Sola en el mundo I


Reflexiones de viajera a viajeras

La frase tiene una connotación ciertamente negativa, sugiere desamparo, aislamiento, e indefensión ante la vastedad del mundo y la maldad de sus gentes, pero, ¿es ciertamente así?

Sobre todo antes de irte es muy posible que sientas miedo. Yo misma lo experimenté los días antes, leyendo con mi madre las recomendaciones del Ministerio de Asuntos Exteriores español -que son garantía de que no te atrevas a salir ni a la puerta de tu casa-; percibiendo, por activa y por pasiva, el rechazo a mi plan por parte de muchas personas cercanas; escuchando todas las razones por la cuales lo que me proponía era una locura; e imaginando posibles escenarios todavía no contrastables con la realidad.

Por eso creo que en estos casos resulta muy útil plantearse una pregunta:

Miedo

Existe incluso un libro con ese título, si bien aplicado al ámbito profesional, que leeré, quizás, a la vuelta.

Hay mucho gente que no contestaría “irme sola”, porque no lo desea o no le resulta en absoluto atractivo. Pero si tú sí lo harías, y el miedo es lo único que te echa para atrás, planea tu viaje y tu vida en consecuencia. El temor se esfuma, o se diluye; para dar paso a la sensación de orgullo y felicidad por estar escuchándote, pese a todo. La frustración y la falta de confianza que genera no hacer lo que deseas, te acompaña, sin embargo, siempre.

Una vez tomada la decisión -o una vez en acción- creo que ayuda tener cierto hábito de estar sola en ocasiones -no hace falta ser una anacoreta, basta con que puedas quedarte una tarde de cuando en tu casa con un libro sin sentir ansiedad, o seas capaz de disfrutar de un paseo por tu ciudad fijándote en cosas en las que antes no habías reparado-.

Y también es importante desarrollar la capacidad de actuar, fluir, y moverse sin pensar, o hacerlo poco… Pese a todo, evidentemente a veces llegan pensamientos como: “Dios mío, estoy sola en mitad de Asia con una bici que esta fallando y no sé a cuantos kilómetros está la próxima población ni dónde pasaré la noche”. O “estoy sola en la zona que se dice es la más peligrosa de Colombia, y encima soy blanca y toda esta gente es negra, por lo que estoy llamando mucho la atención ¿Quién me mandó meterme aquí?”. O “estoy sola en El Cairo, está anocheciendo y estoy perdida en un zoco en el, si me pilla la noche, me puede pasar cualquier cosa”.

Es normal que haya momentos así que, por otra parte, tienen una clarísima función de autoconservación, aunque a veces se encuentre algo desajustada -de otro modo serías un robot, superwoman, o te habrías criado en Escandinavia-; se trata de querer controlarlos y aprender a hacerlo.

En primer lugar, es fundamental respirar hondo para bajar la ansiedad: la respiración es tu pasaporte hacia la calma.

Lo segundo, sonríe: la sonrisa es tu pasaporte hacia la confianza.

A continuación ayuda concentrarse en lo que está pasando, no en lo que puede pasar.

Anticipar -y cuando vamos solas, supongo que por una cuestión ancestral educativa, la anticipación indefectiblemente se escora hacia el drama- es la garantía de que vivas y viajes angustiada y al borde del paro cardíaco y/o de las lágrimas. Anticipar supone vivir -física y mentalmente- aquello que temes, que sólo está en tu cabeza y es altamente probable que nunca llegue a ocurrir (o que acabe ocurriendo precisamente por “llamarlo”: recuerden que lo que más miedo nos da es lo que nos llega).

En el caso de que lo que anticipas no tenga solución piensa: seguramente no pase, por lo que no hace falta que te preocupes; y si no hay nada que puedas hacer para evitarlo, entonces tampoco hace falta que te preocupes. Si sí la tiene, a veces resulta tranquilizador dar un -breve- repaso mental a las alternativas. En este caso no te preocupas, te ocupas con el asunto por un momento, para luego volver al presente.

Conocer -hace ya 7 años- a mis amigos cicloturistas de Madrid, que me abrieron los ojos a esta forma de viajar fue, para mí, una bendición, si bien no siempre estoy cerca para poder viajar con ellos, además de que los grupos tienen dinámicas particulares que no siempre resultan fáciles.

Tenemos fotos maravillosas de viajes y momentos inolvidables juntos, les muestro algunas:

Laos, 2007

Laos, 2007. Mi primera experiencia cicloturista.

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Eslovenia, 2009

Eslovenia, 2009. Mi viaje más duro: la cabeza no acompañó…

Kirguistán, 2011

Kirguistán, 2011. Un sueño hecho realidad, en muchos sentidos.

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Ansiaba tener también un novio, por eso de que, entre otras cosas, se supone que es alguien que quiere pasar mucho tiempo contigo, que te acompaña a todas partes, con quien te llevas bien o, al menos, aguanta tus manías. Con mi última pareja, sin embargo, no puse en práctica prácticamente ninguno de los miles de proyectos que bullen en mi cabeza, y perdí cantidades ingentes de energía, por lo que algunas de estas ideas están actualmente en proceso de revisión.

Al separarnos, hace cuatro años, aproveché que estaba en Alemania para ir a visitar a todos mis amigos en Centroeuropa y fue en Italia, en concreto, en los Dolomitas, donde dí el primer paso de aventurarme sola en el mundo.

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Las excursiones hacían más llevadera la monumental tusa (mal de amores) que tenía -mi ex y yo éramos incompatibles, pero yo lo adoraba-; y el ser capaz de semejante hazaña en solitario, habiéndome separado hace apenas días del que pensaba que sería el padre de mis hijos, me hizo ir, poco a poco, confiando en mí.

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Después se dio la circunstancia de que pasé tres días sola en El Cairo, que fueron absolutamente excitantes y maravillosos, y derribaron muchos de los mitos que arrastraba acerca de los riesgos y las situaciones a los que se ven expuestas las mujeres solas.

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Un par de meses después estuve en un Congreso en Nueva York y aproveché para quedarme 10 días recorriendo la Gran Manzana de arriba a abajo y de norte a sur por todos sus rincones… La visita a “Liberty” de madrugada el primer día a causa del jet lag; una conversación con un indigente afgano y otro negro newyorkino en silla de ruedas en el parque de Chinatown; y visitar Central park, llegar a Harlem hasta el límite con el Bronx, para, a continuación, circular por toda la 5ª Avenida escuchando música con mi ipod sobre una bici alquilada, fueron las experiencias que recuerdo con especial cariño.

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El negro de la silla fue el fotógrafo, y jamás había tocado una cámara: creo que hacía tiempo que los tres no reíamos tanto.

El negro de la silla hizo las veces de fotógrafo y jamás había tocado una cámara: creo que hacía tiempo que ninguno de los 3 nos reíamos tanto.

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Y, como último capítulo antes de este viaje me mudé a Colombia, donde no siempre encuentro compañía para viajar, sobre todo desde que orienté mi vida a pasar el menor tiempo posible en Bogotá, por lo que me he movido bastante en solitario: San Gil, archipiélago de San Bernardo, Cartagena, Barú, Chocó… Y también alguna esquina de los países vecinos (en concreto Brasil).

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Aprendiendo a manejar una motora con un camarero del hotel

Acompañando a hacer recados al cocinero del hotel.

 

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Menos mal que se inventó el disparador automático, de otro modo los llaneros solitarios no tendríamos forma de documentar nuestro paso por estas tierras (y tendríamos un entretenimiento menos en las largas sesiones con nosotros mismos).

Menos mal que se inventó el disparador automático, de otro modo los/as llaneros/as solitarios/as no tendríamos forma de documentar nuestro paso por estas tierras (y tendríamos un entretenimiento menos en las largas sesiones con nosotros mismos).

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2 pensamientos en “Sola en el mundo I

  1. “No es la soledad lo que nos asusta sino las voces que la pueblan” leí por ahí alguna vez. Efectivamente el no vivir en el presente es uno de los mayores obstáculos del viajero.

  2. Hola Diego!

    Del viajero y de cualquiera que se precie (aunque en la oficina o rodead@ de gente se nota menos)… Últimamente estoy sufriendo mucho de eso, se me va la cabeza para tooooooodas partes 😉 Al menos la sonrisa sirve para cuando te das cuenta 🙂

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