Sola en el mundo II


Reflexiones de viajera a viajeras

La idiosincrasia de cada país es diferente, y las reacciones de los locales hacia ti tienen algunas particularidades locales pero, sorprendentemente, hay algunos patrones que se repiten en los lugares que a mí me resulta más atractivos para viajar -que es el mundo desordenado; ruidoso; que vive al día; en el que las personas descansan a la sombra poniéndose en cuclillas; de transportes destartalados en los que sientes el viento en la cara; el mundo de piel y cabello oscuros, sonrisa franca y luz en la mirada-.

Sea en Latinoamérica, Asia, Oriente Medio o África puedes estar segura -o seguro- de que te ubicarán a ti con todo tu equipaje, sea el que sea, en el transporte correspondiente; conducirán como dementes; las señales de tráfico serán testimoniales y la bocina la prolongación de la mano del conductor; la gente pobre será extraordinariamente hospitalaria; cualquier comida digna de considerarse como tal irá acompañada de carne o pescado; los niños sonreirán y saludarán a tu paso; y te tocará regatear.

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Aparte de estas máximas, hay algunas que afectan a las mujeres viajeras que, según mi experiencia se contradicen frontalmente con las ideas preconcebidas sobre el asunto, de manera que pensé ponerlas en letra por si a alguien le puedan servir para revisar algunas creencias e, incluso, lanzarse a probarlo.

Lo primero es que, una vez que no haya nadie que te distraiga, te proteja, te aísle, o que te separe del entorno, la gente te observará más y se te acercará más. La hospitalidad es un rasgo de muchas culturas que se mantendrá invariable vayas con quien vayas, pero aquí me refiero a algo distinto: vas a despertar mucha curiosidad y a inspirar mucha cercanía.

En muchos países la intimidad que se desarrolla entre las mujeres depende de manera directa de si hay o no un hombre cerca -el máximo exponente de ello son las países árabes-.

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Atuendo de boda bereber, desierto del Sáhara, Túnez, 2005

La saga “Lady in red” se remonta a tiempos remotos: una de las primeras entregas, con atuendo de boda bereber, desierto del Sáhara, Túnez, 2005

Pero no sólo las señoras se te acercarán: este monje después de interrogarme sobre mi edad y mis matrimonios me invitó a quedarme en la pagoda a dormir -si no hubieran sido las 10 de la manaña y hubiera pensado que debe estar prohibido hubiera aceptado sin dudarlo-.

Pero no sólo las señoras se te acercarán: este monje después de interrogarme sobre mi edad y mis matrimonios me invitó a quedarme en la pagoda a dormir -si no hubieran sido las 10 de la manaña y hubiera pensado que debe estar prohibido hubiera aceptado sin dudarlo-.

Hotel en Chlong

Hotel en Chlong

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Casa en Krouch Chmar

Casa en Krouch Chmar

Perdida en El Cairo en uno de los miles de bazares, la señora a la que pregunté me cogió la mano y me arrastró durante más de media hora entre puestos y cachivaches hasta depositarme en un lugar conocido, volviéndose luego a recoger sus cosas. Un policía al que acudí desesperada porque los coches iban tan rápido que no me atrevía a cruzar empleó todos los atributos de su cargo para hacer que los coches se detuvieran en mitad de la autopista. Luego se colocó delante con los brazos en cruz y no restableció la circulación hasta que me encontré a salvo en el bordillo de enfrente.

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En uno de mis vuelos a Colombia, la sonrisa que le dediqué en el ascensor del aeropuerto al que pensé que era uno de nuestros azafatos llevó a que acabáramos charlando. Posteriormente el tal azafato acabó buscándome en mi asiento vestido de civil confesándome que era el piloto e invitándome a visitar la cabina, donde pasé todo el vuelo, incluido el aterrizaje en el aeropuerto de Rionegro (Medellín) con tormenta eléctrica y sin cinturón de seguridad. En realidad seguramente que fue otro instinto, además del paternal, el que se le despertó al comandante Guido; pero el caso es que, además de todo lo que le tomaron el pelo sus compañeros en ese vuelo, el señor, visiblemente contrariado con la idea de que pasara la noche en un banco del aeropuerto, movió cielo y tierra desde el aire para que pudiera seguir con ellos hasta Bogotá. Cuando llegué -por los pelos, dado que tuve que identificar mi equipaje-, el comandante me estaba esperando en la puerta del avión para iniciar el despegue.

Por último, en Brasil no calculé bien el tiempo de una caminata por la selva, y llegué a un pueblo de pescadores a la hora en que tenía que estar de vuelta en otra playa a varios kilómetros de distancia. Un vecino me alquiló un cuarto donde pasé la noche congelada con mi bikini, mi pareo, y mi repelente de insectos, para regresar a la mañana siguiente -algo preocupada de que se hubieran alarmado-, y encontrarme con que, pensando que andaba en hamaca ajena con un morenito, no sólo me recibían muy divertidos, sino que me había recogido todas las cosas que había dejado secando pensando en regresar en un par de horas, y las habían dejado dobladas junto a mi mochila.

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Mis cosas tal y como las dejé...

Mis cosas tal y como las dejé…

Cristo de Corcovado versión femenina.

Cristo de Corcovado versión femenina.

Por otra parte, que te coja un coche o abordar a alguien para que te lleve resulta infinitamente más accesible; y, en el caso de que realmente tengas un problema, la gente se va a volcar en ayudar a una persona -y más si esa persona va en bici y tiene unos tobillitos de lo más tierno asomando por sus pantalones-. Mi madre estaba asustada ante la perspectiva de que me robaran y me dejaran sin dinero en mitad de Asia estando sola. Ese planteamiento puede ser correcto si sólo hay una víctima. Sin embargo, si todo el grupo sigue la misma suerte la cosa puede resultar al revés. Eso sí el susto y las gestiones una vez pasada la primera emergencia seguro que son mucho más llevaderas en equipo.

Bajo ningún concepto quiero inducirte a pensar que estoy insinuando que debas planificar tu viaje o tus etapas contando con este tipo de atenciones. La mayor parte del tiempo nadie repara en ti nada más que para sonreírte -o incluso ni eso-, de manera que sigues siendo, en todo momento, responsable de ti misma. Sin embargo estos regalos se suceden, y el hecho de no esperarlos es lo que los hace mágicos y lo que pone a tu corazón a saltar en el pecho -y las lágrimas de emoción y agradecimiento al borde de tus ojos-, haciendo del viaje en solitario una experiencia tan intensa y humana.

Otra gran diferencia a la hora de viajar sola es que te meterás de lleno en la vida de las gentes con las que te cruces y experimentas cosas que jamás te ocurrirían de otra manera.

En mi caso, tienen excelentes ejemplos en Camboya, con la boda en Siem Reap y la fiesta de Nochevieja; eventos a los que quizás me hubieran invitado igual con un grupo o mi pareja, pero desde luego no habría vivido de la misma manera ni con tal intensidad y autenticidad -como protagonista, en lugar de desde la barrera-.

Tras una nueva invitación hoy en la ruta confirmo que tengo madera de dama de honor, con lo que se me abre otra posibilidad laboral. Por otra parte, lo que hizo Capa con la fotografía más icónica de la Guerra Civil española palidece ante las artes de Lady travesti in green en el segundo vídeo:

En el Chocó, donde me quedé un par de días alojada con una familia extremadamente humilde, el simple gesto de proponerles comer todos juntos y compartir con el señor mi porción de pescado acabó en una invitación por su parte a pasar el domingo en familia en la cuidad, y en que fuera también un familiar el que nos llevara a Linda y a mí en lancha de vuelta -una excursión astronómicamente cara en condiciones normales-, pagando exclusivamente la gasolina.

Chocó, Pacífico colombiano, 2013

Chocó, Pacífico colombiano, 2013

Viajar sola hace, por otra parte, que pases mucho más desapercibida; aunque solo sea porque no se escucha un acento diferente a la legua o porque te mueves con más agilidad.

Puedes incluso probar tus dotes camaleónicas y utilizar algo de atrezzo: bien puesto, eso sí, no hay nada peor que ir “disfrazada” a estos efectos. En caso de duda puedes pedirle a una local que te ayude: ella estará encantada y tendrá algo divertido que contar a sus amigas, y a ti te dejará estupenda.

Mi modelo egipcio

Modelo para pasar desapercibida en Egipto. La chancleta en la mano, junto con el cetro de caña de azúcar, representa el mayor símbolo de distinción en esta cultura.Es broma, en realidad adopté la versión moderna en la vestimenta.

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Una caracterización tan completa no siempre es posible, sobre todo cuando vas en bici -por mucho que yo quisiera disimular a Milady no hay quien la adapte, y allá por donde vamos declara a los cuatro vientos que somos forasteras y vamos de paso-, pero me reafirmo en lo que le dije a Twon ante sus vacilaciones: en zonas rurales, incluso las más deprimidas, la probabilidad de que te pase algo es ínfima.

Esto puede parecer un auténtico contrasentido ya que, precisamente por tratarse de lugares aislados, resulta más fácil hacer desaparecer el corpus delicti. Asimismo, el contraste de todos los bienes que llevas encima con sus condiciones, muchas veces precarias, de vida, podrían hacer pensar que tu equipaje tiene todas las papeletas para convertirse en objeto de deseo; pero esa es mi experiencia recolectada en diferentes países del mundo.

Incluso en Colombia, las preocupaciones de mis colegas universitarios colombianos por mis escarceos a zonas varias del país han ido cediendo tras un año de regresos sana, salva y feliz. El riesgo -como reza una de las publicidades más geniales de los últimos tiempos- es que te quieras quedar. Y ese es el único que experimenté en mis propias carnes.

Evidentemente conviene hacer caso a lo que te digan los lugareños, y conviene no llamar la atención más de la cuenta.

A veces, no llamar demasiado la atención supone ponerse ropa amplia y algo en la cabeza, pero otras pasa por un escote, o un tanga en la playa, en función del lugar del mundo donde te encuentres. Pasear con una minifalda y chancletas por el barrio negro de Getsemaní, en Cartagena, es la garantía de que, una vez realizado el repaso (con o sin piropo) correspondiente – exactamente igual ocurre que una chica del barrio- la atención se desvíe inmediatamente al siguiente estímulo, sea este coche, amigo que saluda de la esquina, o simplemente los adoquines de la calle.

Tuve una compañera de trabajo en España que acostumbraba a vestir de una manera que resultaba chocante e inadecuada en ese contexto, por lo provocativa. Su hábitat natural sería Colombia, donde, incluso para ir al trabajo, yo misma me visto más ajustada que de lo que se me ocurriría jamas en Europa, a riesgo producir, de otro modo, la impresión de marimacho y descuidada. Pues bien, esta colega me comentaba en una ocasión -haciendo gala de un exquisito sentido del tacto- que “todos los árabes son unos cerdos”. Todos le prodigaban con miradas libidinosas por la calle y tuvo varias tocadas de nalga, incluso yendo con su marido.

A mi pregunta acerca de qué llevaba puesto responde que pantalón corto y tirantes.

Desierto del Sáhara, Marruecos, 2007

Desierto del Sáhara, Marruecos, 2007

No voy a entrar en cuestiones acerca de si la mujer debe respetarse lleve lo que lleve, la provocación, etc.; ni voy a entrar en el debate opuesto, a saber: si hay que respetar todo lo de la cultura de acogida hasta el punto de hacer cosas -por ejemplo, llevar ropa larga o no cogerse de la mano con tu pareja- con las que no te sientas tan a gusto. Tampoco seguiré la línea de muchos viajeros, sobre todo de los de largo reccorido, que tienden a despreciar lo que hacen los demás para declarar:

“Lo que hacen los verdaderos viajeros es…”. Creo que cada una/o es muy libre de hacer lo que quiera con su vida y, dentro de ella, con su viaje.

Simplemente quiero incidir en que la ropa, al igual que la actitud, emite claras señales, de manera que es importante que conozcas este dato y actúes en función de lo que quieras obtener. Si te da igual atraer miradas, o incluso te apetece recargar las pilas de la autoestima antes de regresar a tu oficina, es perfecto, y tienes todos los instrumentos en tu mano para hacerlo.

Si lo que ocurre es que te prefieres no llamar la atención y/o te gusta confundirte y/o mostrar voluntad de integración hacia la cultura de acogida, que sepas que tienes ciertos recursos a tu alcance, que no te harán confundirte con una local -sobre todo cuando la local es negra y tiene tremenda cola respingona-, pero que te harán parecer algo menos exótica y llamativa.

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