Impresiones de Colombia: Fincas cafeteras y termales de Santa Rosa


Como el nombre por el que se conoce la región -Eje Cafetero- deja entrever, hay numerosas fincas dedicadas a la producción de esta semilla, algunas de las cuales se pueden visitar. Todas se encuentran a unos kilómetros de Salento, por la calle de Palestina (que, en realidad, no se trata de una calle, sino de un camino polvoriento).

Cogemos el jeep que hace la ruta a Armenia comunicando, de ese modo, las granjas con ambas poblaciones. Paramos a menudo para echar un saco, una soga, o unas lecheras, que son recogidas más adelante por su destinatario. Finalmente llegamos a la esquina con la finca de El Ocaso –más grande y más moderna- y la finca de Don Elías –tradicional-, siendo esta última la elegida para introducirnos en el mundo del café.

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Don Elías –nuestro Juan Valdéz particular- es un viejito enjuto y curtido que desprende amabilidad y aplomo por cada poro de su piel. Sale de su casa sin desayunar y con una camisa que tiene hasta manchas de sangre se sabe dios qué siglo, a mostrarnos sus dominios. Nos enseña el proceso de secado en un cobertizo donde extiende granos con un rastrillo para que permanezcan expuestos al aire y al sol varios días, antes de proceder al descascarillado y al tostado -en una cazuela al fuego dando vueltas sin parar alrededor de una hora, cuando ya el aroma flota en el aire-.

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Bosque de guadua en las lindes de la finca

Bosque de guadua en las lindes de la finca

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Aunque lo bebo desde que tenía 17 años, me toca tomarme una taza de café negro hasta los bordes en honor a nuestro anfitrión y, pese a lo bien que huele antes de convertirse en líquido, no lo consigo hasta que le pongo azúcar como para provocarme una diabetes.

Con el paquete de café que compramos que usé largos meses como ambientador para el despacho

El paquete de café que compramos hizo de ambientador varios meses en mi despacho.

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A continuación proseguimos camino hasta los baños termales de Santa Rosa del Cabal.

En esta población damos con nuestros huesos en una de las estaciones más auténticas que he visto en mi vida. Junto a un mercado se alinean taxis, jeeps y chivas. Los paisanos -algunos a caballo, prácticamente todos hombres-, lucen mostacho, el consabido sombrero y la bufanda tradicional; otros llevan una ruana. Aunque es poco después de mediodía los bares están llenos de caballeros jugando al billar. El ambiente es distendido, si bien nuestra aparición causa un revuelo considerable, de manera que hay que actuar con calma y (cierta) rapidez.

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Los primeros a quienes preguntamos nos mienten como bellacos, como era de esperar: la “chiva” no sale hasta dentro de una hora, es mejor irse en jeep que, por supuesto, cuesta 10 veces más. “Suban, suban”. Todo sonrisas y zalamerías. En un par de maniobras ya nos hemos hecho una idea de precios y diferentes modalidades de transporte –y mi madre reporta un intento de echarle la mano al bolso tan propio de las aglomeraciones-. En ese momento aparece la chiva, que es inconfundible, un autobús como de feria, de colores, abierto y un caballito sobre el capó.

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Nuestro destino, las termas, se encuentra al final de otro camino de tierra adentrándonos en las montañas. La chiva se queja, el motor ruge, y a mi madre, que lo tiene al lado, casi le da un vahído del calor que despide, pero finalmente logra depositarnos delante de una básica construcción de bambú -guadua, como se conoce por aquí- que resulta ser nuestro hotel.

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La entrada a las termas cuesta un ojo de la cara, y eso que vamos a las populares, ya que más arriba hay unas de lujo. Accedemos a un lugar repulido, donde la naturaleza salvaje pierde su nombre, con una cascada al fondo. Y un tenderete-bar. Y una piscina de agua caliente. Y ya.

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Pasamos allí un rato y, para ratificar el dicho de que “la cabra tira al monte”, acabamos paseando largas horas por las veredas de los alrededores.

Oreja de elefante

Oreja de elefante

Helecho gigante

Helecho gigante

Sietecueros, uno de los árboles más comunes en tierra caliente.

Sietecueros, uno de los árboles más comunes en tierra caliente.

Una de las decenas de variedades de heliconias que habitan Colombia

Una de las decenas de variedades de heliconias que habitan Colombia

Flor de lulo

Flor de lulo, fruta nacional: porque es la favorita de much@s… Y porque no crece en ningún otro lugar del mundo.

Ni idea de lo que es, pero tiene pinta de ser carnívora

Ni idea de lo que es, pero tiene pinta de ser carnívora

¿La conocen?

¿Alguien sabe cómo se llama esta niña?

No conozco el nombre pero, al estilo de las pitas mediterráneas, cuando tienen la flor, se secan. Viene a ser en el mundo vegetal lo que "la salmona" -que remonta el río para desovar, muriendo a continuación- en el mundo animal.

No conozco el nombre, aunque la hoja se da un aire a la heliconia. Al estilo de las pitas mediterráneas, cuando tienen la flor, se secan. Viene a ser en el mundo vegetal lo que la hembra del salmón en el animal -que remonta el río para desovar, muriendo a continuación-.

A la vuelta pasamos un poquito de miedo: es de noche cuando queremos llegar a la pista y vamos solas en la chiva a 2 km/hora con un par de señores ceñudos con sus ojos clavados en nuestro cogote de turistas. La imaginación se dispara y el ambiente es lo suficientemente lúgubre y solitario como para que, pese a ir en un transporte público, desee llegar pronto a la cabaña de bambú.

Una vez allí, a las 7 de la tarde, cenamos un platazo de comida local sentadas en unos troncos y viendo el partido de Colombia-Brasil del Mundial sub 20. Mi madre, que se estrena con el taco, se aviene a jugar al billar debido a que los entretenimientos escasean, igual que las personas: no hay ni uno ni otras en kilómetros a la redonda. Al ratito, sin embargo, comienzan a llegar paisan@s a ver el partido… Y acaban también viendo la partida, de modo que acabamos “luciéndonos” ante un nutrido público, dado que el tapete verde se encuentra entre las mesas y la televisión.

Comienzo del partido:

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Final del primer tiempo:

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Mitad del segundo tiempo:

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Lo que parecía que iba a ser una de las noches más largas de nuestras vidas tuvo su gracia finalmente.

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