me apetece intimar por esos derroteros.

Me recogen bajo el cocotero a la 1. Es perfecto: puedo despedirme de Danielle, a la que dejé durmiendo, pasar la mañana con ella, quizás encontrar a alguien que me quiera acompañar… Y llegar a My Son en el momento en que se van los buses de los turistas.

Al primero que me encuentro al llegar es a Nono, un portugués con el que me llevo cruzando varios días, yendo cada uno de nosotros en direcciones opuestas. Y por esta vez nuestros caminos transcurren paralelos y vamos juntos en su moto alquilada de excursión.

Cuando me subo detrás suyo me comenta, con una tranquilidad pasmosa, que acaba de aprender a manejar la moto con tutoriales de youtube…

En el momento en que estoy a punto de decirle que casi mejor vayamos a la playa, me aclara que lo que aprendió fue el manejo de las velocidades.

Cada vez que arrancamos aquello parece un toro mecánico con lo que sólo me falta abrazarle con las piernas para sujetarme… La verdad es que es muy divertido. Una vez en marcha, sin embargo, controla perfectamente la moto, con lo que voy tranquila.

Compruebo lo que es viajar con gps. Funciona… Relativamente. En mitad de los arrozales no sabe como orientarse y soy yo la que nos saca de allí reproduciendo el camino que hice para llegar hace casi dos semanas.

Por lo demás, en carretera ese aparato de verdad sustituye a las personas, los mojones y los carteles de los autobuses, y “sabe” por dónde ir… Curioso procedimiento, ciertamente.

Les dejo un retazo de la banda sonora original vietnamita en una parada de repostaje: ¡pónganlo al volumen que escucharían su canción favorita!

Me gustan las ruinas, y también el entorno y el viajecito hasta allí pero, sobre todo, lo que simbolizan: volver a disfrutar incursionando en el ámbito de lo desconocido.

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A la mañana siguiente, aunque me cuesta un poco abandonar el entorno en el que pasé los últimos 13 días, me siento con ganas y con fuerzas de proseguir. Nunca antes había hecho una parada tan larga, ni creo había pasado tanto tiempo en un mismo lugar durante unas vacaciones… Curiosa etapa ésta.

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Preparo las alforjas con la sensación, casi, del primer día. Y lo mismo ocurre con la pedalada. La bici se siente, de nuevo, extraña con peso…

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4 pensamientos en “¿Ave Fénix II?

  1. 1. Te entiendo. Ser el lider ó el unico interesado por descubrir cansa, y desmotiva.
    2. Te lo dije. grandes expectativas por Vietnam, y no tuve conexión con ese país.
    3. Hay lugares en los que el tiempo es corto, otros en los que es eterno.

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