Hoi An: un agujero negro junto al mar de la China meridional


Inicialmente pensé quedarme en Hoi An, la perla de  Vietnam, un par de días. Después pensé en alargar la estancia a tres y, cuando hacemos cuentas esta mañana, resulta que me quedé en Hoi An, a la sombra del cocotero… ¡13 días!

Esa es mi manera particular de declarar que todos lo números traen buena suerte.

Y en estos 13 días pasaron 13 cosas que les narro a continuación:

1. Entrené intensivamente para trabajar como trapecista del Circo del Sol.

Dado que soy despistada, y además desordenada, cada día subo y bajo una media de 30 veces a mi litera buscando el dinero, las gafas de sol, la música, la navaja o los calcetines…

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2. Me mordió otra hormiga en el pie.

Creo que aprovechan cuando estoy despistada hablando con alguien para atacarme. Y tienen fijación por hacerlo cuando llego a la costa.

Entre eso, y que la cafre de mi primera -y ultima- pedicurista (en Cartagena de Indias) me rompió la base de la uña -de manera que ahora crecerá, por los siglos de los siglos, partida-, siempre soy la mujer con los pies más sexys de la playa.

Esto es así hasta el punto de que mis extremidades inferiores fueron objeto de atención por parte de un fotógrafo de prensa durante un Congreso sobre indígenas años después, en esa misma ciudad, que las retrató disimuladamente, ignoro con qué fin -intuyo que morboso-, cuando pasó por mi lado.

Esta manía animal me ha valido asimismo el apelativo de “galleta de soda con pies de troll” por parte de los seis colegas que me llevaron a la clínica del Country después de mi primera incursión en el Pacífico colombiano. Curiosamente ese es su recuerdo más vivo del Congreso que nos reunió y de la cena posterior. Asimismo fueron dos mordidas de hormiga las que me hicieron subir cojeando a la tarima en mi última exposición pública en el auditorio más grande que haya pisado hasta ahora (cuando dejé a Dani y a Linda en San Basilio de Palanque buscándose la vida para llegar a Cartagena: aquí).

3. Mi camino vuelve a cruzarse con el de la familia canadiense: de nuevo sentados a la mesa de un restaurante y de nuevo frente a un mantel de cuadros.

Cada encuentro -Don Khong en Laos; Ho Chi Minh y ahora Hoi An, en Vietnam- ha sido una declaración de la vida de que es ella quien dispone y quien nos coloca, como piezas de ajedrez, en el tablero del mundo.

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La idea de visitar Canadá -en bici- que ya hace algún tiempo ronda mi cabeza, avanza puestos y abandona la parte de atrás para irse ubicando en la parte frontal.

4. Milady y yo recibimos sendos piropos ante los que no sabemos si llorar o reír:

Al vernos aparecer en la ciudad juntas, Aitor, el otro español del dormitorio se lleva las manos a la cabeza y, riéndose a carcajadas, me dice que no se explica como logré llegar en ese “cacharro”. Los latinos somo así: unos cachondos mentales… Milady, con su pose desgarbada habitual, me mira y se encoge de manillares. Ya está acostumbrada.

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Es cierto que mi bici no es lo que muchos se esperan como compañera de viaje: se trata de una Orbea híbrida de 300 euros (algo menos de 1.000.000 de pesos), cuyas ruedas tienen el mismo diámetro que una bici de carretera -es decir, permite avanzar algo más rápido que una de montaña-, pero a la vez tiene una cubierta que permite circular por trochas, piedras y arena si es necesario -si bien al ser más alta es más difícil mantener el equilibrio-. Tiene 21 marchas, frenos de zapata y unos 13 kilos de peso, y se encuentra adaptada para viajar con sus calapies, un transportín y un sillín blandito.

En el imaginario colectivo, un viaje de estas características requiere de una bici ultraligera, de carbono, con un sistema de navegación integrado, manejada por una persona con músculos marcándose por debajo del maillot.

En realidad Milady es perfecta. Me permite subir puertos de montaña. Con ella puedo circular con mayor o menor soltura en cualquier clase de terreno. Cuando hay mucho barro queda aprisionado en las zapatas y no hay manera de avanzar, pero tiene su gracia entretenerse a quitarlo con un palito. Y sobre todo, es resistente y -salvo por su tamaño- discreta. Supongo que, por lo que me conocen, entenderán que con una compañera así me siento mucho más cómoda…

Evidentemente no tendría nada en contra si pesara la mitad, pero la relación peso – precio es inversamente proporcional, por lo que si la reducción implica estar preocupada por si se la llevan, se rompe, o si atraigo demasiado la atención, entonces prefiero bajarme, si la cuesta se pone muy dura, y volverme a subir después.

… Y con este detalle pasamos a mi parte:

Otro de los héroes que se perdió, junto conmigo, los túneles de Cuchi -el chico alemán- apareció también debajo del cocotero y ahora compartimos dormitorio. En una reunión con otros compañer@s hablando, evidentemente, sobre viajes, me señala y me dice que yo paso “desapercibida”.

De primeras mi orgullo femenino se encabrita. Eso es, más o menos, una de las peores cosas que les puedes decir a una mujer…

Entonces miro en torno a mí y veo tipos altos, rubios, de espaldas anchas; chicas grandes, de pelo claro y de muslos que son dos veces los míos. Todas y todos llevan pantalón corto y tirantes. La mayoría tiene ojos claros… Y sí, con mis 1.63 cms, 49 kgs. de peso últimamente, pelo y ojos oscuros y ropa larga paso mucho mas inadvertida que ninguno de los presentes -aquí, y casi en cualquier parte del mundo- lo que, en el fondo, es una gran suerte, sobre todo para el estilo de viaje que me gusta.

Y ese nimio detalle, ese comentario dejado caer en una conversación casual, encierra, en realidad, la historia de mi vida:

De todas partes y de ninguna…

Para los españoles tengo un acento colombiano apabullante, hasta el punto de que soy tomada por latinoamericana en los comercios; en Colombia soy, sin embargo, “la españoleta”. A los locales que pululan por este lugar les parece de lo más tierno ver a una extranjera lavar su ropa en cuclillas en una palangana, como hacen ellos. Y mis compañeros de cuarto, cuando me ven de espaldas en esa postura, me piden una tortilla para desayunar…

5. Visito la cuidad más bonita de todo el viaje. El sobrenombre de “La Perla de Vietnam” le viene, efectivamente, al pelo.

Decorados:

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Protagonistas:

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La ciudad es famosa por sus decenas sastrerías. Creo que soy la única del dormitorio que no se ha encargado hacer ropa a su paso por Hoi An...

La ciudad es famosa por sus decenas de sastrerías. Creo que soy la única del dormitorio que no se ha encargado hacer ropa a su paso por Hoi An…

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Expresiones de la fe (el observador sagaz apreciará la influencia de la mamá de Obelix en esta parte):

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Además me doy alguna vuelta con Milady por los alrededores. E incluso en el corazón de la ciudad encontramos rincones recónditos y desiertos -también barrios populares- a escasos metros de las calles repletas de turistas…

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6. Hago buenas migas con mi vecina de cama, Danielle, hasta el punto de que, igual que ocurrió con Nathalie, el día de su partida ya no quiere irse, pero ya tiene el billete de bus… Nos despedimos con un fortísimo abrazo. A la hora oigo desde mi litera su inconfundible acento “british“… La dejó el bus, por lo que pasamos otro día entero juntas intercambiando confidencias, ropa, y paseando por la playa.

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7. Incursiono en el mundo de la Medicina por la puerta grande:

En mi calidad de ex-alérgica a las picaduras de mosquito y alérgica a las de hormiga trato a una irlandesa -Rachel- que tiene las piernas como si se hubiera metido en un avispero.

Descubro una dolencia nueva y acuño el término con el que será conocida a partir de ahora por la Ciencia médica: sandfobia o fobia a la arena.

El detonante es James, el vecino de la cama de enfrente, que se me pega a dar un paseo en la playa con unas botas de montaña con una suela de 3 cms -el nombre del transtorno es en inglés en su honor-.

Ante mi pregunta de cómo es que no se quita los zapatos pone la misma cara de asco y de martirio que mi ex-novio Jens, empleando los mismos términos para describir su incomodidad y negarse compulsivamente a descalzarse: “Es que la arena se queda pegada a los pies y no hay manera de quitarla, odio tener arena en los pies, luego se llena la cama de arena”, etc.

Efectivamente -caigo en cuenta-, mi cama parece una playa privada…

La afección parece afectar fundamentalmente a la población masculina y no existen indicios de que sea hereditaria. Sí parece existir, sin embargo, una relación directa con factores climáticos y nominativos: la población de máximo riesgo son varones nórdicos cuyo nombre empiece con “J” y acabe en “s” y tenga resonancias de mayordomo británico.

Paciente en plena crisis de sandfobia:

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Con lo que me cuenta de su país durante el paseo, el plan de visitar las Highlands, Londres y Cambrigde -donde además vive una prima-, escala varios puestos dentro de mi cabeza.

8. Mis conocimientos de medicina, sin embargo, no me ayudan en mi caso.

El resfriado que empecé a sentir en Dalat por el cambio de altura (y de temperatura) y que seguí incubando durante mi viaje en tren, eclosiona tras varios días sin ingerir vitaminas dado que, como estoy embebida escribiendo, me olvido de comprar fruta.

Definitivamente, creo que necesito un mentor o mentora: alguien que me arranque del ostracismo y me coloque delante de un plato de comida tres veces al día -y me lleve a dar paseos por la playa- en mis épocas creativas. La cuestión es que no sé si le haría caso…

Lástima que Linda no sepa cocinar ¡tiene aptitudes de paseadora perfecta!

9. Tras 10 días aquí descubro un mercado con frutas y todo lo que llevo extrañando desde que llegué. Estaba DETRÁS de la explanada de la fiesta comunista. Por eso cuando iba, siguiendo indicaciones, nunca lo veía.

Corramos un tupido velo en esta parte…

10. Conozco a un húngaro vecino del dormitorio que me habla de surf.

Aunque me dan miedo las olas, en el fondo hace tiempo que pienso que, si lo pruebo, seguramente sienta un enamoramiento parecido al de la bicicleta. Hay varios elementos comunes: movimiento, acompasamiento con la naturaleza, una cadencia particular…

La idea de pasar una temporada en Australia escala puestos hacia la parte delantera de mi cabeza y se ubica no sé si antes o después de Canadá.

11. Descubro las mosquiteras de princesa que quiero tener en mi hogar en tierra caliente. A su vez alguien descubre la parte de abajo de mi bikini y se la lleva aprovechando la circunstancia de nocturnidad y que yo me olvido de recogerla.

12. Ensayo un cambio de dieta:

Desarrollo una alergia a los huevos, pese a tratarse de uno de mis alimentos favoritos. La sobredosis de los últimos días hace que no los pueda ni ver.

Mi fuente de proteínas pasan a ser las hormigas, que consumo por las mañanas mezcladas con Nutella.

Se trata de una receta surgida, como la penicilina, de pura casualidad. Una mañana me encontré el bote lleno y, aunque intenté sacar todas las que pude, me fue imposible acceder a las que se encontraban caminando sobre el chocolate sin causarles daño, de manera que llegamos a una solución de compromiso: yo las dejaba vivir en el bote y compartía mi Nutella con ellas mientras asumieran que podían sufrir bajas.

Curiosamente, igual que llegaron, dos días más tarde, habían desaparecido: creo que pensaron que me estaba tirando un farol. Lo cierto es que la primera vez que introduje el cuchillo sentí algo de reparo, que superé pensando en las famosas hormigas culonas de Santander.

13. Pongo al día el blog así como las notas para mi libro sobre esta experiencia.

Después de un desfase temporal -y del que algunos de uds. quizás se dieron cuenta- ya, por fin, vuelven a pisarme los talones.

Por lo demás, en el tiempo que duró este paréntesis de 13 días con sus 13 acontecimientos, el número de seguidores tomó una amplia ventaja al de los kilómetros, por lo que llegó la hora de ponerse en marcha, de modo que…

¿Proseguimos?

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8 pensamientos en “Hoi An: un agujero negro junto al mar de la China meridional

  1. Habrá que darle una resignificación al significado numerológico del 13!

    Muchas pequeñas buenas historias y mas destinos agregados a la lista de MsBattuta, un mundo que espera ser vivido por el espíritu surrealista Battusiano.

    (y sí tienes un acento colombiano ‘apabullante’, aunque ciertos dejos te delatan fácilmente)

    ¿Cómo continuará esta historia?

  2. Querida,
    Realmente tus dotes de observación y deducción me dejan anonadada!
    Mi padre, Johannes, de Holanda, padecía sandfobia!
    Sigue, my dear, y podrás hacer tu segundo doctorado.
    Amazing!
    T

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