Sola en el mundo III


Reflexiones de viajera a viajeras

A Daniel Salazar, mi costeño bogotano

Aunque, por regla general, la atención que atraigas yendo sola de viaje será agradable -o neutra-, habrá veces que pueda resultar algo incómoda o incluso amenazante: los hombres -al igual que las mujeres- te miraran más, también te hablarán, algunos coquetearán a larga distancia y otros a corta, habrá incluso quien te haga insinuaciones obvias, o quien te regalará lisonjas que harían enrojecer a un tomate.

A un tomate bien rojo, de los de huerta…

En estos casos es fundamental respirar, conservar la calma, y evaluar cada situación. Muchas serán inocuas, o incluso agradables, si se mantienen en ciertos límites. Por otra parte es muy diferente que algo de esto ocurra cuando pasas de largo sobre la bici -o incluso cuando la persona va un tiempo a tu lado-, que si sucede en un parque o callejón oscuro y/o solitario.

A mí, por ejemplo, me parece divertido charlar con la gente que me acompaña algunos tramos en la bici.

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Lo que no me parece tan divertido es que el acompañante sea un motorista que se me pega demasiado y me mira las piernas desnudas como si fuera un jamón. En estos y otros casos, los novios o maridos ficticios que te esperan más adelante (delante mejor que atrás, quien va delante puede aparecer en cualquier momento a buscarte o estar esperándote a la vuelta de la curva) resultan muy prácticos.

En general creo que la actitud es para todo -y también para esto- absolutamente determinante, por lo que pienso que ayuda mucho tener cierto ojo y capacidad de observación para entrever lo que resulta normal y habitual en el trato entre hombres y mujeres en la cultura correspondiente.

Ello cobra relevancia en dos aspectos: primero te ayuda a darle al evento su dimensión y, lo que me parece incluso más importante, te permite reaccionar de manera ajustada.

Si un marroquí te persigue por la calle para que le compres algo -llegando incluso a agarrarte-; o te pide sexo en una cafetería o por la calle (con palabras o con hechos), salvo que tú también quieras, déjate de sonrisitas y de hacer cómo que no has oído o sentido, sobre todo si la cosa no es fácilmente reconducible haciendo mutis por el foro. Reacciona airada en voz alta y siéntete con todo el derecho del mundo a ofenderte -aunque en el fondo te estés muriendo de la risa-, mentarle la madre, e irte levantando aire a tu paso.

Si te oye la gente alrededor mejor, de esa manera te aseguras la inocuización.

Lo mismo aplica a lo que me contó una amiga alemana, quien aguantó que un chico negro desconocido la abrazara en un vagón de tren porque no quería que pensara que era racista. O a lo vivió una mujer latinoamericana que lloraba desconsolada en el metro de Madrid porque un señor se estaba restregando contra ella. O a la situación en que un viejito egipcio va directo con las manos extendidas como un zombi a tocarte los pechos en un parque solitario. O cuando un coche para en mitad de una carretera al lado de tu bici en Kirguistán.

Estas personas saben que las extranjeras somos particularmente vulnerables porque no sabemos, no queremos ofender, algunas cargan o cargamos con complejos de la época colonial de manera que queremos evitar ser emisoras de rechazo; y ellos saben que resulta más difícil resistirse cuando se hacen las cosas fingiendo normalidad o con una sonrisa. En no pocas ocasiones actúan, además, de manera sorpresiva, limitando la capacidad de reacción.

Ten MUY presente que en todos estos casos la conducta es vergonzante para ÉL, no para ti, por lo que no te sientas obligada a tolerarla cuando nadie en su cultura la aceptaría. Por esa misma regla de tres, si un costeño te abraza pegándote a su cuerpo para bailar vallenato “amasisao”, relájate y déjate llevar al paraíso los cuatro minutos que dure la canción; y si un chocuano te “choka” disfruta de esa sensación tan novedosa. En cuanto veas cómo bailan entre sí verás que lo contrario sería, precisamente, lo extraño. Y si el contacto comienza sentirse como algo distinto al baile tendrás que decidir, en ese momento, lo que quieres hacer; y quizás en este contexto no haga falta ofenderse a muerte, sino que baste con decirle “¡oiga, papito, ud. va con toda!”, y cambiar de pareja de baile unas cuantas canciones seguidas.

¿Y si la cosa se pone fea?

Si los mecanismos de bloqueo anteriores no surten efecto -es decir, el tipo no sólo está probando suerte, sino que tiene claras intenciones de hacer algo que no quieres- aplica igualmente lo anterior (por cierto, aplica igual de viaje que en tu país de origen).

No hagas ver que no pasa nada cuando es evidente que pasa y ambos lo sabéis, perdiendo valiosos segundos en una estrategia que no te lleva a ninguna parte: mira a la cara y adopta una postura alerta en la que puedas reaccionar. Dí las cosas claramente y seguramente con eso sea suficiente.

Y si tienes que golpear, levantarte, zafarte y/o irte, hazlo.

Creo que la mayoría de las mujeres, que no nos hemos peleado en los patios del colegio, no somos en absoluto conscientes de nuestro potencial, pero prueba a dejar caer el brazo muerto en forma de martillo desde encima de la cabeza en la mano de alguien. E imagínate lo que sería si encima tomas impulso y le imprimes fuerza.

Ella, por ejemplo, sí lo conoce. De aquí pueden tomar algunas ideas:

Sería una absoluta inconsciencia por mi parte asegurar que no va a pasar nada -y una inconsciencia todavía más grande por tu parte creerlo-. Lo que pretendo con estas reflexiones es que sientas que no tienes porqué quedarte en casa porque no encuentres a nadie con quien irte -o que no tienes que renunciar a la experiencia de viajar sola- por el miedo a lo que pueda pasar. Ten en cuenta que enviar mensajes de texto o en impacto de cocos en la cabeza son algunas de las causas más frecuentes de muerte en el mundo, y pueden ocurrir bajando la escalera de tu casa o de vacaciones entre algodones en un all inclusive.

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2 pensamientos en “Sola en el mundo III

  1. Pues el motivo es doble Danito: primero, porque hasta hoy nadie te arrebató el puesto de ser mi bailarín favorito 🙂 Así a nivel de costeño “amasisante”, pese a venir de las montañas… 😛 Y segundo, todavía me río cuando me acuerdo del día que fuimos a bailar con mis amigas de España y cogiste a Mariona de la cintura a medio metro de distancia y te sacó la mano de la espalda para depositarla en su palma de nuevo 😀

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