Impresiones de Colombia: Pereira


Al día siguiente llegamos a la ciudad de Pereira, con la esperanza de que tuviera algo de encanto, pero la guía no mentía.

Lo más emocionante de nuestra estancia allí es la llegada: la buseta desde Santa Rosa de Cabal nos deja en un lugar llenos de talleres mecánicos, mendigos, y adictos al pegamento con los colchones y la ropa tirados por el suelo. Le preguntamos a la única mujer que no tiene 4 kilos de roña en la cara que vemos quien, espantada, nos dice que tenemos que salir de allí de inmediato en un taxi. Resulta claro que, si bien el ambiente es curioso, seguramente no sea muy recomendable quedarse demasiado tiempo, pero en mi opinión bastaría con cruzar al otro lado de la carretera, donde hay un mercadillo callejero.

En cualquier caso, no es cuestión de romper la cuerda maternal, así que nos metemos en el taxi, que pone el taxímetro a 600 unidades (normalmente, al menos en Bogotá, son 25, y luego el precio es el resultante de multiplicar el número de unidades por una cantidad). Tras una ardua negociación llegamos a un acuerdo acerca del precio, pero la cara de desconcierto del señor me hace pensar que quizás allí las cosas sean de otra manera.

Pereira tiene cuatro calles céntricas, varios restaurantes con pollos dando vueltas en una barra, un centro comercial, muchas tiendas de ropa con maniquís de pechos descomunales, peluquerías por doquier, y un par de pastelerías.

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Para el turista, los puntos de interés son una iglesia sobria por fuera pero bastante imponente por dentro; una estatua del libertador, Simón Bolívar, en pelota encima de su corcel en la plaza central; y, si me apuran, dos parques: uno habitado por personajes de vida disoluta, y en el que, por primera vez en Colombia, oigo comentarios verdes a nuestro paso (tiempo de visita: 5 segundos), y otro donde se encuentran las familias con niños pasando la tarde, escuchando canciones patrióticas sobre la ciudad que suenan por unos altavoces, y esquivando mendigos y vendedores de todo tipo de artilugios (tiempo de visita: demasiadas horas).

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Llegado –por fin- el momento de dirigirnos hacia el aeropuerto nos toca andar, de noche, por calles un tanto solitarias. Mi madre, algo nerviosa, aborda a una mujer para preguntarle, quien se pega un susto de muerte y sale corriendo con la cara desencajada. Su reacción asusta todavía más a mi madre que, por primera vez desde que llegamos, ve en la buseta su salvación… Si no fuera porque ésta abandona la carretera para adentrarse en un suburbio al pie de la autopista que atraviesa, a un ritmo mortífero, esquivando agujeros y charcos, y parando para recoger o dejar gente cada pocos metros.

Largos minutos más tarde nuestro transporte sube, a duras penas, un repecho asfaltado y brillan, ante nosotras, las luces del aeropuerto de Pereira, donde se encuentra el avión que nos devolverá, después de nuestro primer fin de semana explorando Colombia, a nuestro actual lugar de residencia: Bogotá.

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