Impresiones de Colombia: el Valle de Cocora


Hasta las peores cosas tienen un lado positivo… La colonización permitió que personas de orígenes y culturas diferentes puedan comunicarse hoy en medio mundo en inglés, francés, castellano o portugués. En el caso colombiano, el hecho de que la violencia paralizara la circulación por carretera durante décadas, tuvo como consecuencia que hasta ciudades pequeñas cuenten con un aeropuerto lo que, en un país casi tres veces más extenso que España, resulta bastante práctico para viajar.

Salir de Bogotá y plantarte en poco más de dos horas en el eje cafetero -en concreto en Salento, un pueblo apacible, de casitas bajas, con soportales de madera y decoradas con colores, intuyendo un entorno montañoso exuberante, y viendo las estrellas con el fresquito propio de estar a cierta altura en la cordillera andina- es un regalo para los sentidos.

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A la 6 de la mañana nos encontramos en la plaza del pueblo dispuestas a embarcamos en un jeep que nos llevará en el punto de partida de la excusión que había motivado mi elección del lugar donde pasar uno de los fines de semana con mi madre: el valle de Cocora.

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El valle de Cocora es un lugar de ensueño con ondulantes y suaves colinas, de un verde intenso, sembradas de elegantes palmas de cera que se elevan hacia el cielo, circundadas por elevadas montañas escarpadas, de vegetación selvática con una tonalidad oscura, a veces grisácea. La sensación de encontrarse allí en solitario –rápidamente los pocos turistas que venían en el jeep nos adelantaron- es muy especial. Caminamos deleitándonos con cada palma, cada recodo, cada flor, con los dramáticos cambios de luz y de paisaje por el movimiento de las nubes, y con cada paisano que alcanzamos a cruzarnos (que fueron pocos y a caballo), hasta llegar al borde del arroyo y adentrarnos en otro mundo: el bosque de niebla.

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Aquí lo apacible da paso a nuevas sensaciones. La luz se vuelve tenue, aunque fuera siga brillando el sol; se escuchan zumbidos, gritos de pájaros; la vegetación se torna salvaje y, en parte, desconocida; el río, que tuvimos en cruzar en numerosas ocasiones por precarios puentes de troncos, aparece y desparece entre las hojas y las piedras formando cascadas, pozas…La señalización deja bastante que desear… De hecho, y para ser más precisos, en ese primer tramo no hay señalización.

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Nos cubrimos la piel como podemos y enfilamos el sendero, haciendo fotos a las orquídeas y bromelias que cuelgan de la vegetación y a los helechos de tamaño de árbol. Pasada una hora y viendo que el bosque no tiene visos de acabar, mi madre empieza a cansarse y agobiarse. La cuestión es que no quiero dar la vuelta, ya que la parte más espectacular de la excursión es la subida a una montaña que aparece -me imagino- una vez superado el bosque y llegado a la reserva de Acaime. Por suerte ella tampoco tiene muchas ganas de volver por el mismo camino, de manera seguimos (para darse la vuelta siempre hay tiempo) y descubrimos los primeros carteles en el momento en que yo también comienzo a preguntarme si no nos habremos perdido.

Los carteles, una vez que los encontramos resultan algo "intimidantes"...

Los carteles, una vez que los encontramos resultan algo “intimidantes”…

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Acaime es un conjunto de hogares de madera especializado en algo parecido al “ecoturismo”. Las atracciones turísticas que ofrecen son un invernadero desvencijado en el que se apilan algunas variedades de orquídeas que compiten en belleza con las que cuelgan de los árboles a su lado, y unos bebederos de agua con azúcar a los que se acercan los colobrís para las fotos. La entrada incluye, además, un agua de panela con queso.

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Con energías renovadas enfilamos hacia la cima de la montaña. Mi madre maldice, resopla, coge aire y sube pasito a pasito más de 800 metros de desnivel en 2 kms escasos. Pese a que a esas alturas le duele hasta la espalda –y a mí también un poco, de la mochila-, sube como una jabata, y nos alegramos infinito de no habernos rendido y haber vuelto por el camino fácil.

Ante nuestros ojos se extiende una vista privilegiada, de pájaro, sobre todo el valle. Las nubes siguen con su baile hipnotizante y el paisaje es -ambas coincidimos-, uno de los más bellos que hemos visto en nuestras vidas.

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Descendemos, poco a poco por un sendero. El paisaje vuelve a tornarse suave y ondulante y dan ganas de tirarse rodando por las colinas. En total hemos caminado unas 8 horas y estamos encantadas.

Antes de llegar a la estación de jeeps, la suerte nos sonríe una vez más, y un coche al que hacemos señales se detiene para dejarnos, un rato después, en un Salento vespertino muy animado.

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Cayendo la noche, damos una vuelta por las coloridas calles del pueblo, asomamos la nariz a los bares donde los paisanos se toman sus tragos y juegan al billar ataviados con sombrero y ruana -una especie de poncho-, mientras suena una música tipo ranchera que no conocemos. La escena es tan diferente a cualquier cosa que haya visto hasta el momento que me emociono y bendigo mi suerte de poder estar perdida en este rincón del mundo.

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También nos colamos en un mitin a las elecciones a la Alcaldía que hay a principios de octubre a nivel nacional. Los mítines en Colombia tienen otro cariz, no se trata (solo) de cuestiones de farolas y alcantarillado, sino de solucionar situaciones graves que afectan de manera directa a los medios de vida de las personas. Además este es un país donde el asesinato de líderes políticos ha estado a la orden del día y eso, de alguna manera, se destila en los discursos y en el ambiente.

Mi madre recela un poco de meterse entre el gentío, pero viendo que se trata, en primera instancia, de familias, muchas de ellas con niños, que nos sonríen divertidos de vernos interesadas en algo tan local, disfrutamos del ambiente hasta que los dejamos con su política para ir a probar la especialidad de la zona: trucha con patacón.

La saboreamos en la plaza del pueblo, escuchando la música de los bares que empiezan a prepararse para una animada noche de jarana; viendo la luna llena aparecer, enorme, detrás de la torre de la iglesia; y zafándonos de los requiebros del borracho del pueblo, un pobre diablo que nos vamos encontrando en cada esquina, y que nos dice que le hacemos perder el sentido… Como si no lo hubiera perdido ya.

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11 pensamientos en “Impresiones de Colombia: el Valle de Cocora

  1. Hasta ahora, cada vez que describes los sitios por los que has pasado ¡me los vendes totalmente! Me dan ganas de comprar un billete corriendo para la siguiente vez que me pueda mover.

    Igual va siendo hora de que te plantees dejar ese trabajo tan raro que tienes y hables con Condé Nast o alguna otra editorial que te financie la vida, o las vacaciones al menos.

    Vamos, que es que conozco un caso cercano de bloguera impenitente, hermana de amiga, que ahora escribe de viajes entre otras cosas a sueldo, que no te lo digo por soñar.

    O sí.

  2. Bueno, es que el mundo es un lugar muy hermoso… Al menos gran parte de él :). Pero, dime una cosa ¿también logré venderte Camboya? 😉

    Investigaré quien es Conde Nast, no tengo ni idea de editoriales en esta línea. Y eso de los casos cercanos me gusta… Es lo que determina el salto de la ficción mental a una posible realidad. Igual te pido detalles…

    ¡Muchas gracias por la idea y por el interés, Cucho! 😀

  3. Condé Nast es una editorial americana propietaria de un montón de cabeceras importantes, resumen wiki: http://es.wikipedia.org/wiki/Condé_Nast_Publications

    Te digo esa como otras del ramo a lo mejor no tan bestias, a lo mejor no es el mejor ejemplo. Me he acordado precísamente por ella y por la Condé Nast Traveller, que es de las revistas de viaje que más me gustaban (cuando compraba revistas) y eso que tratan un tipo de viaje que me interesa más bien poco, pero cuyos artículistas y fotógrafos son excepcionales.

    Esta chica escribe de varias cosas entra otras:
    http://www.traveler.es/autor/anabel-vazquez/4
    http://blogs.revistavanityfair.es/radar/author/avazquez/
    http://chicalistas.lacoctelera.net

    Pues Camboya… bueno, ciertamente el sudeste asiático no es que me tire precisamente, pero ha tenido mucha magia verlo a través de tus ojos. Igual de alguna manera menos aventurera y más occidental me da por ir, aunque sin las idioteces que nos caracterizan por el mundo.

    Porque no pillé tu viaje a tiempo, que si no te hubiera recomendado por si acaso en medio de tus momentos más duros a ver a Salvi, un amigo compañero del colegio que fué de viaje a Camboya y por razones que desconozco, volvió, dejó su estupendo trabajo y se largó a montar una empresa de viajes. Salió en Españoles por el Mundo (¡cómo no!) y se le veía mú feliz. No lo he vuelto a ver desde entonces. Un tipo estupendo.
    http://www.camboyaincreible.com

    ¡animo hermana! tú puedes.

  4. En su libro “La aventura de viajar” Javier Reverte cuenta cómo, en sus viajes como periodista -profesión que eligió porque le gustaba escribir y viajar- acabó dándose cuenta de que lo que realmente quería contar, lo que le conmovía, era precisamente aquello que ocurría mientras no estaba trabajando, lo que no figuraba en sus crónicas.

    Y, después de un tiempo en el que ensayó varias fórmulas, decidió dejar el periodismo progresivamente para dedicarse a escribir libros.

    Yo sentí y siento lo mismo cuando viajé y viajo con “ese trabajo tan raro” que dices que tengo :), así como cuando me imagino como periodista o como “reportera” de viajes… De hecho Ms. Battuta tiene una tendencia sospechosa a olvidar los detalles prácticos y los datos. Por eso creo que es importante extraer “lecciones” de ambas trayectorias vitales.

    A día de hoy tengo claro que quiero que la escritura forme parte de mi vida progresivamente en mayor medida. Aportaciones e ideas como las tuyas me ayudan a definir la dirección, lo que te agradezco mucho.

    PD: Dicho esto -que es fundamental que mantenga en mente para no desviarme de mis objetivos- también digo que dentro de la estrategia de hacer la escritura más presente puede encontrarse contactar a la revista -u otras revistas que puedan tener interés en publicar crónicas de viajes alternativos- con objeto de mostrarles mi trabajo, a ver si encontramos una vía común 😀

    ¡Un abrazo!

  5. Reverte es otro que se centra en lo humano allá donde va, y por eso me gusta tanto. Claramente tu estilo está en esa línea y es por eso me enganchó tan rápido, supongo.

    La diferencia es que tú -al menos por el momento- te metes en jardines personales mucho más complicados y que atraviesas con una soltura natural increíble y que ojalá perdure en el tiempo porque hace que tus textos sean muy cálidos.

    Imagino que esa tendencia a olvidar los detalles ‘prácticos’ será porque es a lo que le prestas menos atención, porque lo que es detalles de conversación, lenguaje corporal y situaciones personales no parece que se te escape ni uno. Pero vamos, nada que no se solucione con una libreta de notas y un lápiz, tú sabes. O un iPad.

    Y es por eso que me parece raro tu trabajo. No porque sea raro el trabajo, sino porque es raro que sea tu trabajo. 😀 ¡Si Derecho se basa en detalles prácticos y datos al 100%!

    Igual es que estoy siendo muy tópico, no sé, pero la verdad es que de todo el mundo que conozco en ese mundillo (que no son pocos; aquí parece haber tantos abogados y procuradores como chiringuitos y bares), eres absolutamente la única que conserva un notable punto alternativo tras acabar la Facultad. ¡Que no se te pase!

    ¡otro un abrazo pa’tí!

  6. Creo que algunas de esas cosas que te sorprenden de mi trabajo (a mí también, por cierto, y a gran parte de humanidad que me conoce) se aclarán, al menos parcialmente, en un próximo post en proyecto.

    Cuando te leo en mi cara se suceden el rojo, la sacudida de cabeza al estilo ¿habla de mí?, y la emoción. Muchas gracias por tus palabras, Cucho 🙂

    PD: En el terruño patrio el número de abogad@s y bares es equivalente… En el resto del mundo, e igual que cualquier otra plaga, ¡mis colegas y yo superamos con creces los segundos! 😀

  7. gracias por las cosas buenas que hablas de mi pais ( un lugar de mas “rio colores”)

  8. ¿Eso es en Caño Cristales, en el Departamento del Meta?

    Sí, Alonso, escuché hablar de ese lugar… ¡Es un viaje que tengo en mi lista de maravillas que quiero conocer de Colombia!

    Muchas gracias por la recomendación 🙂

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