Colombia sweet Colombia


A Fabian y a Marlene, mis amigos año tras año, hogar tras hogar…

Tod@s uds. saben que, con independencia de que mi casa está dónde estoy cada día, Bogotá es el punto del planeta que más se asemeja a lo que podría denominarse mis “coordenadas”.

Pero son poc@s l@s que conocen cómo se produjo el giro del destino que me llevó a dejar mi trabajo en España, cruzar el charco con una maleta, una mochila y una bicicleta, y comenzar una vida en otro continente.

Con esta serie de relatos que hoy comienzo (algunos son adaptaciones de escritos antiguos que algunos amigos ya conocen) quiero hacer memoria, explicarles y explicarme cómo llegué a mi situación actual, así como abrirles las puertas a este mundo y a estas historias que transcurren al otro lado del océano.

Por otra parte, l@s que me conocen -y much@s de l@s que me leen- saben que tengo sentimientos contradictorios acerca de mi vida en Colombia.

Con objeto de ayudarme a pensar, descubrir patrones que se repiten, constatar avances, contextualizar y quizás, encontrar alguna clave que me ayude a mejorar mi vida como emigrada, me decidí a escribir sobre ello.

Así que empezaremos la historia por el principio de los tiempos…

Friburgo de Brisgovia, Alemania

Corría el año 201o de la Era del Señor.

Después de tres años de relación a distancia mantenida entre Barcelona y esta ciudad, y ante la existencia de diferencias irreconciliables en el planteamiento vital por parte de ambos integrantes, el 4 de julio -día de la Independencia en EEUU-, abandoné, con mi maleta roja y con todo el dolor de mi corazón la casa que compartimos, algunos sueños, la seguridad de un futuro conocido, así como -quizás- el último tren para formar una familia.

Desde ese momento, a la par que recomponerme, me dediqué a ampliar el espectro de aeropuertos visitados por mes, que pasó de limitarse al más próximo a la mentada población, para extenderse al de El Cairo, NY, Lanzarote o Windoek (Namibia), entre otros, en los meses siguientes.

Luzerna, Suiza

Uno de esos viajes tuvo por destino la tierra de mi amigo Fabian, donde me desplacé para pasar las vacaciones de Navidad.

Desde su mentalidad de suizo, mi amigo llevaba años sin explicarse cómo podía seguir trabajando en las condiciones ofrecidas por la Universidad española, y llevaba asimismo años deseando acortar la distancia vital entre nosotros, por lo que cada vez que tenía ocasión insistía para que me trasladara a su país.

Sin un anclaje que orientara ya mis pasos hacia Alemania, y ante la aparición de una plaza de profesor/a de Derecho penal en la Universidad de Lausanne, Fabian puso en marcha toda la maquinaria. El pequeño detalle de que yo no tuviera manera de acreditar el francés que aprendí hacía más de 10 años en mi piso compartido en Luxemburgo no le pareció un detalle relevante en ese momento.

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En tres días de trabajo intensivo tradujimos mis más de 20 páginas de hoja de vida al francés -los curricula universitarios incluyen lista de publicaciones así como de Conferencias, Congresos y clases impartidas, por lo que son lo menos práctico del mundo para unas prisas-; redactamos una primorosa carta de presentación, y nos personamos, sonrientes y con la lengua fuera, en la oficina de Correos de la ciudad en el último minuto antes del cierre del día 31 de diciembre.

Barcelona, España

Corría el año 2011 de la Era del Señor.

En mi despacho-barracón de la Universidad Pompeu Fabra recibí un correo reenviado por un antiguo colega de mi primera Universidad que hablaba de una convocatoria para una plaza como profesor/a visitante durante un semestre en una Universidad de Bogotá.

Mi compañero me incitó a presentarme afirmando que era “perfecta” para el puesto.

Aunque hasta entonces ya había habitado diferentes lugares de España y Europa en mi mente nunca entró dar el gran salto… El salto del charco… Hasta entonces.

Preparé mis papeles (que, por suerte, esta vez no hubo que traducir) y los entregué en la oficina central de correos de la ciudad en algún día del mes de febrero.

Y así es como, mientras en dos lugares diametralmente opuestos del planeta unos señores -generalmente son señores- decidían acerca del rumbo que tomaría mi vida en los próximos meses, algo germinaba en mi interior:

Pensando...

Pensando…

Como me cojan en ambo sitios voy a tener un “problema” para justificarme ante mí y ante el mundo dado que, entre un puesto fijo y vitalicio con un sueldo indecente en una de las ciudades más bonitas y tranquilas de Suiza, y un contrato semestral en un país latinoamericano conocido allende los mares por los cárteles de drogas, la guerrilla, y su peligrosidad, mi corazón sentía mayor regocijo al pensar en el segundo.

Detalle desde mi ventana. Ella pensaba conmigo...

Detalle dela vista desde mi ventana. Ella pensaba conmigo…

Por suerte, los suizos me allanaron el camino.

Entre una opción arriesgada -como es una joven extranjera-, y un sujeto nacido en la tierra y con un dominio perfecto de la lengua de Molière, se decantaron por el segundo, lo que entiendo a la perfección: ellos no podían saber que soy capaz de hablar chino en seis meses si me lo propongo…

A la confirmación, semanas después, de que había ganado la plaza en Colombia tuve un debate conmigo misma para decidir si realmente quería hacerlo. Un compañero colombiano me ayudó especialmente en este punto invitándome a su casa, junto con otros amigos del país, y poniéndome frente a un libro de fotografías.

La belleza de esos lugares me impactó de tal modo que, cuando salí de allí y crucé toda Barcelona caminando sola a las 3 de la madrugada en una agradable noche del mes de junio, había tomado una decisión: aunque tuviera que renunciar a esta clase de placeres en Bogotá, quería ver, oler y sentir esos paisajes con mis propios ojos, con mis propios pies… Y vivir la experiencia que tenía al alcance de la mano.

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