Sonría, es por su seguridad


A Beatriz Gómez, uno de los grandes ejemplos de valentía vital que conozco. 

Una española y una colombiana charlan animadamente a voz en grito para hacerse entender por encima del bullicio reinante en el aeropuerto de El Dorado, en Bogotá.

Al escuchar mi acento, la señora con la que compito por el espacio acodada en la barandilla que separa a los recién llegados de las hordas de familiares y las papayeras, se interesan por mis orígenes y actividades en el país:

– Pues soy española y ahora vivo en Colombia, vinimos a recoger a mi mamá que viene a visitarme.

– ¿Y hace cuánto que vive acá?- pregunta la señora.

Las personas que nos circundan, agradecidas por tener un improvisado entretenimiento, giran sus caras -o alargan disimuladamente el pabellón auditivo- hacia nosotras. Por la expectación que se crea a mi alrededor intuyo que esperan un emotivo reencuentro después de años o, al menos, de meses…

– Tres días.

– ¡Pues se ha demorado harto! -exclama, la señora, doblada de la risa-.

La llegada de Dª Mercedes a Colombia tuvo una relación directa con un incremento en el consumo de tabaco a nivel planetario.

Mi madre llegó aquí con miedo: el que produce llegar a un país del que solo tuvo informaciones relativas a la violencia y al narcotráfico durante toda la vida. Y fue precisamente ese miedo lo que le hizo cogerse un avión a sus 63 años y cruzar un océano sola para acompañarme en mis primeros días, hacerse una idea propia del nivel de riesgo, y quizás también de influenciar, en la medida de lo posible, las importantes decisiones que la cabra de su hija habría de tomar en temas cruciales como el alojamiento, la movilidad en la ciudad, etc.

Yo también tuve esa sensación a veces, ya que no pude -y tampoco quise del todo: cuando el río suena (¡y tanto!), algo de agua llevará- permanecer impermeable a las medidas de seguridad omnipresentes, omnicomprensivas y constantes… El coche como elemento aislante del exterior -o, en su defecto, el taxi, al que hay que contactar por teléfono para que el conductor quede registrado-; sistemas de ubicación satelital; seguros bajados; vidrios tintados; burundanga; atracadores violentos; indigentes peligrosos; policías, seguridad privada y miembros del ejército, armados con pistolas o metralletas, en cada esquina; controles de acceso a la universidad; alambradas en las casas; porteros en los edificios; teléfonos arrebatados por usarlos en la calle; desconocidos con los que no hay que hablar, ni aceptarles nada, ni darles la hora o la dirección; zonas de la ciudad en las que no se puede poner el pie… Y menos de noche.

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“Seguridad” fue la palabra más repetida a nuestro alrededor. Y seguramente el hecho de traer una profesora europea de la que te sientes responsable acompañada por otra dama europea -la segunda sin posibilidad de disimular su exotismo- a este lado del charco, contribuyó a que se cargaran las tintas en este punto.

En mis primeros días en Colombia experimenté el sabor agridulce de la superprotección: me sentí querida, atendida y arropada; pero quedarme ahí implicaba dejar de ser yo misma, calibrar conforme a mi criterio y alarmarme cuando me salía de lo establecido. En el caso de mi madre, las “normas” de seguridad que nos entregaban, con todo el cariño, como única alternativa única de conducta, contribuyeron a ratificar sus temores.

Cada paso fue una conquista de las dos en la que yo procuraba encontrar el equilibrio entre hacerle ver la realidad de una manera menos prejuiciosa y no tensar demasiado la cuerda, para no provocar una vuelta al principio todavía más virulenta. Este era el caso, por ejemplo, cuando le proponía coger las busetas para desplazarnos o cuando confesé que estaba contemplando ir en Transmilenio a la universidad.

Pero el convencimiento de que este tenía que ser un país más o menos normal en el que, pese a las malas noticias, la gente nace, vive, disfruta, trabaja, se ama, sufre, se odia, pasea, viaja, celebra, tiene hijos y nietos y muere -la mayoría de muerte natural-, me hizo aplicar la sangre fría y, entretenida y ocupada con los avances de mi madre, empecé a rodar yo también.

Los cigarrillos se convirtieron en nuestra clave oculta.

Normalmente yo proponía una salida un poco más allá de nuestro mundo conocido. Mi madre (y yo también, pero no lo dejaba traslucir) acumulaba valor –las ganas de conocer sitios nuevos le sobran- y nos lanzábamos a la aventura de conocer Colombia.

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En un momento dado estallaba el pánico acumulado y se encendía un pitillo, a veces en las situaciones más insólitas, al menos desde mi perspectiva. La primera vez fue el primer día que cogimos un taxi solas para ir al centro histórico. Al bajarnos a mediodía en plena Plaza de Bolívar se puso a fumar como una chimenea diciendo que estaba “acojonaíta perdida”. Hay que añadir, sin embargo, que ese mismo día acabamos en San Vitorino, rincón popular y concurrido donde los haya, de donde proviene todo mi ajuar doméstico. Otra vez fue en el aeropuerto, cuando logramos encontrar nuestra puerta de embarque, de camino a nuestro primer destino extra-capitalino…

Y resulta que los habitantes de la calle, no sólo no son todos agresivos, violentos, drogados y/o locos sino que, en su inmensa mayoría, son amables, divertidos y muchos de ellos conocen historias de Bogotá o de la vida que no aparecen ni en los libros.

Y resulta que los habitantes de la calle, no sólo no son todos agresivos, drogados y/o locos de atar, sino que son amables, divertidos, tienen una labia que ya quisieran para sí muchos universitarios europeos, y muchos de ellos conocen historias de la ciudad o de la vida que no aparecen ni en los libros.

En esas situaciones parábamos y le dejaba fumarse el cigarrillo tranquila para, a continuación, retomar la marcha cogidas del brazo. Un recurso fundamental fue el humor: la crisis estaba superada cuando era capaz de reírse de sí misma o de reírse de alguna broma relacionada con la situación.

Nuestro despegue tuvo lugar cuando salimos de Bogotá y nos encontramos en terreno diferente sin patrones de conducta y de interpretación de la realidad preestablecidos. En ese momento recuperé la confianza en mi instinto y volvió la sensación de plenitud de recursos, excitación, alegría, disfrute, confianza, atención e intuición –y, a veces, alerta- que es para mí estar de viaje. Allí, lejos de otras influencias, es donde empezamos realmente a disfrutar cada minuto, donde mi madre empezó a verme a mí y al país con otros ojos, y a sentir que su hija no está tan loca, sino que intenta hacerse una idea por sí misma de las cosas en base a diferentes variables, incluyendo sus impresiones y sus experiencias previas.

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Valle de Cocora, Colombia

Valle de Cocora, Colombia

Aunque no ha sido todo fácil en una convivencia -estrechísima- durante 23 días, estoy realmente contenta de que hayamos tenido la ocasión de conocernos en esta situación, viajando juntas, con la mochila al hombro, por Colombia: se creó una comunicación y un cariño en un plano diferente, que provienen del hecho de que ella se sintió respetada y animada para superar su miedo; y para mí de ver cómo, desde la situación de partida, fue capaz de confiar en mí y ha sido una compañera de viaje (y de piso) excepcional.

Salento, Colombia

Salento, Colombia

Finalmente subió en buseta… Y se dejó retratar de buen grado en la primera de una larga lista de las que cogimos. Estoy muy orgullosa de ella. Y también viajamos en jeep, en chiva y en todo medio de transporte público que se nos puso por delante.

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Mi madre en la chiva en Santa Rosa de Cabal, Colombia

Mi madre esperando la salida de la chiva en Santa Rosa de Cabal, Colombia

Al final no se quería ir, le cogió cariño a esta tierra y a esta gente, y se hubiera quedado encantada si no fuera porque tenía que trabajar y porque extrañaba a mi padre y a mi hermana.

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Ahora la llamo por teléfono desde “nuestro” locutorio, le cuento las frutas que vi en “nuestro” supermercado, y le hablo de los sitios por donde voy y de la gente con la que salgo, que forman también ya parte de su mundo, lo que me encanta y me hace sentir, de alguna manera, que comparto mi cotidianidad con ella. Me sigue dando consejos, diciendo que no sea loca… Es normal, es mi madre. La diferencia es que antes lo hacía desde el miedo y ahora desde la prudencia, permaneciendo en el aire la complicidad y confianza que desarrollamos en esos días.

Lo único que siento es que tuviera que fumar tanto, ya que me temo que, después del atracón que se pegó, su proyecto de dejarlo a la vuelta le va a costar trabajo…

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11 pensamientos en “Sonría, es por su seguridad

  1. Lo dicho, aquí o allí, hay mas gente buena que mala 😉 y para hacer/tener juicios y prejuicios nos sobra tiempo.

    Que bien que doña Mercedes y sumercé se aventuraron a desbaratar unos y crear los suyos propios.

  2. Magnífico. La verdad es que tienes un delicado don para describir y documentar el factor humano.

  3. me alegra mucho que estes feliz en nuestro hermoso pais, bienvenida y sigue con tus historias son fabulosas

  4. ¡Gracias, preciosa! Bonito relato de valentía y de Conexión 🙂 Y gracias por tu generosidad al compartir esas vivencias tan humanas…

  5. es maravilloso como las personas de otras culturas hablan de sus experiencias, de lo desconocido y de lo novedoso que les resulta el vivir en carne propia estas situaciones de nuestro diario vivir. Gracias por querer descubrir nuestro
    lindo país.

  6. Pingback: Sonría, es por su seguridad | Noticias de mi Tierra

  7. Gracias Lowfill 🙂

    Y sí, Colombia fue el país que más se me resistió hasta ahora por eso… Y estoy particularmente feliz de encontrar cada día motivos para corroborar esa impresión del mundo que describes de manera tan divertida y que compartimos.

  8. Hermosa frase, Cucho.

    Llega además en un momento de cambio, movimiento, reflexión en el que reconocer los dones se hace imprescindible.

    Muchas gracias 🙂

    PD: Si también te interesa el “factor perruno” te advierto que vas acumulando puntos como corrector de estilo/crítico literario del proyecto que estoy a punto de abordar 😉

  9. Muchas gracias, Luz Marina, por tu bienvenida, y por tus hermosas palabras 🙂

    Como dices, seguiré escribiendo sobre mis impresiones de este lugar apasionante, en todos los sentidos.

  10. Conexión y… Transmisión. Ahí tenemos al dúo dinámico 😀

    Gracias a ti por estar ahí: cariñosa, empática, crítica y atenta.

    ¡Un abrazo gigante, Gogi!

  11. Hola Jose,

    aunque había viajado y vivido fuera de mis país en otras ocasiones, Colombia es un país de extremos (para lo malo y para lo bueno), e intenso -como yo, quizás por eso me siento tan unida a él-. Por eso, y aunque en ocasiones se me hace duro, vivir allí es, sin duda, una de las experiencias más enriquecedoras, apasionantes y rompedora de moldes de mi vida, por la que me siento profundamente agradecida.

    Un abrazo, y muchas gracias por escribir.

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