Sobre cómo Milady y Ms. Battuta llegaron a América


Julio de 2011

Primera parte: Barrio gótico, Barcelona

El primer obstáculo con el que se encuentra un@ ciclista que quiere llevarse a su amiga a la otra punta del mundo es el de buscarle una caja de viaje. Me dieron una descomunal en el Decathlon, que tuve que llevar arrastrando hasta casa por todo el barrio gótico de Barcelona. Esa era la época en la que paseaba mi palmito en pantalón hipercorto, camiseta sexy y gafas de sol a lo Sofía Loren, y en la que me cruzaba con mis estudiantes de esa guisa por el carrer Avignó.

Llegado el día B –de Bogotá- el operativo está listo: Anselmo –mi amigo de Alemania que me acompaña mi última semana en Barcelona- y yo llevaríamos la bici y los bártulos hasta un punto acordado, la desmontaríamos y esperaríamos a Ana y su furgoneta para ir a aeropuerto con tiempo de sobra para facturar y despedirnos tranquilamente….

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Pues bien, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia:

Llegamos al punto de encuentro, desmontamos la bici, se me olvida la alforja en casa, tengo que volver y subir, por última vez, los 5 pisos de casa de Carmeta, mientras Ana contacta en repetidas ocasiones diciendo que no hay manera humana de acceder al lugar de marras en semejante laberinto de calles, y que va a probar una ruta alternativa acordando nuevas coordenadas.

Las nuevas coordenadas implican movimiento por nuestra parte, y ello en varios viajes, dado que tenemos que transportar tremenda maleta, tremenda mochila, y aún más tremenda caja de cartón con bicicleta dentro.

Nos ponemos a ello con gran ímpetu respecto de cada nueva coordenada que nos va dando Ana (ahora en la esquina tal, no por aquí tampoco puedo, mejor en la calle cual…), hasta que se nos rompe la caja de la mala vida que le estamos dando. Hacemos una reparación de emergencia con cinta aislante en el suelo del barrio gótico de Barcelona (actividad bien poco salubre por otra parte), mientras Ana sigue dando vueltas por el barrio cual aguilucho planeando sobre su nido.

Finalmente nos encontramos –¡aleluya!-, y cargamos la caja como podemos en la furgoneta coreados por los claxons de todos los vecinos del barrio gótico de Barcelona. Ana se pega un golpazo en la cabeza que se oye por encima del sonido de los claxons.

Abrazo rápido -pero emotivo- con Anselmo y partida a toda velocidad hacia el aeropuerto.

Tiempo de demora sobre el horario previsto: 45 min.

Segunda parte: Aeropuerto de El Prat, Barcelona

Nos la jugamos –yo no sabía o no recordaba, que para el caso es lo mismo, de dónde salía el vuelo- y nos vamos a la Terminal 1.

La decisión se revela como correcta.

Nos las prometemos muy felices, cogemos un par de carritos y nos dirigimos hacia los mostradores de facturación que, como era de esperar, están en otro piso al que –y esto ya no era tanto de esperar– solo se puede acceder en unos ascensores de dimensiones reducidas una vez superados una serie de pivotes bien juntitos.

La adrenalina hace su trabajo: me pongo en modo “Hulk”, levanto a pulso el carrito con la bici saliéndose por debajo de la caja, y consigo sobrepasar los obstáculos bajo las miradas de asombro del resto de viajeros. Con otro esfuerzo más y la ayuda de un alemán, por un lado, y de Ana, desde dentro, por otro, vuelvo a levantar el carrito y logro meterlo, no sin gran esfuerzo, escorado en el ascensor. Ahora solo queda sacarlo, empujarlo hasta el mostrador y prueba superada, pensamos…

Pero, una vez más, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia:

Al salir del ascensor constatamos que nos hemos equivocado de piso.

Repetimos la operación, esta vez sin el alemán.

Otra vez fuera comprobamos que tampoco es el correcto…

No recuerdo las veces que entramos y salimos del ascensor, pero sí que al final nos dábamos una maña que casi daba lástima parar. Cuando llegó el momento de empujar los carritos hacia los mostradores de Avianca no nos lo podemos creer.

Igual que tampoco podemos creer la tremenda cola que había para facturar.

Le pido a Ana que me espere con la bolsa de picnic que había preparado para comer juntas en el aeropuerto en un banco, y me dedico a embalar la bici de nuevo por el suelo bajo las atentas miradas de toda la fila. El trabajo es arduo ya que, con todas las veces que ha “dado a luz” entre los paseos por el gótico y las entradas y salidas del ascensor, la caja empieza a dejar de hacer honor a su nombre.

La fila avanza lentamente pero no me importa demasiado, ya que al menos así tengo un momento para despedirme de mi padre y de mi hermana por teléfono. Una de las azafatas me resulta familiar y caigo en cuenta de que es de mi grupo de montaña barcelonés. No doy crédito a mi suerte, ya que eso me asegura –pienso– no tener problemas para embarcar la bici en mi primer vuelo a solas con ella…

Pero ni siquiera una azafata de la compañía tiene nada que hacer ante una jefa resabiada.

Llevar la bici cuesta 150 euros, me dice. A lo que yo respondo que “en web pone que puedo llevar 35 kilos repartidos entre dos bultos incluyendo una bicicleta convenientemente embalada”…

No. Si. No. Si. No. Si. No. Si. No.

Me toca salirme de la fila e ir a montar el pollo al mostrador de Avianca al otro lado de la terminal.

Tiempo de demora sobre el horario previsto: 2 horas.

Allí mantengo una pelea a gritos a través de un cristal con la resabiada que me dice:

1) que lo que pone en la página web no es verdad (¿??!) y que es mi obligación llamar para informarme;

2) que no puedo subir la bici ser la caja es demasiado grande; y

3) que si pago los 150 euros sí puedo subir la bici.

Resulta patente que, para alguien con formación jurídica, esto da mucho juego argumentativo, pero la mujer no se mueve de sus tres variables y asegura que su superior no se encuentra localizable.

Yo no estoy dispuesta a pagar 150 euros, ya que no lo ponía en la página, ni tampoco a dejar allí mi bici, de manera que me la juego: “¿si consigo un embalaje más pequeño me dejas subir?” A lo que responde: “Ya veremos”…

Recojo el guante, ya segura de mi victoria.

Una tipa que, quedando media hora para embarcar, se pone a buscar una caja de bici en un aeropuerto, está dispuesta a hacer lo que sea, de manera que es mejor rendirse.

Corriendo, me dirijo a la otra punta de la terminal, al mostrador de Swissair -mientras mi bici me espera abandonada y sin vigilancia en mitad de la terminal, y Ana, que ya se ha terminado el picnic, mira al vacío con una mirada de aburrimiento que rompe el corazón-. Sé que los suizos, que conforman uno de los pueblos más avanzado del planeta, tienen cajas de bici para sus vuelos.

Le suplico a la encargada que me regale una, aunque vuele con Avianca, y de paso un rollo de cinta aislante para cerrarla. La mujer, viendo que estoy en apuros, se muestra cooperativa desde el principio, lo que le agradezco enormemente. Se lo agradezco tanto que incluso vuelvo al galope a devolverle la cinta restante, a pesar de quedar muy poco tiempo para la salida del vuelo.

Entonces recibo y doy el segundo abrazo rápido –pero emotivo- del día. Me despido de Ana y, sin apercibirme del todo de que estoy abandonando Barcelona, me dirijo a toda velocidad al control de seguridad y a la puerta de embarque donde soy la última en subir al avión que llevaba mi bici en la barriga.

Empezamos a rodar y comienza a diluviar.

Es el día de la famosa tormenta en Barcelona que arrancó de cuajo varias palmeras en el paseo marítimo.

Una hora después el cielo empieza a abrirse y Milady y yo ponemos rumbo, en un viaje de 11 horas, a nuestra nueva vida, nuestro nuevo destino.

Milady recién estrenada, en una ruta por el Maestrazgo (Soria, España), 2006

Las aventureras recién estrenadas -como bici y ciclista respectivamente-, en una ruta por el Maestrazgo (Soria, España), 2006

 

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4 pensamientos en “Sobre cómo Milady y Ms. Battuta llegaron a América

  1. Madre mía, qué valor tienes… menudo tinglado… Yo creo que en situación de traslado laboral con todo lo que hay que mover hubiera optado por dejar la bici en España y haber comprado otra en destino y así tener una en cada sitio.

    Si es que las compañías aéreas y el material deportivo son enemigos naturales con la excepción -ignoro por qué- de las bolsas de golf que suelen pasar sin rechistar. Bicis, tablas de surf, kitesurf, snow, esquís… todo hay que discutirlo un rato porque nunca están correctos a la primera aunque hagas lo que dicen en su web como te pasó a ti. Menudo morro gastan…

  2. Aprendí de mis “errores”, Cucho, y ahora, efectivamente, tengo también a “Blanquita” -o Blanche-, mi bici americana 🙂

    Lo de las bolsas de golf… No sé, supongo que tendrá que ver con la “casta” de la que tanto se habla últimamente. De todas formas aunque a veces las cosas van así, mi experiencia es que empieza a haber compañías -o trabajadores de compañías- que admiten la bici con normalidad, o incluso con una sonrisa, como es el caso de Swissair, que te dan hasta la caja (eso sí es un caso único en el mundo…).

    Un abrazo

  3. Con la experiencia que vas acumulando quizás alguna vez en un futuro podrías hacer una entrada de “Survival Tips & Tricks 101” de cómo lidiar con agentes de facturación petardos, policías de aduana medianamente corruptos y/o antipáticos, revisores de tren con un mal día, conductores de autobús incomprensibles y demás personal encantador que te vas encontrando ¡de enorme utilidad para nosotros!

    ¡un abrazo!

  4. 😀

    Si, yo añadiría, emplead@s de compañías aéreas resabiado, propietari@s de perros amargados, estudiantes tocanarices, personal de atención al cliente de compañía de telefonía móvil, taquiller@ del metro de Madrid cuando se te ha perdido la cartera y le pides por el interfono desde otra estación que, por favor, salga un momento de su cubículo para ver si está justo a sus pies y te dice que no puede abandonar su puesto… Y seguro que me dejo gente 😉

    Queda registrada la idea de un estudio detallado, como propones… De momento, sin embargo, te adelanto, en primicia y exclusiva.

    Herramienta número 1: sonrisa

    Y, en caso de que falle: la máxima “no hay mejor defensa que un buen ataque”. Un par de gritos a tiempo pueden cambiar las tornas radicalmente.

    Y si fallan ambos: joderse, aguantarse y dejar pasar el disgusto lo antes posible 😀

    ¡Otro abrazo para Málaga! 🙂

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