Bogotá, ¿mon amour?


Pasé esta semana en un estado depresivo de baja intensidad y parálisis originado por la partida de mi madre, una tremenda carga de trabajo acumulado, y fundamentalmente que estoy sola en una ciudad enorme y que tiene algo de hostil, con un clima muy cambiante, un tráfico infernal y gente previniéndote constantemente de hacer cosas –y más sola- porque resulta peligroso.

Los intentos de salir de la apatía tampoco han sido precisamente exitosos: se me ocurrió circular por la zona en bici y fue jugarse el tipo, literalmente. Aguanté mientras me pasaban rozando los coches. metiéndome en todos los huecos para no desviarme ni un milímetro de mi trayectoria… Hasta que llegué a una glorieta tipo Atocha o Las Glorias, que tengo que atravesar para llegar a mi casa, y allí me abandonaron el valor y la compostura. Derrotada me bajé de la bici, y comprendí que algunas de mis actividades favoritas iban a quedar, al menos de momento, en barbecho…

Mi casa y mi barrio tampoco constituyen un motivo de regocijo en sentido estricto… Siguiendo recomendaciones, arrendé un piso en Chicó, un barrio del norte en el que, como ya me decía a gritos todo mi organismo cuando estaba con las negociaciones, no me acabo de sentir bien. Yo revivo con los edificios antiguos, los vecinos pakistaníes que vuelven de la compra, las conmadres charlando en el portal, la ropa tendida y las plantas desbordándose de los balcones, y el hecho de no tener esa inyección de humanidad en mi día a día me afecta…. Esta zona tiene calles anchas, atestadas de carros que no callan nunca y que despiden unos gases negros que casi se pueden masticar. Los modernos edificios de ladrillo comparten espacio con puestos ambulantes de tolditos de colores donde se venden empanadas, jugos, y fruta troceada frente a los que se dan cita los chóferes, los trabajadores de alguna obra cercana y algunos oficinistas, y que son lo más parecido a la vida real que hay por aquí. Y, eso sí, tengo las montañas –los cerros orientales de Bogotá- al alcance de la mano.

No me apetece mucho salir a caminar, de manera que tiendo a cobijarme en casa… Al menos me consuelo pensando que mi madre se fue mucho más tranquila viendo que vivo en un lugar considerado seguro.

En mi pisito tampoco me acabo de sentir a gusto del todo: tiene el tamaño perfecto, unos muebles un poco sombríos (el arrendador es un cura), dos plantas grandes también bastante oscuras, y una radio que me taladra con canciones desagarradas de desamor que me ponen un cuerpo de escándalo…. También tengo una tele que he puesto un par de días –los que me conocen pueden hacerse una idea de la gravedad de la situación-. Intenté personalizar mi espacio quitando algunos cuadros, cambiando la distribución de los muebles y cubriendo algunos de ellos con telas de colores, pero sigue siendo frío (aunque estemos en la tercera capital más alta del mundo, a 2600 m. de altura, nadie tiene calefacción ni una triste estufa en su casa) y oscuro.

En semanas así es cuando, con el corazón en carne viva te preguntas -sucesivamente y en este orden-: 1) qué haces aquí exactamente; 2) si valió la pena debido a las consecuencias que tuvo (para los que anden perdidos, resultó bastante determinante en una ruptura sentimental); 3) qué es lo que he hecho exactamente con mi vida, de manera que a mis 35 años estoy sola en otro país y rememorando sensaciones que empezaron a mis 19 años; 4) porqué no puedo tener una vida normal en un lugar, como la tienen todas las personas que voy dejando en los países por los que voy de paso; y 5) si esto cambiara alguna vez…

Pero la semana también ha tenido algunos momentos reconfortantes y esperanzadores: me he sentido bien en clase con mis estudiantes (eso me ayudó a contestar en parte a la pregunta de qué hago aquí), escribiendo mis impresiones, leyendo la novela de un amigo, que transcurre en Barcelona y que me ha hecho volver a casa, en mi curso de improvisación teatral en el que logré olvidarme de todo y reírme. Una de estas tardes fui a buscar al chófer de la madre de mi familia de acogida, que tiene una agencia de actores de telenovelas muy cerca de casa, para dar una vuelta. El señor me recuerda mucho a mi padre y me siento cómoda con él. Aunque no le conté nada -dado que es muy sentido y muy patriota, de modo que seguramente se hubiera sentido apesadumbrado de que no me encuentre bien en su querida Colombia-, pasé un buen rato un su compañía.

Y entre bajones y remontaditas lancé todo tipo de señales al universo y al ciberespacio para que me envíe amiguit@s: busqué grupos en internet y abordé a quien se me puso a tiro para ir creando una red de contactos con los que compartir tiempo, experiencias y amistad, y me temo que el producto de esta siembra va a acabar desbordándome… Ya he recogido los primeros frutos… Tengo un grupo de montaña cuyo radio de acción son los cerros de Bogotá, y hoy, de nuevo, después de varios días, me volví a sentir en paz durante gran parte del día con la decisión de haber venido.

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5 pensamientos en “Bogotá, ¿mon amour?

  1. 😀

    Si, puestos a jugar a las 8 diferencias entre un cuadro y el otro, Linda supone un cambio sustancial en dos puntos: no estoy sola (o no tanto a veces) y, en días no particularmente brillantes, tengo una motivación para franquear el umbral de la puerta. Además de cariñitos, lametones, arrunchis y mucho amor perruno 🙂

  2. bogota es una ciudad en la que te das cuenta que es domingo o lunes por el clima y lo aburrido que te levantes, como dicen por ahí bogota es una ciudad genial para trabajar pero horrible para estar te lo dice alguien que su segunda ciudad de nacimiento es bogota

  3. medellin, es que de meses mis padres me llevaron a vivir a bogota por lo cual me eduque mas o menos hasta los 11 años en bogota , adquiri el acento y me devolvi para medellin por lo cual los paisas me dicen rolo y los rolos me dicen paisa 😉

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